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Detectores de rayos gamma dentro de tormentas revelan que los relámpagos podrían nacer de procesos vinculados a supernovas y agujeros negros

by David Pérez
10 de mayo de 2026
in Ciencia
Vista aérea de una tormenta tropical mostrando relámpagos y destellos gamma en el cielo.

Imagen capturada desde un avión de investigación sobre una tormenta tropical en el Golfo de México, revelando fenómenos eléctricos y gamma.

Durante décadas, los físicos han tropezado con una paradoja incómoda: las nubes de tormenta solo generan una décima parte del campo eléctrico necesario para producir una chispa, y aun así más de 2.000 tormentas descargan rayos en todo el planeta en cualquier momento dado.

En julio de 2023, la NASA intentó encontrar respuestas de una forma poco convencional: equipó un avión de gran altitud con detectores de rayos gamma y lo hizo volar directamente sobre el núcleo de algunas de las tormentas más violentas del planeta, en el golfo de México, el Caribe y Centroamérica. Lo que encontraron dentro de esas nubes está reescribiendo lo que se creía saber sobre cómo nace un rayo.

El enigma que Franklin no resolvió: campos eléctricos demasiado débiles

Benjamin Franklin vinculó las chispas del laboratorio con los rayos del cielo en 1752, y durante los dos siglos siguientes los físicos asumieron que ambos fenómenos respondían al mismo principio: electricidad a gran escala. La explicación parecía coherente. Cuando el campo eléctrico entre dos objetos cargados supera los tres millones de voltios por metro, el aire se descompone y los electrones se liberan en cascada, calentando el gas hasta hacerlo brillar.

El problema llegó cuando los investigadores sustituyeron las cometas por cohetes y globos del tamaño de un camión. Las mediciones dentro de las nubes revelaron que los campos eléctricos típicos apenas alcanzan una décima parte del umbral necesario para generar una chispa. Los más intensos registrados llegan, como mucho, a un tercio de ese valor crítico.

Una posible solución fueron los hidrometeoros: cristales de hielo alargados que, al actuar como conductores puntiagudos, podrían amplificar localmente el campo. Los físicos estimaron que varios fragmentos actuando en conjunto podrían multiplicar la intensidad por un factor de diez o más. Pero simulaciones detalladas demostraron que los cristales no se afilan lo suficiente en condiciones reales, y el misterio central seguía en pie: si el campo eléctrico no basta, ¿qué otro proceso rompe las moléculas de aire para iniciar un rayo?

Avalanchas relativistas: cuando los electrones se desbocan dentro de una nube

Joseph Dwyer llegó al problema desde la astrofísica, habiendo estudiado erupciones solares con satélites de la NASA. Cuando se instaló en Florida, las tormentas tropicales le ofrecieron un misterio mucho más cercano. Aplicando su conocimiento del mundo subatómico, propuso un mecanismo que nadie había considerado seriamente para las nubes de tormenta.

La idea parte de un electrón que viaja a velocidades relativistas, cercanas a las de la luz. A esas velocidades, el electrón apenas siente la resistencia de los átomos del aire —como una bala atravesando un torbellino de copos de nieve— y puede acelerar sin freno dentro del campo eléctrico de la nube. Este electrón desbocado puede desencadenar una cascada de hasta cien mil electrones más.

Lo que hace el mecanismo especialmente potente es su capacidad de retroalimentación. Cuando un electrón de la avalancha choca con un átomo, emite un rayo gamma; ese rayo gamma se transforma en un par electrón-positrón, el positrón retrocede hacia el origen y genera una nueva avalancha, que produce más rayos gamma, más positrones y más avalanchas. «Es como acercar un micrófono a un altavoz», explicó Dwyer. «El sonido se dispara muy rápido.» Las simulaciones predijeron que estas avalanchas producirían un patrón de parpadeo en los rayos gamma, una firma detectable y específica.

ALOFT: un avión de la NASA vuela sobre las tormentas más feroces del planeta

En julio de 2023, un avión de gran altitud equipado con detectores de rayos gamma sobrevoló tormentas tropicales en el Golfo de México, el Caribe y Centroamérica en el marco de la misión ALOFT. Los físicos a bordo alcanzaron altitudes que, en palabras de Caitano da Silva, del New Mexico Tech, «la mayoría de la gente preferiría evitar a toda costa».

Los datos obtenidos constituyeron el mayor caudal de información nueva en una generación. ALOFT confirmó los destellos y brillos tenues alrededor de los rayos que los satélites ya habían detectado, pero también reveló fenómenos inesperados: nubes que emiten destellos gamma sin que haya ningún rayo visible, y señales que parpadean con un patrón muy preciso.

Ese patrón era exactamente el que Dwyer había calculado. Ambos equipos presentaron sus resultados en diciembre de 2023 en la reunión anual de la Unión Geofísica Americana, y los datos encajaron. Era la evidencia más sólida hasta la fecha de que las avalanchas relativistas ocurren realmente dentro de las tormentas. Poco después, Victor Pasko, de Penn State, extendió el modelo a escenarios con campos eléctricos más intensos y obtuvo resultados igualmente consistentes, consolidando la idea de que los electrones energéticos desempeñan un papel central en la iniciación de los rayos.

Una pista extragaláctica: rayos cósmicos como detonadores de relámpagos

Incluso mientras la teoría de Dwyer ganaba respaldo, observaciones publicadas en 2025 introdujeron una nueva variable. En el desierto de Nuevo México, Xuan-Min Shao, investigador del Laboratorio Nacional de Los Álamos, analizó las ondas de radio emitidas durante el inicio de doce rayos distintos y reconstruyó la dirección en que se movía la corriente eléctrica.

El resultado fue desconcertante: en varios casos, la dirección inicial del rayo no coincidía con la del campo eléctrico local. Si el proceso fuera puramente eléctrico, ambas direcciones deberían estar alineadas desde el primer instante. Esa desviación sugiere que algo externo está inyectando partículas en la nube desde un ángulo diferente.

Ese algo podrían ser las lluvias de rayos cósmicos: partículas subatómicas lanzadas por supernovas o agujeros negros que viajan miles de millones de años luz antes de chocar con la atmósfera terrestre. El impacto genera un chorro de electrones y positrones capaz de desencadenar una avalancha incluso con campos eléctricos débiles. La idea divide a la comunidad: David Smith, de la Universidad de California en Santa Cruz, considera los datos «extremadamente convincentes», mientras que otros investigadores advierten que la técnica de reconstrucción de Shao aún no está plenamente validada y que la física de las lluvias cósmicas está llena de incógnitas.

Un rompecabezas que se resiste a cerrarse

Lo más probable es que no exista un único mecanismo responsable de todos los rayos. Los cristales de hielo, las avalanchas relativistas y los rayos cósmicos podrían actuar en distintas proporciones según las condiciones de cada tormenta, o incluso combinarse para empujar el campo eléctrico más allá del punto de no retorno.

Los datos siguen deparando sorpresas. Un radiotelescopio en los Países Bajos está produciendo algunas de las imágenes más nítidas jamás obtenidas del nacimiento de un rayo, y muestran estructuras inesperadas: segmentos que avanzan rápido, otros que progresan lentamente y agujas que brotan lateralmente durante el avance del canal. Ninguna de las teorías actuales explica completamente estas estructuras.

El campo está en un momento de intensa actividad. Los próximos años traerán mediciones más precisas de rayos gamma y ondas de radio, nuevas campañas aéreas y quizás radiotelescopios con mayor resolución apuntando a tormentas en tiempo real. Si las observaciones de Shao se repiten con más casos, los teóricos tendrán que incorporar los rayos cósmicos como ingrediente habitual del proceso. Y si las imágenes holandesas revelan más estructuras inexplicadas, el modelo tendrá que ampliarse de nuevo. Como resume Dwyer: cada vez que los físicos miran más de cerca, el fenómeno se vuelve más extraño, no más simple.

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