Cuando se habla de refugiados climáticos, suele venir a la mente la imagen de personas cruzando fronteras internacionales. Pero los datos cuentan una historia muy distinta: en 2020, 763 millones de personas se desplazaron dentro de su propio país, frente a 281 millones que lo hicieron al extranjero. La abrumadora mayoría de quienes huyen de inundaciones, sequías o tormentas no atraviesa ninguna frontera.
Si la mayor parte del movimiento ocurre a escala nacional, ¿por qué sabemos tan poco de él? Una revisión sistemática de 309 estudios acaba de revelar que la ciencia tiene un punto ciego enorme, y sus consecuencias para la política global apenas empiezan a entenderse.
El punto ciego de la investigación climática
La revisión analizó 309 estudios empíricos cuantitativos publicados entre 1978 y 2026 sobre movilidad humana interna y cambio climático. El resultado es un mapa global muy desigual. La mayoría de la investigación se concentra en pocas regiones: Estados Unidos, Bangladesh, India, China y algunas zonas de África Occidental y Oriental. Estados Unidos acumula 59 estudios; Bangladesh, 42.
Fuera de esos focos, el silencio es casi total. Oriente Medio, el Norte de África, gran parte de América Latina y el Caribe, y casi toda Europa están infrarrepresentados. Solo un puñado de trabajos examina países como Bolivia, Colombia, Honduras o Ecuador. La revisión también detecta un predominio de estudios a nivel micro, centrados en individuos y hogares. Los análisis macroestructurales, que miran sistemas enteros, son mucho más escasos. La ciencia describe con detalle lo pequeño y apenas vislumbra lo grande.
Choques meteorológicos frente a procesos lentos
Existe mucha más evidencia sobre eventos de corto plazo que sobre cambios climáticos de largo plazo. Inundaciones, tormentas tropicales y sequías breves dominan la literatura. La subida del nivel del mar y las variaciones prolongadas de temperatura y precipitación están mucho menos estudiadas. Solo 25 trabajos abordan el aumento del nivel del mar; 40 examinan fluctuaciones climáticas de largo plazo.
Esta asimetría distorsiona la comprensión del problema. Los efectos compuestos y acumulativos, como la salinización de suelos costeros combinada con ciclones, apenas se abordan. Sin embargo, son precisamente esos procesos lentos los que erosionan la habitabilidad de una región durante décadas. Empujan a la gente a moverse poco a poco, o la dejan atrapada sin recursos para irse. Al centrarse en el drama visible de la tormenta, la ciencia pierde de vista la tragedia silenciosa del deterioro gradual.
Cuando la teoría reduce a las personas a cálculos económicos
El 44% de los estudios enmarcan la relación clima-movilidad como «contingente». Es decir, los peligros alteran estructuras de oportunidad, pero no determinan directamente la migración. Solo el 11% usa marcos deterministas, que tratan el clima como causa directa del movimiento. Los enfoques mediados, que incorporan instituciones y políticas, representan el 28%. Los construidos, que consideran percepciones subjetivas, apenas el 17%.
Las teorías dominantes, como push-pull, neoclásica y la nueva economía de la migración laboral, tratan la movilidad como una decisión económica racional. La persona evalúa costes y beneficios, y se mueve si la cuenta sale positiva. Quedan marginadas las aspiraciones, las capacidades, el apego al lugar, la gobernanza y las dinámicas institucionales. El resultado es un modelo de ser humano que calcula, pero no siente ni pertenece.
La inmovilidad: la gran olvidada
Solo el 1% de los estudios revisados se centra en la inmovilidad. Sin embargo, millones de personas no pueden o no quieren moverse ante el deterioro ambiental. La revisión propone una tipología con cinco categorías: movilidad anticipatoria, proactiva, reactiva, administrada e inmovilidad. Es un intento de capturar todo el espectro, desde quien huye antes del desastre hasta quien se queda por elección o por falta de alternativas.
La distinción entre movilidad voluntaria e involuntaria rara vez se operacionaliza con claridad en los estudios empíricos. El término «migración» se usa de forma indiscriminada en el 55% de los trabajos, mezclando decisiones libres y desplazamientos forzados. Las «poblaciones atrapadas», quienes carecen de recursos para huir de zonas degradadas, son un fenómeno crítico y escasamente investigado. Sabemos mucho de quien se va y muy poco de quien no puede irse.
Canales de transmisión: agricultura, activos y redes sociales
Los impactos climáticos se transmiten principalmente a través de tres canales: productividad agrícola, exposición de activos y redes sociales. Los choques de corto plazo reducen cosechas e ingresos, empujando a migraciones temporales o de corta distancia. Es una respuesta inmediata a la pérdida de sustento.
Las redes sociales pueden facilitar o restringir la movilidad. Influyen en el acceso a información, en la evacuación y en la recuperación posdesastre. Una red fuerte puede ayudar a alguien a irse o a quedarse con apoyo. Una red débil puede dejarlo aislado. Factores como género, edad, educación y estatus social modulan quién puede moverse y quién queda atrapado. La vulnerabilidad no se distribuye al azar: sigue las líneas de desigualdad que ya existen.
Lo que la ciencia aún no sabe
Faltan estudios sobre riesgos compuestos, puntos de inflexión socioecológicos y dinámicas institucionales y de gobernanza. La revisión excluyó literatura cualitativa y no inglesa, lo que limita la diversidad geográfica y epistemológica de las conclusiones. Es una limitación reconocida por los propios autores, y una advertencia sobre el alcance de sus hallazgos.
Se necesita integrar percepciones del riesgo, aspiraciones y capacidades en los marcos teóricos y modelos predictivos. Los autores piden superar la dicotomía voluntario/forzado y adoptar una visión de espectro completo de movilidad e inmovilidad. El reto es grande, pero la dirección es clara. Si la ciencia quiere entender de verdad quién se mueve, quién se queda y por qué, tendrá que mirar más allá de los números y escuchar las historias que estos no cuentan.
