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La nave que viajó dos años para inspeccionar las cicatrices de un impacto cósmico deliberado

by David Pérez
20 de octubre de 2026
in Ciencia
Controladora de la misión ESA ante una pantalla que muestra el asteroide Dimorphos con el cráter del impacto de DART

La nave que viajó dos años para inspeccionar las cicatrices de un impacto cósmico deliberado: la controladora de la misión Hera observa en la sala de control las imágenes de Dimorphos.

Apenas un mes. Eso es lo que le queda a la nave Hera de la Agencia Espacial Europea para culminar un viaje de dos años y alcanzar el sistema binario de asteroides Didymos-Dimorphos. Se desplaza a 12 kilómetros por segundo y, aun así, su objetivo sigue siendo apenas un puñado de píxeles en sus cámaras.

Su misión es la primera inspección cercana de un experimento sin precedentes: el choque deliberado de una nave terrestre contra un asteroide. Hace cuatro años, la NASA estrelló la sonda DART contra Dimorphos para intentar alterar su órbita. Hera se acerca ahora para ver qué dejó aquel impacto.

El experimento que cambió una órbita

El 26 de septiembre de 2022, la sonda DART de la NASA se estrelló contra Dimorphos a 6,6 kilómetros por segundo. No fue un accidente. Fue el primer ensayo real de defensa planetaria: comprobar si un impacto cinético podía alterar la trayectoria de un asteroide.

El resultado superó las expectativas. Antes del choque, Dimorphos tardaba 11 horas y 55 minutos en completar una órbita alrededor de Didymos. Después del impacto, ese tiempo se acortó en unos 32 minutos. La cifra confirmó que la técnica funciona, al menos en este caso.

Pero Dimorphos no es una roca sólida. Los datos de DART revelaron que se trata de una «pila de escombros», similar a Bennu y Ryugu, formada por fragmentos unidos por una gravedad mínima. Eso complica las predicciones: un cuerpo así responde de forma distinta a un impacto que una roca compacta. Y ahí es donde entra Hera.

Hera: dos años de viaje para una cita a ciegas

Hera despegó el 7 de octubre de 2024 a bordo de un Falcon 9 desde Cabo Cañaveral. Es la primera misión del programa de Seguridad Espacial de la ESA, diseñada para acercarse a un sistema que nadie ha visto de cerca desde el impacto.

El viaje ha durado algo más de dos años. En julio de 2026, las cámaras de Hera captaron por fin a Didymos, pero el par sigue siendo apenas unos píxeles en el encuadre. La nave se acerca a una cita a ciegas.

Operar a 1,5 unidades astronómicas del Sol añade dificultad. La luz es más tenue y los únicos generadores de energía son dos paneles solares de cinco metros de largo. Cada maniobra depende de esa fuente limitada.

Un sistema binario lleno de incógnitas

Didymos fue descubierto en 1996 y mide unos 780 metros de diámetro. Su luna Dimorphos, de 151 metros, no se detectó hasta 2003. Desde entonces, los astrónomos han comprobado que los asteroides binarios son más comunes de lo que se pensaba. Estudiar este par sirve para entender a toda una familia de objetos.

Didymos rota muy rápido: completa una vuelta sobre sí mismo cada 2,2 horas. Eso genera fuerzas centrífugas que podrían estar desestabilizando su superficie.

Si un astronauta pudiera posarse allí, vería un cielo dominado por el otro asteroide. La gravedad es tan débil que una caída libre hasta el suelo duraría días. Es un escenario extremo que obliga a repensar cómo se mueve cualquier objeto en ese entorno.

Los CubeSats que tocarán Dimorphos

Poco después del encuentro, Hera desplegará dos CubeSats: Milani y Juventas. Son naves del tamaño de una caja de zapatos, pero con tareas ambiciosas.

Milani analizará el campo de polvo que rodea al sistema y estudiará la composición espectral de ambos asteroides. Eso permitirá saber de qué están hechos y cómo se dispersó el material tras el impacto.

Juventas se centrará en la estructura interna. Usará un radar de baja frecuencia para comparar el interior de Didymos y Dimorphos. Al final de su misión, podría intentar posarse sobre la superficie de Dimorphos.

Ambas maniobras pondrán a prueba la navegación autónoma en un campo gravitatorio extremadamente débil, donde un pequeño error puede significar perderse en el espacio.

Lo que viene después del encuentro

La misión nominal de Hera termina en 2027. Para entonces, habrá cartografiado el sistema, medido el cráter del impacto y recogido datos sobre la estructura interna de ambos cuerpos.

Después, los controladores podrían extender su vida como demostrador tecnológico, probando técnicas de control autónomo para futuras naves. Esos ensayos servirán para misiones más lejanas, donde la comunicación con la Tierra llegue con minutos de retraso.

Los datos de Hera alimentarán los modelos de desviación de asteroides. Si algún día detectamos una roca en curso de colisión, sabremos mejor cómo golpearla. No podremos estar allí en persona, pero Hera será nuestros ojos en un mundo doble que apenas empezamos a comprender.

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