Entras en el sótano de un edificio antiguo y, sin razón aparente, te invade una inquietud difusa: irritabilidad, tristeza, la sensación de que algo no va bien. No ves ni oyes nada fuera de lo normal. Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Behavioral Neuroscience sugiere que esa sensación podría tener una causa física muy concreta.
Los investigadores han descubierto que el infrasonido —ondas sonoras por debajo de los 20 Hz, invisibles para el oído humano— eleva el cortisol y altera el estado de ánimo de forma medible, incluso cuando los participantes no sabían que estaban expuestos a él.
Un sonido que no se oye pero que el cuerpo registra
El infrasonido oscila por debajo de los 20 Hz, el umbral mínimo de la audición humana. Lo generan el tráfico denso, la maquinaria industrial y los sistemas de ventilación deteriorados, de manera constante y sin que nadie lo perciba. Según este estudio, sin embargo, el cuerpo sí lo registra.
Para comprobarlo, los investigadores reclutaron a 36 participantes y los invitaron a escuchar música —relajante o inquietante— en una sala. A la mitad les emitían infrasonido a 18 Hz mediante subwoofers ocultos; la otra mitad recibía únicamente la música. Antes y después de la sesión, todos proporcionaron muestras de saliva para medir el cortisol. El resultado más significativo: ningún participante detectó la presencia del infrasonido por encima del nivel del azar (p = 0,241). El sonido era, en todos los sentidos prácticos, invisible para la conciencia.
Cortisol elevado, irritabilidad y tristeza: los efectos medidos
Aunque los participantes no percibían el infrasonido, su cuerpo reaccionaba con claridad. Quienes estuvieron expuestos mostraron un aumento significativo del cortisol salival (p = 0,022) y reportaron mayor irritabilidad (p = 0,049) respecto al grupo de control.
El efecto sobre la percepción emocional de la música también fue notable. Las piezas fueron calificadas como más tristes por quienes recibieron infrasonido, independientemente de si la música era relajante o perturbadora. La frecuencia invisible teñía la experiencia de un matiz negativo que los participantes no podían atribuir a ninguna causa concreta. Y lo más revelador: no se detectaron efectos de expectativa; la respuesta fisiológica y emocional fue independiente de lo que cada persona creía o anticipaba.
Kale Scatterty, primer autor del estudio y doctorando en la Universidad de Alberta, matizó la relación entre cortisol e irritabilidad: aunque ambas variables están naturalmente vinculadas —cuando alguien se siente más irritado, el cortisol tiende a subir como parte de la respuesta normal al estrés—, la exposición al infrasonido produjo efectos sobre ambos resultados que iban más allá de esa relación habitual.
Tuberías que vibran en vez de espíritus: la conexión con lo «paranormal»
El profesor Rodney Schmaltz, de la Universidad MacEwan y autor principal del estudio, señala que los sótanos y los edificios antiguos son fuentes habituales de infrasonido. Las tuberías envejecidas y los sistemas de ventilación en mal estado generan vibraciones de baja frecuencia que se propagan por las estructuras sin que nadie las identifique como ruido.
Quien entra en ese espacio experimenta agitación, ansiedad o una sensación difusa de malestar y, al no encontrar una causa visible, puede atribuirlo a algo sobrenatural. Schmaltz, que también investiga la pseudociencia y la desinformación, lo resume con precisión: muchos lugares considerados «paranormales» presentan niveles elevados de infrasonido, y esa sensación de ser observado o de que algo no va bien tiene, en realidad, una explicación biológica documentada.
Una respuesta evolutiva con riesgos modernos
El aumento de cortisol ante el infrasonido no es un fallo del sistema. El profesor Trevor Hamilton, de la Universidad MacEwan y autor correspondiente del estudio, explica que se trata de una adaptación evolutiva: el organismo entra en un estado de vigilancia ante amenazas que no puede ver ni oír con claridad, como tormentas lejanas o grandes depredadores aproximándose. En ese contexto ancestral, la respuesta tenía pleno sentido.
El problema surge cuando esa respuesta se activa de forma crónica. Hamilton advierte de que la liberación prolongada de cortisol puede derivar en problemas cardiovasculares, trastornos de ansiedad y alteraciones del sueño. Vivir o trabajar cerca de fuentes constantes de infrasonido —una autopista, una fábrica, un edificio con ventilación deficiente— podría constituir un factor silencioso de estrés crónico, sin que el afectado sea capaz de identificar la causa.
Un primer paso: lo que falta por investigar
Los propios autores son cautelosos con el alcance de sus conclusiones. La muestra de 36 personas es comparativamente pequeña; los investigadores realizaron análisis de sensibilidad para confirmar que el estudio podía detectar efectos de magnitud moderada a grande, pero harán falta estudios con poblaciones más amplias y diversas para consolidar los hallazgos.
El experimento, además, solo probó una frecuencia concreta: 18 Hz. En entornos reales, el infrasonido rara vez se presenta como un tono limpio; suele ser una mezcla de frecuencias cuyas interacciones aún se desconocen. Los datos de estado de ánimo se recogieron únicamente después de la exposición, no durante, lo que deja sin respuesta cómo evoluciona la respuesta en tiempo real.
Si investigaciones futuras confirman estos patrones con mayor solidez, las implicaciones podrían ser considerables. Schmaltz apunta que los resultados podrían influir en las normativas de ruido y en los estándares de diseño de edificios: una consecuencia práctica y tangible para millones de personas expuestas cada día a un ruido que, por definición, nunca escucharán.
