El efecto invernadero es, en origen, un mecanismo natural que hizo posible la vida en la Tierra. Gracias a él, la temperatura media del planeta se mantiene en unos +15 °C, y no en los -18 °C que resultarían letales. Durante millones de años, ese equilibrio permitió que las nubes se formaran, el agua circulara y los ecosistemas prosperaran.
Pero algo cambió en el último siglo. El ritmo de las variaciones climáticas se ha acelerado de forma tan anómala que ya no se parece a los lentos ciclos glaciares del pasado, que tardaban miles de años en completarse. Los científicos señalan una causa concreta detrás de esa ruptura del equilibrio.
Un equilibrio natural que hizo posible la vida
El efecto invernadero no es un problema en sí mismo. Se trata de un fenómeno natural causado por una serie de gases presentes en la atmósfera que retienen parte del calor que el planeta refleja. Sin ese mecanismo, la temperatura media global sería de -18 °C. Con él, se mantiene en unos +15 °C, un valor favorable para la vida tal y como la conocemos.
Durante millones de años, ese ciclo se mantuvo estable. Los gases retenían el calor cerca de la superficie, favorecían la evaporación del agua y la formación de nubes, que devolvían el agua a la Tierra. Era un equilibrio cerrado y constante, sin apenas sobresaltos.
Los cambios climáticos del pasado fueron lentos. La Tierra tardó varios miles de años en salir de la era glacial, cuando las temperaturas medias globales estaban alrededor de 5 °C por debajo de las actuales. Nada que ver con lo que ocurre hoy.
La ruptura del ritmo: por qué este cambio es diferente
En el último siglo, el ritmo de las variaciones climáticas se ha acelerado de manera anómala, hasta el punto de afectar ya a la vida planetaria. Los científicos encontraron una relación directa entre el calentamiento global y el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, provocado principalmente por las sociedades industrializadas.
Las emisiones se intensificaron a partir de la Revolución Industrial. Fue entonces cuando la acción humana sobre la naturaleza se volvió intensa. El mundo quema cantidades cada vez mayores de combustibles fósiles y destruye bosques y praderas que, de otro modo, podrían absorber dióxido de carbono y favorecer el equilibrio térmico.
Si el desarrollo, el crecimiento demográfico y el consumo energético basado en combustibles fósiles siguen al ritmo actual, las concentraciones de CO2 podrían duplicarse antes de 2050 respecto a los niveles preindustriales. Las consecuencias, advierten los expertos, serían funestas para la vida planetaria.
La comunidad científica se organiza: nace el IPCC
En 1988, la comunidad internacional creó el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC). Lo constituyen expertos de todo el mundo. Su objetivo es claro: dar a conocer a los gobernantes la información científica, técnica y económica disponible sobre el cambio climático, su impacto y las posibles soluciones.
El IPCC reúne a cerca de tres mil expertos de 150 países y se ha convertido en la principal fuente de asesoramiento científico sobre el tema. Su Primer Informe de Evaluación, publicado en 1990, sirvió de base científica para negociar el Convenio Marco de la ONU sobre Cambio Climático, concluido en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992.
El Segundo Informe, de 1995, marcó un punto de inflexión. Su conclusión clave fue: «El conjunto de las evidencias sugiere una influencia humana discernible sobre el clima global». Por primera vez, el mensaje era inequívoco.
Del Protocolo de Kyoto al G-8: acuerdos, avances y resistencias
El Protocolo de Kyoto, firmado en Japón en 1997, fue el primer acuerdo global legalmente vinculante para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Comprometía a los países desarrollados a recortar sus emisiones un 5,2 % respecto a los niveles de 1990 durante el periodo 2008-2012. Lo ratificaron 141 naciones.
El protocolo entró en vigor el 16 de febrero de 2005, tras cumplirse dos condiciones: el respaldo de al menos 55 países y que estos representaran al menos el 55 % de las emisiones de CO2 de los países desarrollados. La segunda condición se cumplió en noviembre de 2004, cuando Rusia lo ratificó.
Estados Unidos, el mayor emisor mundial, se negó reiteradamente a firmar el tratado. Alegó que afectaba su economía y que omitía a naciones como China. Aun así, en la reunión del G-8 de 2005, los líderes de los ocho países más ricos trataron el calentamiento global y buscaron diseñar estrategias para fomentar tecnologías limpias y crear condiciones favorables para futuras negociaciones en el marco de la ONU.
Lo que viene: el reto de acelerar la respuesta
El calentamiento global ya no es un debate exclusivamente científico. Es un problema político, económico y social que exige decisiones coordinadas. La comunidad internacional ha construido instrumentos, pero la velocidad de la respuesta sigue por detrás de la velocidad del fenómeno.
Los próximos años serán decisivos. Las negociaciones en el marco de la ONU, la presión sobre los grandes emisores y el desarrollo de tecnologías limpias marcarán el rumbo. El equilibrio natural que hizo posible la vida no se recuperará solo. Depende de las decisiones que se tomen ahora.
