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Cada grado de calor extra alarga tres semanas el deshielo de los glaciares de Alaska, según un estudio satelital sin precedentes

by David Pérez
24 de junio de 2026
in Ciencia
Glaciar de Alaska en retroceso con canales de agua de deshielo azul, morrenas rocosas expuestas y lago glaciar turquesa

Un glaciar de Alaska muestra señales visibles de retroceso acelerado: superficies de hielo fracturadas, morrenas expuestas y un lago glaciar en formación, reflejo del calentamiento global.

Más de 3.000 glaciares de Alaska llevan años siendo vigilados desde el espacio, con satélites de radar capaces de ver a través de las nubes y en plena oscuridad polar. Los datos acumulados revelan algo que los glaciólogos no habían podido cuantificar con esta precisión: la respuesta de estos glaciares al calor es mucho más directa —y más pronunciada— de lo que se suponía.

Un nuevo estudio publicado en Nature establece una relación clara entre el aumento de las temperaturas estivales y la duración del deshielo. La sensibilidad que muestran estos glaciares al calentamiento supera con creces las estimaciones previas.

Un satélite radar vigila más de 3.000 glaciares

El equipo investigador utilizó los satélites Sentinel-1 de la Agencia Espacial Europea para monitorizar los glaciares de Alaska entre mediados de 2016 y 2024. Estos instrumentos emplean radar de apertura sintética (SAR), una tecnología que transmite pulsos de microondas hacia la superficie terrestre y combina las señales de retorno en imágenes detalladas. Al no depender de la luz solar, el SAR recoge datos con total nubosidad y en plena oscuridad polar.

Sentinel-1 sobrevuela la misma ubicación cada doce días. Eso ha permitido cubrir más de 3.000 glaciares de Alaska con una superficie superior a medio kilómetro cuadrado, con una cobertura prácticamente total.

La ventaja frente a los métodos ópticos tradicionales resulta evidente. Estos últimos suelen medir las líneas de nieve solo al final de la temporada de deshielo —una instantánea puntual, no una imagen continua de lo que ocurre durante todo el verano—. El radar, en cambio, registra la evolución semana a semana, sin interrupciones.

La regla de las tres semanas por cada grado

El hallazgo central del estudio es directo: cada grado Celsius de aumento en la temperatura media estival prolonga el deshielo glaciar aproximadamente veintiún días. Para medirlo, los investigadores definieron el concepto de «día de deshielo» como unidad acumulada sobre la superficie del glaciar. Puede ser un período completo de veinticuatro horas en que toda la masa glaciar se derrite, o la suma de varios días parciales hasta cubrir el área total.

Las líneas de nieve son la clave interpretativa. Marcan la frontera entre la zona de acumulación —donde la nieve se deposita y añade masa— y la zona de ablación, donde el deshielo elimina hielo y nieve. Cuando esa línea asciende, el glaciar pierde más de lo que gana.

«Estas correlaciones con la temperatura empiezan a darnos una idea de cuánto deshielo o retroceso de la línea de nieve podemos anticipar bajo climas futuros más cálidos en toda la región», afirmó Albin Wells, investigador principal del estudio y doctor reciente por la Universidad Carnegie Mellon.

La ola de calor de 2019: un experimento natural extremo

Entre el 23 de junio y el 10 de julio de 2019, Alaska sufrió una ola de calor extrema. Las temperaturas superaron la media en entre 10 y 17 grados Celsius en numerosas ubicaciones, y se batieron varios récords históricos. El aeropuerto internacional Ted Stevens de Anchorage registró 32 grados Fahrenheit por encima de su máximo habitual de verano. El evento afectó a todas las regiones glaciadas del estado salvo la cordillera de Brooks.

Las consecuencias sobre los glaciares fueron inmediatas y notorias. Las líneas de nieve ascendieron casi 107 metros en elevación en cuestión de días —cotas que en un año normal no se alcanzarían hasta aproximadamente dos meses después—. El hielo desnudo y el firn, nieve granular parcialmente compactada, quedaron expuestos durante periodos mucho más prolongados, lo que aceleró la pérdida total de masa.

Las olas de calor eliminan hasta un 28 % más de nieve protectora

Más allá de la ola de 2019, el estudio identifica un patrón general: los episodios de calor intenso reducen de forma significativa la cubierta de nieve que actúa como escudo del hielo subyacente. A escala de cordillera, esa pérdida adicional puede alcanzar el 28 % respecto a años normales, aunque los investigadores advierten que este porcentaje no afecta por igual a todos los glaciares dentro de una misma región.

La exposición prematura del hielo y el firn prolonga el período de ablación más allá de lo habitual, con efectos acumulativos sobre el balance de masa. El estudio también detectó diferencias sistemáticas entre glaciares costeros y continentales: los primeros registran más deshielo en verano pero también mayor acumulación en invierno, mientras que los continentales responden de forma distinta a las mismas condiciones ambientales. Ambos grupos muestran pérdidas de hielo en términos generales.

Por qué el radar supera a los instrumentos ópticos

Los métodos ópticos tradicionales presentan limitaciones bien conocidas: son vulnerables a la nubosidad, a las sombras y a las variaciones en el aspecto del firn, que puede aparecer limpio o sucio según las condiciones.

«En los datos ópticos, la línea de nieve puede ser muy difícil de observar», explicó Mark Fahnestock, del Instituto Geofísico de la Universidad de Alaska Fairbanks. «Si llegas un día tarde a tomar tu imagen, puede haber nevado sobre todo el glaciar y ya no ves dónde está el hielo desnudo ni dónde empieza la nieve.»

El SAR evita esas limitaciones y ofrece mediciones regulares a lo largo de toda la temporada, no solo al final. Fahnestock destacó que el sistema desarrollado por el equipo puede aplicarse a glaciares de cualquier región del mundo, lo que abre la puerta a una vigilancia global continua.

El siguiente paso lógico es precisamente ese: extender esta metodología más allá de Alaska. Con los satélites Sentinel-1 operativos y la técnica ya validada, los investigadores disponen de las herramientas para rastrear cómo responden los glaciares del planeta a cada fracción adicional de calentamiento. En un contexto donde los escenarios climáticos apuntan a veranos progresivamente más cálidos, contar con esa información en tiempo casi real puede marcar la diferencia entre anticiparse a los cambios o simplemente registrarlos cuando ya es demasiado tarde.

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