En solo cinco décadas, las poblaciones de animales salvajes se han desplomado en más de dos tercios. La cifra, tan contundente como difícil de asimilar, no habla de un paisaje lejano ni de especies exóticas: habla de la infraestructura invisible que sostiene el aire que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos que consumimos. La biodiversidad no es un lujo estético reservado a los documentales de naturaleza, sino el entramado que mantiene en pie el sistema del que dependemos por completo. Y la pregunta que empieza a imponerse es incómoda: ¿cuánta vida podemos permitirnos perder antes de que todo el sistema falle?
Qué es exactamente la biodiversidad y por qué importa
La biodiversidad es la variedad de la vida en la Tierra, en todas sus formas y en todas sus interacciones. Incluye desde las estructuras invisibles, como los genes, hasta las superestructuras de los ecosistemas. También abarca cada especie animal, vegetal, de hongos, virus y bacterias que conforman el planeta. Esas interacciones entre formas de vida son una de las causas fundamentales de que el planeta sea un organismo vivo y habitable desde hace miles de millones de años.
El término es sorprendentemente joven. Se acuñó en 1985, a partir de la contracción de “diversidad biológica”. Desde entonces, su importancia no ha dejado de crecer, aunque por una causa indeseable: la pérdida de biodiversidad se ha convertido en una de las peores consecuencias de la actividad humana. El zoólogo David Macdonald, de la Universidad de Oxford, lo resume con claridad: “Sin biodiversidad, no hay futuro para los seres humanos”.
La naturaleza como equilibrio: servicios que damos por sentados
La naturaleza funciona como una ecuación matemática en la que cada variable tiene un sentido. Así lo sugirió el biólogo Edward Osborne Wilson, considerado el padre de la biodiversidad: “Cada organismo superior es rico en información como un Caravaggio, las fugas de Bach o cualquier otra gran obra”. Esa riqueza informativa se traduce en servicios concretos que rara vez valoramos.
Las abejas polinizan los frutales. Las plantas producen el oxígeno que respiramos. Los árboles absorben el CO2 y la contaminación de las grandes ciudades. Los arrecifes de coral frenan ciclones y tsunamis. La biodiversidad también es un reservorio inmenso de salud, conocido y por descubrir. De los hongos de la piel del oso perezoso se extraen medicinas para luchar contra el cáncer. Y el paclitaxel, un principio activo empleado para tratar la misma enfermedad, procede del tejo, un árbol sagrado para algunas tribus celtas.
Un declive medible: las cifras que alarman a los científicos
Los datos de la Unión Europea son contundentes: las poblaciones de especies salvajes han caído un 60% en los últimos 40 años y un millón de especies están en riesgo de extinción. La tasa de extinción actual es 1.000 veces superior a la que existía antes de que los humanos dominaran el planeta, en el Antropoceno. Incluso supera la que provocó el impacto del meteorito que sentenció a los dinosaurios hace 65 millones de años.
Corey J.A. Bradshaw, profesor de Ecología Global de la Universidad de Flinders, estima que la mitad de la vegetación mundial ha desaparecido y que se han perdido 1.300 especies en los últimos 500 años. Pero hay un problema de fondo: se han clasificado cerca de 1,7 millones de especies, mientras que la cifra real probablemente ronda los 100 millones. Casi siempre que desaparece una especie, los humanos lo ignoran. También ignoran sus consecuencias.
Las amenazas: de la agricultura industrial a las pandemias
La principal amenaza para la biodiversidad es la agricultura industrial. Henk Hobbelink, coordinador de la asociación Grain, lo explica sin rodeos: las grandes plantaciones de aceite de palma en Indonesia y de soja en Brasil destruyen los bosques tropicales. Los cultivos genéticamente uniformes reemplazan la diversidad biológica en las tierras de los pequeños agricultores.
La sobrepesca agrava el problema. El mar es una fuente esencial de proteínas para más de 2.500 millones de personas, pero en la mitad de los océanos se pesca industrialmente. Bradshaw añade una advertencia inquietante: la pérdida de biodiversidad “representa una mayor probabilidad de que se produzcan otras pandemias con mayor gravedad y frecuencia que el COVID-19”. Los científicos no saben cuánta biodiversidad se puede perder antes de que el sistema ecológico colapse. Algunos afirman que ya se están rozando los límites planetarios.
¿Qué podemos hacer? Devolver espacio a la naturaleza
La respuesta pasa por devolver a la naturaleza el espacio que necesita para regenerarse. También por innovar medidas de protección. Por ejemplo, que los animales y las plantas valgan más vivos que muertos: en lugar de cazar rinocerontes, construir alrededor zonas de turismo sostenible y no agresivo.
Europa ha trazado una estrategia dentro de la Agenda 2030: recuperar 25.000 kilómetros de ríos, plantar 3.000 millones de árboles, revertir el declive de los insectos polinizadores, reducir el uso de pesticidas dañinos al 50% y aumentar el peso de las granjas orgánicas. Para lograrlo se destinarán 20.000 millones de euros anuales, aportados por fondos públicos y privados. Pero la responsabilidad también es individual: comprar productos sostenibles, consumir menos carne, reciclar, usar transporte eléctrico y presionar mediante el voto y el consumo.
La profesora Sarah Cornell, de la Universidad de Estocolmo, lo describe como “una lenta y a veces invisible caída de los cimientos”. La buena noticia es que aún estamos a tiempo de doblegar la curva. La mala es que la urgencia no admite más demoras.
