En cualquier sobremesa aparece tarde o temprano la afirmación, repetida con total seguridad: «solo usamos el 10 % del cerebro». A menudo viene acompañada de una referencia a una película taquillera o a un curso de desarrollo personal. La idea ha calado tan hondo que rara vez se cuestiona.
Sin embargo, basta un dato fisiológico para desmontarla: un órgano que representa apenas el 2-3 % del peso corporal consume cerca del 20 % del oxígeno y la mitad de la glucosa de todo el organismo. Sostener que funciona a un 10 % de su capacidad implicaría aceptar que la evolución ha diseñado una máquina de una ineficacia absurda. El cerebro sigue siendo, en realidad, un territorio fértil para falsas certezas que la neurociencia actual empieza a separar del mito.
El cerebro: un órgano caro que no se permite el lujo de descansar
Conviene detenerse un momento en esa cifra. Un órgano que apenas supone el 2-3 % del peso corporal consume cerca del 20 % del oxígeno que respiramos y la mitad de la glucosa que circula por la sangre. Es un gasto energético desproporcionado para un tejido tan reducido.
Defender que solo empleamos el 10 % del cerebro obligaría a aceptar que la evolución ha construido una máquina de una ineficacia absurda. Ningún sistema biológico sobrevive con semejante derroche. Si el cerebro operara a una décima parte de su capacidad, la selección natural lo habría descartado hace millones de años.
El mito, sin embargo, ha resultado extraordinariamente rentable. Hollywood lo ha explotado en películas donde los personajes acceden a poderes ocultos al desbloquear ese supuesto 90 % dormido. También lo han aprovechado vendedores de terapias milagrosas y cursos de desarrollo personal sin base científica.
El neurocientífico Francisco Mora denomina a estas creencias «neuromitos»: afirmaciones erróneas que se repiten tantas veces que terminan pareciendo verdades indiscutibles.
Neuromitos que se resisten a morir
El del 10 % no es el único mito que circula con soltura. La idea de que existen personas «de hemisferio derecho» —creativas y emocionales— frente a otras «de hemisferio izquierdo» —lógicas y analíticas— sigue apareciendo en tests de personalidad y entrevistas de trabajo. Otro clásico es el del cerebro reptiliano, esa supuesta capa primitiva que controlaría nuestros instintos más básicos. Ninguna de estas afirmaciones se sostiene ante la evidencia actual.
Lo que la neurociencia muestra es que el cerebro funciona como un todo integrado. No hay compartimentos estancos donde se alojen la creatividad o la lógica. Las funciones complejas emergen de la interacción entre múltiples regiones. Que estos mitos sigan tan vivos revela una brecha incómoda entre el conocimiento científico y la cultura popular. Los neuromitos se difunden más rápido que las correcciones que los desmienten.
La glía: las células olvidadas que explican el malentendido
Detrás del mito del 10 % puede haber un malentendido histórico. Durante mucho tiempo, la neurociencia prestó atención casi exclusiva a las neuronas, ignorando a otras células igualmente presentes en el cerebro.
Hablamos de las células de la glía, que son casi diez veces más numerosas que las neuronas. Su nombre procede del griego «glue», pegamento, porque se las consideraba meramente el soporte estructural del tejido nervioso. Nada más lejos de su función real.
La glía radial guía la migración de las neuronas durante el desarrollo embrionario. La microglía actúa como sistema inmune del cerebro, defendiéndolo de infecciones y daños. Los astrocitos regulan el metabolismo neuronal y participan activamente en la comunicación sináptica. Es posible que el mito del 10 % naciera precisamente de este desconocimiento: si solo contamos las neuronas, ignoramos a la mayoría de las células cerebrales.
Una red de 100 billones de conexiones que se reescribe a sí misma
El cerebro humano contiene aproximadamente cien mil millones de neuronas. Cada una de ellas se conecta con miles más, formando una red de alrededor de 100 billones de conexiones. Para ponerlo en perspectiva: hay más nodos y enlaces en nuestra cabeza que en toda internet.
Pero lo más asombroso no es la cantidad, sino el dinamismo. Esta red cambia constantemente su estructura en función de lo que vivimos. Cada experiencia, cada aprendizaje, cada conversación modifica físicamente nuestras conexiones neuronales. De esa conectividad dependen la percepción del mundo, la atención y el control del cuerpo. No hay un 90 % de cerebro en espera: hay una red entera trabajando, reorganizándose y adaptándose a cada momento.
Podar para crecer: la evolución del cerebro a lo largo de la vida
Durante las primeras etapas de la vida, el cerebro genera nuevas sinapsis a una velocidad sorprendente: hasta 40.000 por segundo. Es una explosión de conexiones que supera con creces lo que funcionalmente se necesita. Por eso comienza un proceso de «poda sináptica». El cerebro elimina las conexiones débiles o redundantes para aumentar la eficiencia de la red. Hacia la pubertad, casi el 50 % de las sinapsis presentes a los dos años han desaparecido.
Este patrón de poda no es aleatorio. Las conexiones que se han utilizado y fortalecido mediante la estimulación cognitiva y sensorial sobreviven. Las que no reciben uso se eliminan. La plasticidad no termina en la adolescencia. A lo largo de toda la vida, el cerebro sigue formando y eliminando conexiones. Esa capacidad permite aprender nuevas habilidades o recuperar funciones tras un daño cerebral grave.
Del Apolo al conectoma: los grandes proyectos que cartografían el cerebro
La neurociencia vive un momento comparable a la carrera espacial. En 2013 arrancaron dos proyectos de una ambición sin precedentes: la iniciativa BRAIN en Estados Unidos y el Human Brain Project en la Unión Europea. Ambos tienen una duración prevista de diez años y una magnitud que los científicos comparan con el desciframiento del genoma humano o la llegada a la Luna. No es una exageración: Barack Obama presentó la iniciativa BRAIN con un tono similar al que empleó Kennedy con las misiones Apolo.
Sus enfoques, sin embargo, difieren. El Human Brain Project busca crear una simulación completa del cerebro en un superordenador, volcando todos los datos reales que se conocen. La iniciativa BRAIN aspira a elaborar un mapa detallado y dinámico: un «conectoma» funcional. Lo que estos proyectos revelen en los próximos años podría transformar nuestra comprensión de la memoria, la conciencia y las enfermedades neurológicas. Y quizás, de paso, entierren para siempre los neuromitos que Hollywood sigue vendiendo.
