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Home Ciencia

Comer papas durante miles de años dejó una huella permanente en el ADN de los pueblos andinos

by David Pérez
14 de agosto de 2026
in Ciencia
Mujer quechua anciana sosteniendo papas nativas recién cosechadas en un campo andino de altura al atardecer

Una mujer quechua sostiene papas nativas entre sus manos en los Andes peruanos, símbolo de miles de años de tradición agrícola que ha dejado huella en el ADN de sus pueblos.

Los pueblos indígenas del Perú portan más copias de un gen relacionado con la digestión del almidón que cualquier otra población conocida en el mundo. No es una variación menor: llevan en promedio dos a cuatro copias más que las 83 poblaciones con las que fueron comparados en un nuevo estudio.

La pregunta es qué ocurrió en los Andes para producir una diferencia tan marcada. Y la respuesta, según los investigadores, podría estar en un tubérculo que estos pueblos llevan cultivando desde hace miles de años.

Un gen que abunda como ningún otro en el mundo

Los indígenas quechuahablantes del Perú portan, en promedio, 10 copias del gen AMY1. Esa cifra supera entre dos y cuatro copias a la de cualquiera de las otras 83 poblaciones analizadas en el estudio, publicado en Nature Communications y codirigido por investigadores de la UCLA y la Universidad de Buffalo.

AMY1 codifica la amilasa salival: la enzima que empieza a descomponer el almidón en el momento mismo en que masticamos. Tener más copias se asocia con mayor producción de esta enzima y, presumiblemente, con una digestión del almidón más eficiente desde el primer bocado. No es un detalle menor.

En términos evolutivos, acumular dos a cuatro copias adicionales respecto al resto del mundo es una señal inequívoca de que algo sucedió en los Andes que no tuvo lugar en ningún otro rincón del planeta.

La papa como motor de la evolución

Los ancestros de los pueblos andinos ya presentaban variaciones en el número de copias de AMY1 antes de domesticar la papa, hace entre 6.000 y 10.000 años. Algunos individuos tenían pocas copias; otros, muchas. La diferencia existía, pero aún no arrastraba el mismo peso adaptativo.

Todo cambió cuando la papa se convirtió en alimento básico. Quienes portaban más copias del gen obtuvieron una ventaja reproductiva y de supervivencia estimada en el 1,24 % por generación. Parece una cifra modesta. Acumulada durante miles de generaciones, produce resultados contundentes.

La selección natural no añadió copias nuevas al genoma. El investigador Omer Gokcumen lo explica con una metáfora precisa: «La evolución esculpe, no construye». Lo que ocurrió fue más sutil: quienes tenían menos copias fueron quedando al margen del pool reproductivo, mientras quienes tenían más fueron predominando, y el promedio subió generación tras generación.

La comparación con los mayas: la agricultura marca la diferencia

Para reforzar la hipótesis, los investigadores compararon a los indígenas peruanos con los mayas, una población americana que comparte historia evolutiva con los pueblos andinos pero sin tradición de cultivo de la papa.

El contraste fue revelador. Los peruanos promedian 10 copias de AMY1; los mayas, solo 6. Ambos grupos descienden de ancestros comunes, pero sus dietas divergieron hace miles de años. Esa diferencia de cuatro copias apunta directamente al papel de la papa, por encima de cualquier factor genético compartido.

Descartar el efecto del colapso demográfico colonial

Antes de atribuir el patrón a la dieta, había un problema que resolver. Tras el contacto europeo en el siglo XV, las poblaciones indígenas americanas sufrieron una reducción catastrófica por enfermedades, hambre y violencia. Ese colapso pudo haber alterado la frecuencia genética de forma artificial, simulando una selección natural que en realidad no existió.

Separar ambas posibilidades fue uno de los mayores retos del estudio. El equipo recurrió a secuenciación de ADN ultra-larga y bases de datos comparativas de última generación para rastrear la historia del gen a lo largo del tiempo. Los resultados fueron concluyentes: las altas frecuencias de AMY1 ya eran comunes en los Andes varios miles de años antes de la llegada europea. La dieta, no el colapso colonial, explica el patrón genético que se observa hoy.

Lo que una papa revela sobre nuestra evolución futura

La investigadora Abigail Bigham señala que los Andes constituyen un laboratorio natural excepcional. Sus poblaciones han tenido que adaptarse a la altitud y la hipoxia, al frío extremo, a una intensa radiación ultravioleta y a recursos alimentarios muy limitados. El estudio abre la puerta a investigar todas esas presiones con el mismo rigor metodológico.

El cuestionamiento más profundo, sin embargo, apunta a algo que muchos dan por sentado: la premisa de la dieta paleolítica, que sostiene que los humanos no estamos adaptados a los alimentos surgidos tras la domesticación. Este estudio sugiere lo contrario. Las vías metabólicas humanas han seguido evolucionando durante los últimos 10.000 años en respuesta directa a lo que comemos.

Y eso plantea una pregunta incómoda. Si la papa fue capaz de remodelar el ADN de un pueblo en pocos milenios, ¿qué están haciendo con nuestro genoma las dietas globalizadas de hoy? La respuesta tardará generaciones en hacerse visible. Pero la historia de los Andes demuestra que la evolución nunca dejó de escuchar lo que ponemos en el plato.

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