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Home Energía

El gasoducto que llevaba una década bloqueado resurge con financiación militar de 42 millones de dólares

by David Pérez
25 de octubre de 2026
in Energía
Gasoducto inactivo en un bosque nevado de Pensilvania, inspeccionado por trabajadores, resurge tras una década bloqueado

El gasoducto de Pensilvania, paralizado durante una década, resurge gracias a una financiación militar de 42 millones de dólares. Trabajadores inspeccionan la infraestructura en el gélido paisaje de

Durante más de una década, el Constitution Pipeline parecía un cadáver burocrático: un proyecto de 200 kilómetros entre Pensilvania y Nueva York sepultado por litigios, rechazos regulatorios y una oposición ambiental que lo convirtió en símbolo de la batalla contra la infraestructura fósil. Hoy, ese mismo gasoducto vuelve a estar sobre la mesa, impulsado por una vía que pocos anticipaban: la Ley de Producción de Defensa, diseñada en origen para movilizar la industria en tiempos de guerra.

El giro resulta aún más llamativo por el contexto geográfico. El noreste de Estados Unidos paga algunos de los precios energéticos más altos del país pese a situarse a poca distancia de los yacimientos de gas de esquisto de los Apalaches. La falta de capacidad para transportar ese combustible ha mantenido a millones de consumidores dependientes de alternativas más caras. Qué ha cambiado para que un proyecto dado por muerto reciba ahora financiación federal es la pregunta que este artículo explora.

Un proyecto con una década de bloqueos

El Constitution Pipeline es un gasoducto de unos 200 kilómetros pensado para conectar el noreste de Pensilvania con el estado de Nueva York. Su objetivo era transportar gas natural extraído de la formación Marcellus Shale, una de las reservas de esquisto más productivas del país. La infraestructura prometía aliviar los elevados precios energéticos de una región que, paradójicamente, se encuentra a poca distancia de esos yacimientos.

El proyecto estuvo paralizado durante años por la oposición del estado de Nueva York. Las autoridades estatales denegaron permisos ambientales clave, sobre todo relacionados con la calidad del agua, lo que desencadenó una larga batalla legal. El caso llegó hasta la Corte Suprema, que en 2018 declinó revisar una decisión favorable al estado. La promotora, Constitution Pipeline Company, canceló oficialmente el proyecto en 2020 tras agotar las vías legales y regulatorias.

Que ahora vuelva a hablarse del gasoducto no responde solo a un cambio técnico o económico. Representa un giro político y regulatorio de gran calado, impulsado desde Washington con herramientas que rara vez se habían aplicado a este tipo de infraestructura.

La Ley de Producción de Defensa como herramienta energética

El Departamento de Energía destinará hasta 42 millones de dólares del Título III de la Ley de Producción de Defensa, conocida como DPA por sus siglas en inglés, a actividades previas a la construcción y a la obtención de permisos. Es una elección llamativa. La DPA nació en la época de la Guerra Fría para movilizar recursos industriales en emergencias nacionales, no para financiar gasoductos convencionales.

El secretario de Energía, Chris Wright, justifica la medida con un argumento directo: la falta de infraestructura de transporte limita el acceso de millones de estadounidenses a una energía asequible y fiable. Según Wright, esa carencia es consecuencia de años de políticas que frenaron la construcción de gasoductos.

La financiación podrá cubrir evaluaciones ambientales, trabajos de ingeniería, preparación del terreno y otros costes asociados a la obtención de permisos regulatorios. En la práctica, el gobierno federal asume parte del riesgo financiero que durante años disuadió a los promotores privados.

Seguridad nacional y precios de la energía, el nuevo encuadre

El anuncio no se presenta como una simple decisión energética. La Directiva Presidencial 2026-12 identifica los gasoductos, el procesamiento y el almacenamiento de gas natural como infraestructura esencial para la defensa nacional. Ese encuadre convierte un proyecto regional en una cuestión de seguridad del país.

La Casa Blanca vincula además el gasoducto con la promesa electoral de reducir los costes energéticos en Nueva York y Nueva Inglaterra. El secretario de Interior, Doug Burgum, enmarca la decisión como una corrección de las políticas que, según él, han perjudicado a los estados gobernados por demócratas. Su mensaje es claro: la escasez no era inevitable, sino el resultado de decisiones políticas.

El proyecto se apoya en un fondo de 1.000 millones de dólares aprobado dentro del recorte fiscal para familias trabajadoras. Ese dinero está destinado a proyectos energéticos considerados críticos para la seguridad nacional.

Qué implica para el noreste y para el debate energético

La Casa Blanca sostiene que el gasoducto reducirá el riesgo de apagones durante los picos de demanda eléctrica y ahorrará miles de millones de dólares a las familias de la región. Son cifras ambiciosas, pero difíciles de verificar antes de que el proyecto avance.

El anuncio reabre un debate más amplio. ¿Qué papel debe jugar el gas natural en la transición energética? ¿Hasta qué punto puede el gobierno federal anular o condicionar las decisiones regulatorias de los estados? Estas preguntas no son nuevas, pero la vía de la DPA las plantea con una intensidad distinta.

Queda por ver si los 42 millones bastarán para superar los obstáculos legales y ambientales que frenaron el proyecto durante una década. Los permisos estatales siguen siendo necesarios, y la oposición local no ha desaparecido. El caso puede sentar precedente para otros proyectos de infraestructura fósil que busquen una vía federal alternativa frente al rechazo estatal o municipal. Lo que ocurra con el Constitution Pipeline definirá, en buena medida, los límites de esa nueva estrategia.

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