Desde mediados de los años noventa, el debate climático lleva buscando la palabra exacta para nombrar a quienes se resisten al cambio: ¿escépticos, negacionistas, obstruccionistas? Cada término arrastra sus propias implicaciones, sus propios aliados y sus propios puntos ciegos.
No es una discusión meramente académica. Llamar «escéptico» a alguien evoca rigor científico; llamarle «negacionista» sugiere mala fe. Esa diferencia de matiz puede determinar cómo se diseñan las políticas, a quién se interpela y qué voces quedan fuera del foco. Treinta años después del primer artículo que usó la palabra denial aplicada al clima, el vocabulario sigue cambiando —y con él, nuestra forma de entender quién frena la acción climática y por qué.
Treinta años buscando la palabra exacta
El vocabulario del debate climático nació en los márgenes del periodismo. En 1995, Ross Gelbspan publicó en Harper’s Magazine el primer artículo que empleó el término denial aplicado al clima. Ese texto —«The Heat is On»— estableció un precedente terminológico que todavía resuena, aunque el propio concepto empezó a mostrar sus limitaciones casi de inmediato.
Durante los años noventa, una minoría de científicos que publicaban opiniones contrarias al consenso adoptó la etiqueta de «escépticos». El término tenía una ventaja estratégica evidente: evocaba rigor y apertura intelectual. Con el tiempo, sin embargo, la proliferación de discursos y actores hizo que tanto «escepticismo» como «negacionismo» resultaran insuficientes para describir un fenómeno en constante transformación.
Hoy, esos términos originales coexisten con otros más recientes: contrarianism, «obstrucción climática», «demora». Ninguno ha desplazado por completo a los anteriores. Esa coexistencia no es casual; refleja la dificultad real de capturar con una sola palabra algo que cambia de forma según el actor, el contexto y el momento histórico.
Las primeras taxonomías: quién niega qué
El primer intento sistemático de ordenar el caos terminológico llegó en 2004. Stefan Rahmstorf propuso distinguir tres tipos de escepticismo: el de tendencia —quienes niegan que el calentamiento exista—, el de atribución —quienes aceptan la tendencia pero la atribuyen a causas naturales— y el de impacto —quienes creen que el calentamiento será inocuo o incluso beneficioso—. Era una clasificación básica, pero marcó el inicio de un campo de estudio.
Van Rensburg (2015) amplió ese esquema más de una década después. Agrupó los tres argumentos de Rahmstorf bajo el paraguas del «escepticismo hacia la evidencia» y añadió dos categorías nuevas: el escepticismo hacia los procesos científicos y políticos, y el escepticismo hacia las respuestas, es decir, el rechazo a instrumentos como la regulación estatal o las transformaciones sociales de calado.
La defensa que hace Van Rensburg del término «escepticismo» no es solo descriptiva. Tiene también una función estratégica: mantener abierto el diálogo con quienes se identifican con esa etiqueta, evitando reducirlos a un estereotipo que clausure cualquier posibilidad de conversación.
La «máquina de la negación»: actores, industrias e ideología
Mientras los académicos clasificaban argumentos, otros investigadores ponían el foco en los actores. El concepto de denial machine —«máquina de la negación»— describe un esfuerzo coordinado para sembrar dudas sobre el consenso científico, presentando el debate como abierto y cualquier acción política como precipitada.
Naomi Oreskes y Erik M. Conway rastrearon esta estrategia en Merchants of Doubt (2010). Su tesis central: la industria fósil importó del sector tabacalero, a mediados del siglo XX, el manual para difuminar la conexión entre un producto y sus daños. La misma táctica, aplicada a una escala diferente.
Dunlap y Brulle (2020) profundizaron en ese análisis, clasificando a los actores en «fuentes» y «amplificadores» y ordenándolos según su motivación principal —económica o ideológica—. El mapa resultante incluye corporaciones, think tanks conservadores, coaliciones de fachada, políticos, medios de comunicación y blogueros negacionistas. Que la motivación pueda ser económica e ideológica a la vez complica cualquier intento de reducirlos a una categoría única.
Más allá del «no»: obstrucción, demora y parálisis social
El paso más reciente en esta evolución conceptual es también el más ambicioso. Ekberg et al. (2022) proponen abandonar el negacionismo como concepto paraguas y sustituirlo por tres niveles de obstrucción: la primaria, equivalente al escepticismo hacia la evidencia; la secundaria, que implica aceptar la ciencia —al menos tácitamente— pero bloquear la acción por razones ideológicas o económicas; y la terciaria, que señala algo más difuso: culturas, jerarquías e infraestructuras sociales que favorecen el business as usual sin que nadie lo decida explícitamente.
Este marco conecta con propuestas como el «modo de vida imperial» de Brand y Wissen (2021) o la «inercia social» descrita por Brulle y Norgaard (2019). La psicología aporta otra pieza: Norgaard (2006) describió la ignorancia como defensa activa, un proceso por el que individuos expuestos a información perturbadora optan, consciente o inconscientemente, por no saber.
Por qué importa cómo llamamos a las cosas
La elección de palabras no es un detalle menor. Llamar «escéptico» a alguien le otorga una legitimidad científica que, según los críticos del término, no siempre está justificada. Usar «obstrucción» o «demora» desplaza el foco desde las creencias individuales hacia los efectos concretos sobre las políticas. No es lo mismo preguntar «¿qué crees?» que preguntar «¿qué consecuencias tiene lo que haces?».
Esa distinción tiene consecuencias políticas reales. Como señalan Almiron y Moreno (2022), no existen solo dos bandos —los que niegan y los que no niegan— sino un conglomerado de actores: algunos niegan, muchos obstruyen, y una mayoría amplia no colabora o boicotea la acción climática sin saberlo. Un vocabulario que solo captura al primer grupo deja invisible a todos los demás.
El reto pendiente es exigente: encontrar un lenguaje que sea preciso sin resultar excluyente, que movilice sin polarizar aún más un debate que ya acumula demasiadas trincheras. Quizás la pregunta más útil no sea qué nombre ponerle a quien frena la acción climática, sino qué tipo de conversación queremos hacer posible con ese nombre.
