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Una silla de ruedas que obedece a la voz y esquiva obstáculos sola: la IA ya puede conducirla, pero falta resolver un dilema que no es técnico

by David Pérez
31 de marzo de 2026
in Tecnología
Autonomous electric wheelchair navigating a lab, showcasing AI technology and user trust.

An advanced electric wheelchair navigates autonomously through a research lab, demonstrating cutting-edge AI technology and user trust without joystick control.

«Llévame a la máquina de café.» Con ese simple comando de voz, una silla de ruedas eléctrica desarrollada por investigadores del Centro Alemán de Inteligencia Artificial (DFKI) en Bremen traza una ruta, esquiva obstáculos y conduce sola hasta el destino.

La tecnología existe. Los prototipos funcionan. Pero detrás de esta promesa se abre un debate sin respuesta fácil: ¿debe la IA tomar el control de la silla, o limitarse a asistir a quien la ocupa?

De un joystick a un comando de voz: así funcionan los prototipos del DFKI

El proyecto se llama REXASI-PRO (Reliable and Explainable Swarm Intelligence for People With Reduced Mobility). El equipo de Christian Mandel y Serge Autexier, del DFKI, desarrolló dos sillas de ruedas eléctricas idénticas, equipadas cada una con dos lídares, una cámara 3D, odómetros, interfaces de usuario y un ordenador embebido. La arquitectura técnica es deliberadamente robusta —no fruto de la improvisación, sino de decisiones de diseño muy concretas.

El sistema funciona en dos modos. En el semiautónomo, el usuario maneja la silla con un joystick mientras el sistema comparte el control para corregir trayectorias o evitar colisiones. En el totalmente autónomo, basta una orden en lenguaje natural —«llévame a la máquina de café»— para que la silla ejecute el recorrido por sí sola mediante el sistema de navegación de código abierto ROS2 Nav2.

El proceso arranca cuando el usuario pulsa una tecla en la interfaz, pronuncia el comando y lo confirma o rechaza en esa misma pantalla. A partir de ahí, la silla traza la ruta usando mapas SLAM y controladores de movimiento local que detectan y esquivan obstáculos en tiempo real. Los investigadores presentaron estos resultados en la conferencia CSUN de tecnología asistiva celebrada en Anaheim, California.

El coste, la fiabilidad y el factor humano: barreras que la IA aún no resuelve

Que la tecnología funcione en un laboratorio no significa que llegue a quien la necesita. Pooja Viswanathan, fundadora y directora ejecutiva de Braze Mobility —empresa con sede en Toronto especializada en movilidad asistida— señala que el campo todavía no ha superado obstáculos como el coste, la fiabilidad y el factor humano.

«Los sistemas de financiación no suelen estar diseñados para cubrir complementos inteligentes avanzados a menos que haya evidencia muy clara de valor y seguridad», explica Viswanathan. En la práctica, eso deja fuera a muchos usuarios con mayor necesidad.

Braze ha optado por una estrategia distinta: sensores de punto ciego que se añaden a cualquier silla de ruedas eléctrica existente y emiten alertas multimodales al detectar obstáculos en zonas difíciles de ver. El enfoque no busca conducir por el usuario. Busca informarle para que decida. Asistir, no sustituir.

La investigadora Louise Devinge, del Instituto de Investigación en Informática y Sistemas Aleatorios (IRISA) en Rennes, Francia, añade una advertencia técnica: cuanta más autonomía, más sensores, y eso implica una gestión más compleja de la comunicación y la sincronización interna del sistema. «Cuanto más añades», advierte, «más difícil resulta garantizar un rendimiento robusto en la variedad de entornos reales que enfrentan los usuarios».

Colaborar, no sustituir: el dilema central de las sillas inteligentes

Aquí reside el debate de fondo. El reto más urgente del campo no es técnico: no se trata de reemplazar al usuario con inteligencia artificial, sino de diseñar mejores alianzas entre la persona y la tecnología. Una distinción que parece obvia pero que los prototipos actuales todavía no resuelven del todo.

Mandel llegó a esa conclusión de forma inesperada. Cuando era joven investigador, trabajó en un sistema controlable con un joystick de cabeza. Tras muchas pruebas, observó algo que reorientó su perspectiva por completo: personas con discapacidades severas navegaban pasillos estrechos con una destreza que el sistema robótico no podía igualar. «Me di cuenta de que nunca hay que subestimar lo que los usuarios de silla de ruedas pueden hacer sin la tecnología», recuerda.

Esa lección sigue siendo pertinente. Viswanathan insiste en que cualquier tecnología de movilidad donde la seguridad es crítica debe apoyarse en una IA explicable y confiable: el usuario tiene que entender qué hace el sistema y por qué, y tiene que poder confiar en él. Sin esa confianza, la autonomía técnica no sirve de nada.

Horizonte a diez años: ¿cuándo llegarán al mercado?

Mandel estima que las sillas de ruedas inteligentes podrían estar listas para el mercado convencional en aproximadamente una década. Es una previsión cauta, aunque no pesimista: refleja la distancia real que aún existe entre los prototipos de investigación y los productos accesibles para usuarios cotidianos.

Viswanathan valora el proyecto REXASI-PRO como un trabajo necesario, aunque reconoce que hoy está fuera del alcance de las tecnologías comerciales disponibles. «Refleja el extremo más ambicioso del espectro de las sillas inteligentes», afirma. «Desde el punto de vista investigador, es exactamente el tipo de trabajo que empuja al campo hacia adelante».

Queda, sin embargo, una pregunta que ningún avance técnico responde por sí solo. Jason Hahr, periodista de 39 años, usuario de silla de ruedas y fellow de la IEEE Spectrum, la formula con claridad: la tecnología asistiva debe estar diseñada para mejorar la vida de las personas con discapacidad, no para «arreglarlas». La distinción parece sutil, pero orienta todo lo demás —quién define el problema, quién controla la solución y, en última instancia, a quién sirve realmente la máquina.

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