Durante décadas, el umbral de 1,5 ºC fue una advertencia en tiempo futuro: el límite que el Acuerdo de París fijó en 2015 para evitar los peores efectos del cambio climático. Ahora, por primera vez en la historia de los registros climáticos, ese límite ha sido superado tres años consecutivos —2023, 2024 y 2025—.
No es un año excepcional. Es una tendencia.
Un umbral que parecía lejano y ya es presente
El dato es contundente: en 2025, la temperatura media global alcanzó 1,44 ºC por encima del nivel preindustrial, según la Organización Meteorológica Mundial. Sumado a los años anteriores, la media de 2023, 2024 y 2025 supera por primera vez de forma consecutiva el límite de 1,5 ºC del Acuerdo de París. Los últimos 11 años han sido, sin excepción, los 11 más cálidos desde que existen registros climáticos.
¿Por qué importa que sean tres años seguidos y no uno solo? Un pico aislado puede responder a causas puntuales —un episodio de El Niño especialmente intenso, por ejemplo—. Tres años consecutivos señalan algo distinto: una dirección sostenida. Los científicos lo describen como el paso de una anomalía a una nueva normalidad, y el umbral que el Acuerdo de París fijó como límite a no cruzar ha dejado de ser una advertencia sobre el futuro para convertirse en una descripción del presente.
Por qué el planeta se calienta: del efecto invernadero a la huella humana
Para entender lo que ocurre, conviene partir del principio. El efecto invernadero es un proceso natural e imprescindible: la atmósfera retiene parte del calor solar y mantiene la temperatura media del planeta en niveles habitables. Sin él, esa temperatura sería de −18 ºC. El problema no es el efecto invernadero en sí, sino su intensificación por la actividad humana.
Desde la Revolución Industrial, las emisiones de gases de efecto invernadero no han dejado de crecer. La quema de combustibles fósiles, el crecimiento exponencial de la población —de menos de 800 millones de personas en 1750 a más de 8.000 millones hoy— y la destrucción masiva de ecosistemas han alterado un equilibrio que el planeta tardó millones de años en construir.
Dos conceptos se confunden con frecuencia y vale la pena distinguirlos. El calentamiento global es la causa: el aumento de la temperatura media del planeta por las emisiones humanas. El cambio climático es la consecuencia: las variaciones en el clima que ese aumento desencadena. No son sinónimos, sino eslabones de una misma cadena.
Los océanos y los polos: los termómetros que no mienten
Si se quiere tomar el pulso al planeta, hay que mirar el agua. Los océanos absorben más del 90 % del exceso de calor generado por el calentamiento global, y su temperatura superficial batió nuevos récords en 2025. Son el principal regulador térmico de la Tierra, y atraviesan una presión sin precedentes.
En los polos, la situación es igualmente reveladora. El Ártico registró en los primeros meses de 2025 la extensión de hielo marino más baja en 47 años. Ese derretimiento no es solo un síntoma: actúa también como acelerador. Menos hielo implica menos superficie blanca capaz de reflejar el calor solar, lo que calienta aún más el océano y altera las corrientes que regulan el clima en todo el planeta.
Las consecuencias más visibles llegan a las costas. La subida del nivel del mar ya amenaza litorales en todo el mundo, y para los pequeños estados insulares no se trata de una amenaza abstracta: se trata de la posibilidad real de desaparecer bajo el agua.
Fenómenos extremos, refugiados climáticos y economías en riesgo
El calentamiento no solo eleva los termómetros. Lo intensifica todo: las sequías se prolongan, las inundaciones se vuelven más violentas, los incendios más devastadores. Los ecosistemas no tienen margen para adaptarse a cambios que, en términos geológicos, ocurren en un instante.
La extinción de especies y las migraciones masivas de población son ya consecuencias documentadas, no proyecciones. Los países en desarrollo son los más vulnerables, pese a haber contribuido de forma mínima al problema. La injusticia climática no es un concepto abstracto: se mide en cosechas perdidas, hogares inundados y comunidades desplazadas.
El cambio climático también llega bajo tierra. En ciudades como Chicago, el calentamiento subterráneo está provocando grietas en edificios y pavimentos —un fenómeno emergente que recuerda que ningún rincón del planeta queda al margen—.
La COP30 y el Acuerdo de París: compromisos ante una cuenta atrás
En noviembre de 2025, Belém acogió la COP30. Ciento noventa y cinco países se reunieron y aprobaron el llamado Paquete Belém: 29 decisiones para acelerar la implementación del Acuerdo de París. Entre los compromisos destacan movilizar 1,3 billones de dólares anuales para acción climática antes de 2035 y triplicar la financiación destinada a la adaptación en países en desarrollo.
El acuerdo, sin embargo, dejó un vacío notable. No incluyó una hoja de ruta para eliminar progresivamente los combustibles fósiles, una ausencia que recibió críticas generalizadas de científicos y organizaciones ambientales.
Lo que viene ahora es la prueba real. Los compromisos firmados en Belém deben traducirse en políticas concretas y reducciones efectivas de emisiones. Los científicos son claros: sin cambios profundos, el calentamiento seguirá acelerándose a lo largo del siglo. La pregunta ya no es si el planeta se calienta. Es a qué velocidad permitiremos que lo haga, y qué decisiones tomaremos —o dejaremos de tomar— en los próximos años.
