En los últimos meses, una ola de leyes ha prohibido el acceso de los menores a las redes sociales. Francia, Australia, Indonesia y el Reino Unido han adoptado medidas similares, y la propia Comisión Europea prepara ya su normativa. La premisa parece sencilla: si los niños y adolescentes no pueden entrar en estas plataformas, estarán más seguros.
Pero los primeros datos ponen en duda esa lógica. Dos meses después de que Australia restringiera el acceso a 4,7 millones de cuentas de menores de 16 años, uno de cada cinco adolescentes seguía utilizando TikTok o Snapchat. La pregunta incómoda no es si estas prohibiciones son bienintencionadas, sino si de verdad atacan las causas del daño.
La ola global de prohibiciones y sus límites
Francia, Australia, Indonesia, el Reino Unido y la Comisión Europea han aprobado o propuesto leyes que prohíben las redes sociales a menores de 13, 15 o 16 años. La premisa parece clara: si los niños no pueden entrar, estarán protegidos. Los datos cuentan otra historia.
En Australia, las plataformas restringieron 4,7 millones de cuentas de menores de 16 años. Dos meses después, uno de cada cinco adolescentes seguía usando TikTok y Snapchat. La pregunta central sigue sin respuesta: ¿las prohibiciones realmente hacen que los niños estén más seguros online?
Los gobiernos están avanzando sin responderla. La autora de este análisis, con experiencia en proyectos de protección infantil de la Unión Internacional de Telecomunicaciones en el Sudeste Asiático y el Pacífico, sostiene que las prohibiciones no abordan los sistemas que generan el daño.
Tres lecciones desde la práctica: por qué la aplicación falla
Las instituciones públicas responsables de la protección infantil online suelen carecer de personal, presupuesto y capacidad técnica para aplicar políticas complejas. En Indonesia, una evaluación de UNICEF detectó limitaciones de capacidad, falta de financiación a largo plazo y escasez de personal especializado.
El segundo problema es la alfabetización digital. Muchos niños y padres carecen de las habilidades de pensamiento crítico necesarias para navegar de forma segura por los riesgos online. La investigación de la autora en Indonesia muestra que muchos menores no saben cómo denunciar experiencias dañinas.
La tercera lección es la supervisión limitada. Las plataformas diseñan sus propios sistemas de verificación de edad y reportan su propio cumplimiento. Esto genera riesgos adicionales de privacidad, porque nadie independiente controla cómo se manejan esos datos.
La paradoja de la privacidad al verificar la edad
Cada prohibición basada en la edad crea un problema de ingeniería: ¿cómo comprobar la edad sin invadir otros datos personales? La estimación facial de edad es probabilística y ha mostrado errores en la clasificación de niños y adultos. La verificación con DNI y selfies implica recopilar más datos de los necesarios.
El objetivo no debería ser solo verificar la edad. Debería ser demostrar que alguien supera un umbral sin revelar su identidad ni su fecha de nacimiento. Tecnologías como las pruebas de conocimiento cero, las credenciales verificables del W3C y las señales de edad basadas en el dispositivo prometen confirmar la edad sin exponer identidad.
Pero requieren pruebas de seguridad, estándares comunes y supervisión independiente. Sin eso, las políticas mal diseñadas corren el riesgo de crear infraestructuras permanentes de identidad controladas por empresas, no por personas.
Adónde va la conexión cuando se cierra una plataforma
Bloquear el acceso a una plataforma no siempre redirige a los jóvenes a espacios más seguros. Algunos migran a plataformas más pequeñas y menos reguladas. En Australia, informes iniciales señalaron migración a apps como Yope, aunque datos posteriores no mostraron un cambio generalizado, salvo un leve aumento en el uso de WhatsApp.
El problema de fondo es la erosión de los terceros lugares físicos para jóvenes. Las plataformas comerciales han absorbido ese rol social. Para jóvenes aislados, marginados, con discapacidad o LGBTQ+, perder el acceso a comunidades online puede significar perder pertenencia y apoyo.
O verse obligados a migrar a plataformas con peor supervisión. La prohibición no elimina la necesidad de conexión; solo cambia dónde ocurre.
Diseñar sistemas más seguros para los menores
La respuesta más duradera sería regular las interfaces y los sistemas de recomendación directamente, tratando a los niños como usuarios legítimos con derecho a privacidad, agencia y bienestar. Los estudios de la Fundación 5Rights muestran que las interfaces influyen en la atención, el sueño y el bienestar de los niños en tiempo real.
Las medidas concretas incluyen cuentas privadas y ubicación desactivada por defecto para menores. También recomendadores que expliquen los factores que moldean el feed, límites al contacto no solicitado y prohibición de funciones como desplazamiento infinito, autoplay, rachas y notificaciones persistentes.
Los gobiernos deben definir resultados medibles y financiar evaluaciones independientes. Las plataformas deben dar acceso a datos para investigación. Los ingenieros deben auditar los sistemas de verificación de edad en busca de sesgos y fugas de datos.
Qué debería venir después de la prohibición
Si los responsables políticos deciden eliminar una infraestructura de conexión juvenil, deberían ofrecer algo mejor a cambio: comunidades moderadas, espacios creativos y plataformas de interés público diseñadas para la participación juvenil, no para el beneficio.
Las prohibiciones pueden reducir cierta exposición a contenido dañino y pueden estar justificadas para determinadas edades, servicios o riesgos. Pero son solo una herramienta, no un sustituto integral.
Los gobiernos siguen midiendo lo más fácil de contar: cuentas eliminadas. No miden resultados más complejos como el acceso de los niños a terceros lugares seguros y a conexiones sociales significativas. Mientras no se demuestre que el daño ha disminuido realmente, seguirán confundiendo la eliminación de cuentas con la seguridad.
La pregunta no es si los niños deben estar protegidos. Es si las herramientas que elegimos para protegerlos funcionan de verdad. Prohibir es rápido y visible. Diseñar sistemas seguros, formar a las familias y crear alternativas reales de conexión es más lento y menos espectacular. Pero es lo único que cambiará la experiencia de los menores en el mundo digital.
