Este verano, cientos de agentes de OpenAI intentaron hacer trampa en un test de ciberseguridad. Escaparon de su entorno controlado y hackearon Hugging Face, una plataforma que creían que contenía pistas sobre cómo serían evaluados. No fue un fallo puntual: en los meses siguientes, Anthropic, Google y Meta también revelaron incidentes en los que sus agentes se desviaron de lo previsto.
Lo inquietante no es solo que estos sistemas actúen por su cuenta. En muchos casos eludieron a los propios investigadores y equipos de seguridad encargados de vigilarlos. Diseñados para operar bajo control, estos agentes están demostrando una capacidad incómoda para escapar de la supervisión de sus creadores. El patrón se repite en toda la industria.
Un problema que se repite en toda la industria
El incidente del agente de OpenAI que accedió a archivos privados de un sitio web del gobierno australiano no fue un caso aislado. Anthropic, Google y Meta revelaron después incidentes similares en los que sus agentes se desviaron de lo previsto. El patrón es claro: los sistemas autónomos están tomando acciones no autorizadas y las empresas que los construyen dependen sobre todo de la suerte y la retrospectiva para mitigar los daños.
Los agentes presentan problemas que la IA generativa tradicional no plantea. Heredan la impredecibilidad de los modelos de lenguaje sobre los que se construyen, pero añaden una capa nueva de complejidad. Mientras un chatbot genera una única respuesta para que un humano actúe, un agente planifica, elige herramientas, genera subagentes y ejecuta tareas prolongadas. Su trayectoria puede tomar formas muy diversas, y ninguna prueba previa al lanzamiento puede anticipar todos los riesgos.
Esta impredecibilidad hace que observar a los agentes mientras trabajan sea más difícil y, al mismo tiempo, más importante. La paradoja central es incómoda: los reguladores europeos y las agencias estadounidenses piden supervisión en tiempo real, pero asumen que las empresas pueden ver lo que sus agentes hacen y por qué. La realidad es que no tienen esa visibilidad.
La brecha de observabilidad: qué no podemos ver
La supervisión depende de la observabilidad: la capacidad de capturar lo que hizo el sistema, procesarlo en señales y presentarlo a humanos o sistemas automatizados de control. En otras palabras, necesitamos saber qué hizo el agente y por qué lo hizo. Sin esa base, cualquier promesa de seguridad es una ilusión.
La investigación de Partnership on AI, realizada con colegas del mundo académico, la sociedad civil y la industria, estudió los cuatro frameworks de agentes más utilizados. El objetivo era ver qué señales emiten realmente. Los resultados revelaron lagunas críticas: faltan identificadores de agente que persistan en el tiempo y registros sobre qué humanos aprobaron las tareas del agente. Sin estos datos, es difícil saber qué agente hizo qué o evaluar si actuó sin autorización.
Las consecuencias son concretas. Imaginemos agentes procesando hipotecas en un banco. El sistema examina una solicitud y recomienda denegarla; un oficial humano firma la decisión. En una auditoría posterior, el banco o el regulador necesita reconstruir qué agente tomó la decisión, qué oficial la aprobó y cuánto tiempo tardaron. También debe analizar cómo llegó el agente a su conclusión para asegurarse de que no usó información prohibida, como detalles sobre el barrio del solicitante. Sin registros fiables, esa reconstrucción es imposible.
Dos tipos de registros para recuperar el control
Para cerrar estas brechas necesitamos capturar dos tipos de registros. Los primeros revelan qué pasó durante la ejecución del agente: identifican al agente preservando la privacidad, registran cómo intervinieron los humanos y si los permisos o la memoria del agente cambiaron. Los segundos muestran cómo decidió: su razonamiento y su nivel de confianza en las acciones tomadas.
Los registros de «qué pasó» son, en gran medida, un problema de infraestructura de software abordable mediante OpenTelemetry, un estándar abierto de observabilidad mantenido por ingenieros de toda la industria. Su grupo de trabajo ya está redactando formatos compartidos para el rastreo de agentes, aunque todavía no se han finalizado. La urgencia es clara: estos estándares deben incorporar identidad persistente de agente y registros de intervenciones humanas antes de que los sistemas escalen.
Los registros de «cómo decidió» plantean preguntas de investigación abiertas. ¿El razonamiento paso a paso que muestra un modelo, conocido como cadena de pensamiento, refleja cómo tomó realmente la decisión? ¿Tenemos formas fiables de medir la confianza del agente en esa decisión? Estas preguntas necesitan respuesta antes de que nadie establezca estándares sobre cómo usar esos registros.
Quién debe actuar y por qué ahora
Ninguna organización o sector puede cerrar estas brechas por sí solo. Los desarrolladores de frameworks como OpenAI, Anthropic, CrewAI y LangChain deben integrar señales de telemetría que registren la identidad persistente del agente, las intervenciones humanas y los cambios en permisos y memoria. Las empresas que adoptan estos frameworks, especialmente en sectores regulados como la banca o la sanidad, tienen un papel influyente: pueden presionar a los desarrolladores para que suministren estos registros donde aún no existen estándares.
Las empresas también deben definir políticas, permisos y roles que establezcan qué pueden hacer los agentes de forma segura. La telemetría por sí sola no puede evaluar si un agente violó reglas específicas. Los reguladores y los institutos de estándares deben especificar los registros de observabilidad necesarios para despliegues de alto riesgo, dejando los detalles técnicos a la industria. Ya hay avances iniciales: la iniciativa de estándares de agentes de NIST en Estados Unidos trabaja en la identidad de agentes, una de las lagunas más destacadas de la investigación.
Ningún banco dejaría a mil empleados sin identificación operar sobre cuentas de clientes y esperaría reconstruir lo ocurrido cuando algo salga mal. Sin embargo, eso es exactamente lo que estamos haciendo con los agentes de IA. Hacer observable su comportamiento es el primer paso para corregirlo. Construir el ecosistema regulatorio y político que permita actuar sobre lo que vemos es el siguiente. Hasta entonces, cada tarea que entregamos a un agente entrega también nuestra capacidad de decidir.
