En febrero de 2007, un helicóptero de evacuación médica sobrevolaba a plena luz del día una zona controlada por la insurgencia al norte de Bagdad. No llevaba heridos: iba a por sangre. Un misil lo derribó y murieron los siete tripulantes. Era una «misión de sangre», una de las prioridades más altas en combate.
La hemorragia es la principal causa de muerte evitable en el campo de batalla, y la sangre donada tiene una vida útil muy corta. ¿Y si existiera una sangre que no caducara, que no necesitara frío y que un soldado pudiera llevar en su mochila?
36 minutos: la ventana que separa la vida de la muerte
La hemorragia causa el 90% de las muertes evitables en combate y es la principal causa de muerte materna en el mundo. No es un problema menor ni exclusivo del campo de batalla. Un estudio publicado en Transfusion en 2025 reveló que, de 1,2 millones de pacientes traumatizados en Estados Unidos que necesitaban sangre antes de llegar al hospital, solo el 1% la recibió. Esa brecha se traduce en unas 10.000 muertes evitables cada año solo en ese país.
El tiempo juega en contra. Un estudio de JAMA sobre heridas de combate en Afganistán fija en 36 minutos el tiempo crítico para iniciar una transfusión. Si el herido recibe sangre antes de ese umbral, la supervivencia está casi garantizada. Después, la probabilidad cae en picado.
El problema de fondo es logístico. La sangre entera refrigerada dura 35 días. Las plaquetas, menos de una semana a temperatura ambiente. El plasma y los glóbulos rojos congelados se estropean a los pocos días de descongelarse. En un escenario de ataque imprevisible, descongelar sangre sin saber cuándo se necesitará equivale a tirarla.
El programa RAPIID: sangre en polvo para 2029
DARPA ha lanzado el programa RAPIID con 73 millones de dólares para crear versiones estables a temperatura ambiente de los tres componentes principales de una transfusión: plasma, plaquetas y glóbulos rojos. El objetivo es ambicioso y concreto: tener bolsas de productos sanguíneos deshidratados desplegadas en el campo para 2029.
RAPIID no parte de cero. Hereda los avances del proyecto FSHARP, financiado con 47,5 millones de dólares, que ya demostró resultados prometedores en animales. La continuidad entre ambos programas sugiere una estrategia deliberada: construir sobre lo que funciona y acelerar el camino hacia los ensayos clínicos.
El plasma liofilizado es la pieza más madura del rompecabezas. El ejército estadounidense ya ha recibido autorización de la FDA para usar dos tipos de plasma en polvo en emergencias desde hace dos años. Uno de ellos está disponible incluso para uso civil. La tecnología existe desde la Segunda Guerra Mundial; lo que cambió fue la capacidad de eliminar los riesgos de transmisión de hepatitis que llevaron a abandonarla en los años sesenta.
ErythroMer: hemoglobina envuelta en una membrana artificial
La empresa KaloCyte desarrolla ErythroMer, un transportador de oxígeno basado en hemoglobina que recicla sangre donada caducada. La idea es ingeniosa: aprovechar un recurso que hoy se desecha y darle una segunda vida en forma de polvo estable.
Los intentos anteriores fracasaron por una razón concreta. La hemoglobina «desnuda», sin su membrana celular natural, se descompone rápidamente en el torrente sanguíneo y provoca daño orgánico. También captura óxido nítrico, lo que constriñe los vasos sanguíneos. El caso más dramático fue el HemAssist en los años noventa: en un ensayo clínico, 24 de los 52 pacientes tratados murieron, frente a ocho de 46 en el grupo de control.
ErythroMer intenta resolver ese problema encapsulando la hemoglobina en una nanopartícula lipídica. Un lípido centinela, llamado KC-1003, regula la captación y liberación de oxígeno según el pH: lo capta en los pulmones y lo libera en los tejidos cansados. El producto se liofiliza y se mantiene estable a temperatura ambiente durante dos años. En estudios con ratones y ratas a los que se extrajo hasta el 70% de la sangre, estabilizó la presión arterial sin los efectos devastadores de los HBOC anteriores.
SynthoPlate: plaquetas sintéticas como navaja suiza
Anirban Sen Gupta, de Case Western Reserve, lidera el desarrollo de SynthoPlate, una plaqueta sintética fabricada con nanopartículas lipídicas. Sen Gupta describe las plaquetas reales no como simple «cemento sanguíneo», sino como drones que vigilan continuamente las paredes de los vasos en busca de lesiones. Su versión sintética imita esa vigilancia.
Cada partícula lleva péptidos especializados que replican las funciones de las plaquetas reales: uno se une al factor von Willebrand, otro al colágeno y un tercero imita al fibrinógeno, permitiendo que las plaquetas sintéticas se conecten con las reales cerca de una herida. En un estudio de 2026 publicado en Advanced Science, SynthoPlate redujo el tiempo de sangrado y la pérdida de sangre en más de la mitad en ratones con recuentos bajos de plaquetas.
La escalabilidad no es un obstáculo, según Sen Gupta. La plataforma de nanopartículas lipídicas ya está industrializada gracias a la experiencia de las vacunas de ARNm contra la covid. El reto está en los péptidos que decoran la superficie, no en la producción masiva.
Dudas y competencia: ¿moonshot o pragmatismo?
No todos comparten el optimismo de Murray. Shibani Pati, de la Universidad de California en San Francisco, cuestiona que DARPA apueste por productos no probados en humanos cuando existen alternativas más avanzadas, como las plaquetas liofilizadas de Cellphire, que ya han demostrado seguridad y eficacia en ensayos clínicos. Para Pati, el programa debería centrarse en empujar lo ya desarrollado hacia la aprobación regulatoria, no en financiar proyectos «moonshot» que tardarán años en llegar.
John Holcomb, cirujano de combate en Mogadiscio, advierte que los componentes sintéticos quizá no repliquen todas las funciones de la sangre completa. Las plaquetas también son antiinflamatorias; los glóbulos rojos ayudan en la coagulación. Pero reconoce algo clave: «puede que no haga falta». Si un herido llega con el 70% de su volumen sanguíneo intacto, quizá la sangre que le queda baste para las funciones que los productos sintéticos no cubren.
Murray ha impuesto un escenario competitivo: cada empresa tiene solo un año de financiación garantizada antes de una criba. Quedar fuera no significa que el producto sea malo, sino que el calendario era demasiado exigente.
En paralelo, otros equipos internacionales avanzan. Científicos japoneses ya prueban su propia hemoglobina encapsulada en humanos, y Cambridge investiga glóbulos rojos cultivados para tipos sanguíneos raros.
Del campo de batalla a la ambulancia civil
Los ensayos en humanos, previstos para los años segundo y tercero del programa, se centrarán en pacientes gravemente heridos en ambulancias. Ahí el cálculo cambia: el riesgo de no hacer nada supera al de los efectos secundarios. Es el escenario donde una sangre en polvo que se reconstituye en minutos tiene más sentido.
Murray ya está adquiriendo el equipamiento auxiliar: bolsas de almacenamiento resistentes al combate, pruebas de punción digital para medir los niveles de sangre artificial en el paciente y un dispositivo a batería para calentar los componentes antes de la transfusión. Cada pieza importa.
La vulnerabilidad de la base de Okinawa fue el detonante personal que llevó a Murray a impulsar esta tecnología. Allí, un misil podría destruir a la vez el banco de sangre, el hospital y las comunicaciones. Esa imagen —un solo punto de fallo para millones de kilómetros cuadrados del Pacífico— explica su insistencia: si FSHARP fracasaba, le dijo a su jefe, habría que invertir otros 50 millones y volver a intentarlo. La carrera continúa, y el calendario apunta a 2029.
