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Home Energía

Solar, eólica e hidráulica baten récords históricos mientras el mundo acelera su apuesta por las energías renovables

by David Pérez
19 de agosto de 2026
in Energía
Granja solar, aerogeneradores y río al atardecer, representando el auge global de las energías renovables

Solar, eólica e hidráulica lideran la revolución energética global, marcando el camino hacia un futuro sostenible con récords históricos.

Hace apenas unos años, superar 1.300 gigavatios de potencia eólica instalada o desplegar más de 500 GW solares en un solo año sonaba a escenario de ciencia ficción. Hoy son cifras reales, certificadas por organismos internacionales, que describen un sistema energético global que ya no se parece al de hace una década.

El cambio no ha sido gradual ni silencioso. Ha sido una aceleración sin precedentes que está reescribiendo previsiones, calendarios y compromisos. Y aún no ha terminado.

De los molinos de viento a los teravatios: una evolución acelerada

Las energías renovables no son un invento del siglo XXI. Sus raíces llegan hasta las norias fluviales, los veleros que cruzaban océanos o los cultivos orientados estratégicamente hacia el sol. Lo que ha cambiado de forma radical es la escala y la precisión con que aprovechamos esos mismos recursos naturales.

El salto tecnológico de las últimas décadas ha transformado esas tradiciones en fuentes de generación eléctrica capaces de abastecer países enteros. Los aerogeneradores heredan la lógica del molino medieval, pero operan a una escala incomparable. Las centrales hidroeléctricas convierten la fuerza del agua en electricidad con una eficiencia que sus predecesoras nunca alcanzaron.

Hoy existen seis grandes familias de energías renovables. La eólica aprovecha la energía cinética del viento para mover palas conectadas a un generador. La hidráulica transforma esa fuerza en energía mecánica y luego eléctrica. La solar capta la radiación del sol en forma fotovoltaica, térmica o termoeléctrica. La biomasa genera calor y electricidad a partir de material vegetal o residuos. La geotérmica extrae el calor del subsuelo. Y la marina aprovecha el oleaje y las mareas.

Todas comparten algo esencial: son inagotables a escala humana. No se consumen con el uso y, a diferencia de los combustibles fósiles, no emiten gases de efecto invernadero durante su funcionamiento. Esa diferencia es la que las sitúa en el centro de la transformación energética global.

Récords que reescriben las previsiones

Los datos de los últimos años no dejan margen para la duda. La energía eólica alcanzó en 2025 un récord mundial de 1.299 GW de potencia instalada, sumando 165 GW de nueva capacidad en un solo año, según el último informe anual del Global Wind Energy Council (GWEC).

La hidráulica sigue siendo la mayor fuente renovable del planeta. En 2024 generó 4.578 TWh a nivel global, con China y Brasil como principales potencias. Los datos provienen del informe World Hydropower Outlook 2025 de la Asociación Internacional de Energía Hidroeléctrica (IHA).

La solar, sin embargo, es la que ha superado todas las estimaciones con mayor contundencia. En 2018, la Agencia Internacional de la Energía (IEA) preveía que su capacidad instalada se multiplicaría por seis para 2040. Hoy el mundo ya instala más de 500 GW solares al año. Los plazos no se han cumplido: se han adelantado por completo. Según las proyecciones actuales de la IEA, la solar representará por sí sola el 80 % de todo el crecimiento renovable mundial de cara a 2030.

La urgencia climática como motor del cambio

Detrás de esta aceleración hay una razón que no es tecnológica ni económica en origen: es climática. Los combustibles fósiles —petróleo, carbón y gas natural— suponen el 80 % de la demanda energética mundial y son responsables de aproximadamente dos tercios de las emisiones globales de CO₂.

Los expertos Scott Foster y David Elzinga advierten de que si la demanda energética global se duplica para 2050 sin modificar el mix actual, las emisiones superarán con creces el límite de 2 °C que la ciencia considera tolerable. El margen se estrecha cada año que pasa.

El Acuerdo de París, firmado el 12 de diciembre de 2015, marcó el punto de inflexión político. Por primera vez, la comunidad internacional asumió el objetivo de limitar el calentamiento a 1,5 °C respecto a los niveles preindustriales, lo que legitimó a las renovables como solución principal, no como alternativa marginal. Las últimas mediciones climáticas indican que ese umbral ya se está rozando o superando temporalmente. La urgencia ya no es futura: es presente.

Compromisos vinculantes: de las intenciones a las obligaciones legales

Durante décadas, la política climática operó en el terreno de las declaraciones de intenciones. Eso está cambiando. El Consenso de los Emiratos Árabes Unidos, alcanzado en la COP28, comprometió a la comunidad internacional a triplicar la capacidad renovable instalada y a abandonar gradualmente los combustibles fósiles, no como aspiración, sino como obligación asumida colectivamente.

La Unión Europea ha ido más lejos en términos legislativos, fijando 2035 como fecha límite para la venta de nuevos coches y furgonetas con motor de combustión. La gasolina y el diésel tienen, por ley, los días contados en el mercado europeo.

En el ámbito corporativo, la iniciativa RE100 agrupa a cientos de grandes empresas bajo un compromiso claro: operar con un 100 % de electricidad renovable en todas sus operaciones globales. No es una declaración voluntaria de buenas intenciones; es un estándar al que se adhieren públicamente. A eso se suma que las nuevas directivas europeas obligan a empresas de todos los tamaños a auditar el impacto ambiental de toda su cadena de suministro. Lo que antes era una práctica de responsabilidad voluntaria se ha convertido en una exigencia legal con consecuencias reales.

Las renovables en el día a día: hogares, ciudades y transporte

La transición energética no ocurre solo en grandes infraestructuras. Ocurre también en los tejados, en los garajes y en las decisiones cotidianas de millones de personas.

En el hogar, los paneles fotovoltaicos, la aerotermia y la biomasa permiten reducir la dependencia de la red eléctrica convencional. El sector de la edificación es responsable del 39 % de las emisiones globales, y su descarbonización pasa necesariamente por integrar energías limpias en el diseño y la rehabilitación de los edificios. Certificaciones como Passivhaus, LEED o BREEAM, junto con los Edificios de Consumo Casi Nulo, marcan el estándar hacia el que avanza la arquitectura, recuperando en algunos casos principios muy antiguos —la orientación bioclimática, el uso de materiales naturales— actualizados con tecnología contemporánea.

El transporte es el otro gran frente. Genera un cuarto de las emisiones globales, y en regiones como Europa roza el 30 %. La electrificación es su principal palanca de cambio, con calendarios legales ya fijados. En los años 80 y 90, las renovables solo servían para compensar el déficit energético de países importadores de fósiles. Hoy el reto es que lideren un nuevo modelo económico basado en el desarrollo sostenible.

Lo que viene: una transición que todavía no ha terminado

Los récords actuales son significativos, pero los compromisos internacionales exigen aún más. Triplicar la capacidad renovable global para 2030 implica mantener un ritmo de despliegue sin precedentes durante el resto de la década.

La solar seguirá liderando ese crecimiento según las proyecciones de la IEA. La eólica marina ganará peso a medida que la tecnología reduzca sus costes, mientras la hidráulica continuará siendo el pilar más estable del sistema, especialmente en regiones con grandes recursos hídricos.

El verdadero desafío ya no es exclusivamente tecnológico ni financiero. Es de coordinación, de regulación y de velocidad. Los plazos que marca la ciencia para evitar los peores escenarios climáticos son estrechos, y las herramientas existen. Lo que queda por ver es si los sistemas políticos, industriales y sociales son capaces de moverse al ritmo que la emergencia climática exige. De eso dependerá si esta aceleración llega a tiempo.

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