En algún rincón del Museo de Historia Natural de Londres reposa un pangolín recolectado en 1836. Durante casi dos siglos, sus escamas acumularon polvo y clasificaciones erróneas. Nadie sospechaba que su ADN guardaba la prueba de que una especie entera había permanecido oculta a la ciencia moderna.
La paradoja resulta llamativa: los pangolines son los mamíferos más traficados del mundo, perseguidos sin tregua por sus escamas, y sin embargo una de sus especies vivía mal etiquetada desde hace casi dos siglos.
Un fósil viviente con nombre equivocado
Los pangolines llevan millones de años sin cambiar demasiado. Parecen de otra era: escamas superpuestas, garras curvas, cola robusta. Precisamente esas escamas son su condena. La medicina tradicional china las considera un ingrediente valioso, lo que ha convertido a estos animales en el mamífero más traficado del planeta, con varias especies al borde de la extinción.
Durante décadas, los pangolines que habitan las estribaciones del Himalaya, en Nepal e India septentrional, fueron clasificados como una subespecie del pangolín chino. Nadie los consideraba una entidad propia. En 2025, un equipo de investigación cambió esa perspectiva al proponer que representaban un linaje evolutivo distinto, asignándoles el nombre Manis indoburmanica.
La taxonomía, sin embargo, tiene sus propias reglas. La más importante es la de prioridad: cuando una especie ya cuenta con un nombre válido registrado, ese nombre prevalece sobre cualquier otro posterior. Determinar si M. indoburmanica era realmente nueva o coincidía con algún nombre anterior se convirtió en el nudo central del problema.
El ADN de 1836 resuelve el enigma
Ahí entró en juego el ejemplar de 1836. Científicos del Museo de Historia Natural de Londres extrajeron ADN directamente de ese espécimen histórico, un proceso técnicamente exigente dado el deterioro que sufre el material genético con el tiempo. El resultado fue concluyente.
Las muestras modernas de pangolines himalayos coincidían genéticamente con aquel ejemplar, que correspondía a la especie descrita originalmente como Manis aurita. Los animales rebautizados en 2025 como M. indoburmanica ya tenían nombre, y ese nombre era M. aurita.
«Este hallazgo marca la culminación de más de cinco años de investigación que comenzó en Nepal, donde documentamos por primera vez evidencias de que los pangolines himalayos representaban un linaje evolutivo distinto», explicó Narayan Koju, investigador del Nepal Engineering College y primer autor del estudio, publicado en Communications Biology. El trabajo reunió a equipos de Nepal, China, Estados Unidos y España, entre otros países.
Dos especies que conviven sin mezclarse
Confirmar que M. aurita es una especie válida también obligó a establecer con precisión sus diferencias respecto al pangolín chino. Las hay, aunque son sutiles: cuerpo más grande, cola más larga, orejas más pequeñas. El propio nombre aurita alude a esas orejas características.
Más relevante aún es la separación geográfica. Las áreas de distribución de ambas especies no se solapan: M. aurita habita Nepal e India septentrional, mientras el pangolín chino se concentra en China continental. Para animales tan presionados por la caza furtiva, saber exactamente qué especie vive dónde no es un detalle menor.
Esa distinción tiene consecuencias directas para la conservación. «Antes podías haber introducido pangolines chinos en Nepal, porque no conocías la diferencia», señaló Anderson Feijó, conservador asistente del Field Museum y coautor del estudio. Definir los límites entre especies evita errores de ese tipo en los programas de reintroducción.
Una nueva herramienta forense contra el tráfico ilegal
La confirmación de M. aurita no solo reordena el árbol evolutivo de los pangolines. Abre una vía concreta para combatir el comercio ilegal. El problema habitual al que se enfrentan las autoridades es que los decomisos casi nunca incluyen animales completos: lo que aparece en los mercados son escamas sueltas, sin contexto ni indicación de origen.
Los métodos genéticos desarrollados en este estudio permiten analizar esas escamas confiscadas e identificar la especie y la región de procedencia. Eso posibilita trabajar hacia atrás, desde el mercado ilegal hasta las poblaciones silvestres más castigadas. Con esa información, las agencias de vigilancia pueden orientar sus operaciones hacia las zonas más vulnerables antes de que el daño sea irreversible.
Por qué los museos de historia natural son insustituibles
Sin el ejemplar de 1836, este estudio no habría llegado a ninguna conclusión firme. Los museos de historia natural conservan material genético de poblaciones históricas que hoy serían imposibles o muy difíciles de muestrear, ya sea porque los animales escasean, porque los hábitats han cambiado o porque el acceso al terreno es limitado.
«Si solo dependes de material fresco, como los animales son tan difíciles de encontrar en la naturaleza, la información que puedes obtener es muy limitada», explicó Feijó. Las colecciones amplían el rango geográfico y temporal del muestreo de una forma que ningún trabajo de campo actual puede replicar.
El caso de Manis aurita es un recordatorio de que esas vitrinas con décadas de polvo guardan respuestas a preguntas que aún no sabemos formular. A medida que las técnicas de secuenciación genómica mejoren y abaraten, otros especímenes olvidados podrían revelar nuevas especies, corregir clasificaciones erróneas y, en el mejor de los casos, llegar a tiempo para salvarlas.
