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Home Economía

Europa se prepara para 2040 con una competitividad que ya no se mide solo en euros

by David Pérez
18 de octubre de 2026
in Economía
Ciudadanos europeos pasean por una plaza sostenible en Bruselas con el Parlamento al fondo, simbolizando la competitividad de

La nueva estrategia europea para 2040 pone el foco en la cohesión social y el capital natural, no solo en el crecimiento económico, como refleja esta escena en una plaza renovada de Bruselas.

Durante décadas, Europa midió su fortaleza económica con una vara relativamente sencilla: productividad, inversión y crecimiento del PIB. Pero el tablero global ha cambiado. La inestabilidad geopolítica, la disrupción tecnológica y una crisis climática que ya no es una amenaza lejana obligan a Bruselas a replantearse una pregunta incómoda: ¿siguen siendo válidas las viejas recetas?

En los pasillos comunitarios ya no se habla únicamente de crecer más, sino de prosperar sin agotar los recursos naturales ni fracturar la cohesión social. La sostenibilidad ha dejado de ser un capítulo aparte en los discursos para situarse en el centro del debate económico.

¿Puede convertirse en una ventaja competitiva real? Un nuevo informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) intenta responder a esa cuestión con una hoja de ruta hacia 2040 que mira más allá de los indicadores convencionales.

El fin de la competitividad entendida como crecimiento a cualquier precio

El informe de la AEMA cuestiona los indicadores que durante años definieron el éxito económico europeo. Productividad, inversión, precios y crecimiento del PIB siguen importando, pero ya no bastan para responder a una pregunta más compleja: ¿cómo se mantiene la prosperidad sin destruir las bases que la sostienen?

La respuesta que propone el documento se resume en un concepto: competitividad sostenible. No se trata de frenar la economía, sino de crear valor económico mientras se mantiene y regenera el capital natural y social del que depende la prosperidad futura. Es un cambio de enfoque, no de ambición.

El documento advierte de que la competitividad basada en el agotamiento de recursos o la degradación ambiental puede ofrecer ganancias a corto plazo. Pero esas ganancias debilitan la resiliencia y la capacidad productiva con el tiempo. En un escenario marcado por el cambio geopolítico y los riesgos climáticos, ese tipo de ventaja se vuelve frágil.

Seis apuestas sin remordimientos para un futuro incierto

Nadie puede predecir con certeza qué futuro se materializará en 2040. Por eso el informe identifica seis áreas de acción que denomina opciones sin remordimientos: medidas que generan beneficios en una amplia gama de escenarios posibles.

La primera es escalar la economía circular y la eficiencia en el uso de recursos. La segunda, invertir en adaptación climática, soluciones basadas en la naturaleza e infraestructuras resilientes. La tercera apuesta por fortalecer las capacidades europeas en computación, inteligencia artificial y biotecnología de nueva generación. La cuarta se centra en competencias, educación y aprendizaje permanente. La quinta apoya la cohesión social, la confianza pública y los marcos regulatorios eficaces. La sexta defiende un papel activo de la UE en la definición de estándares globales de sostenibilidad.

Cada área reduce vulnerabilidades concretas. La circularidad limita la exposición a mercados volátiles de materias primas. Las tecnologías digitales mejoran la trazabilidad de materiales y la gestión energética. Las instituciones sólidas ofrecen certidumbre a los inversores y legitimidad pública.

Las tensiones ocultas de la transición sostenible

El informe no oculta las contradicciones internas de esta transición. La electrificación, por ejemplo, reduce la dependencia de los combustibles fósiles, pero dispara la demanda de redes eléctricas y minerales críticos. Ganar en un frente puede crear presión en otro.

Algo similar ocurre con la prolongación de la vida útil de edificios e infraestructuras. Es una estrategia coherente con la circularidad, porque conserva el valor incorporado en esos activos. Pero también puede preservar estructuras ineficientes o vulnerables a los impactos climáticos. Lo que ahorra materiales puede costar en resiliencia.

La producción de base biológica plantea otro dilema. Sustituye recursos fósiles, sí, pero aumenta la presión sobre la tierra, el agua y los ecosistemas. La clave, concluye el informe, está en identificar sinergias y evitar transferir riesgos entre sectores, lugares y generaciones.

De la ambición política a la implementación coordinada

Europa ya cuenta con una base política sustancial en muchas de estas direcciones. El problema no es la falta de ambición sobre el papel. El desafío central, según la AEMA, es traducir esa ambición en una implementación coordinada al ritmo y la escala necesarios.

Eso exige inversión sostenida, políticas coherentes entre sí, competencias adecuadas e instituciones capaces. También requiere flexibilidad para ajustarse a medida que evolucionan las tecnologías, los riesgos climáticos y las condiciones geopolíticas. La rigidez sería un lujo que Europa no puede permitirse.

El informe no pretende predecir un único futuro ni prescribir una sola vía. Ofrece, en cambio, una dirección estratégica: crear valor económico mientras se mantiene y fortalece el capital natural y social. Esa es la apuesta. Y 2040 está más cerca de lo que parece.

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