Bajo cada paso que damos existe una red de hongos tan extensa que supera en casi mil millones de veces la distancia de la Tierra al Sol. En una sola cucharadita de suelo puede haber hasta diez metros de filamentos fúngicos entrelazados.
Hasta ahora, nadie había intentado cartografiar ni cuantificar esta infraestructura a escala planetaria. Un nuevo estudio publicado en Science lo ha hecho por primera vez, y lo que revela plantea preguntas que van mucho más allá de la biología del suelo.
Un mapa sin precedentes bajo nuestros pies
El estudio es el primero en cartografiar a escala global la densidad y distribución de las redes de hongos micorrícicos arbusculares (AM). Para construirlo, los investigadores combinaron más de 16.000 muestras de suelo recogidas en todo el mundo con modelos de aprendizaje automático que integraron datos ambientales de múltiples ecosistemas.
El resultado: una estimación de unos 110 cuatrillones de kilómetros de hifas, los filamentos que forman estas redes. Esa cifra equivale a casi mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol.
Los datos son de acceso público y se acompañan de una visualización interactiva llamada Mycorrhizal Infrastructure Map. Está diseñada para que investigadores y responsables de políticas puedan explorar la distribución de estas redes y detectar dónde están en riesgo.
Cómo se construyó el mapa: robots, imágenes y machine learning
Para ir más allá de los datos de campo, el equipo colaboró con el grupo de Física del Comportamiento del instituto AMOLF, donde se analizaron más de 300.000 hifas vivas cultivadas en laboratorio mediante imágenes robóticas.
Los modelos de aprendizaje automático combinaron esos datos con información ambiental procedente de desiertos, tundras, bosques y otros ecosistemas, lo que permitió estimar la densidad fúngica en regiones sin muestras directas disponibles. El análisis calculó tanto la longitud total de la red como su masa: unas 300 megatoneladas de carbono, entre cuatro y seis veces la masa de todos los seres humanos vivos. Las estimaciones abarcan cada kilómetro cuadrado de tierra emergida, excluyendo los casquetes polares y las zonas con datos insuficientes.
El sistema circulatorio del planeta: carbono, nutrientes y agua
Los hongos AM forman alianzas con aproximadamente el 70% de las especies vegetales del mundo. Las plantas les ofrecen carbono producido mediante la fotosíntesis; los hongos, a cambio, suministran nutrientes y agua. En suelos sanos, estas redes pueden multiplicar hasta 100 veces el área de absorción de las raíces y cubrir más del 80% de las necesidades de fósforo de las plantas.
La escala del flujo es difícil de imaginar. El carbono circula por las hifas a velocidades de hasta 120 µm por segundo —en escala humana, unos 400 km/h—. A nivel planetario, estas redes mueven unos 4.000 millones de toneladas de CO₂ equivalente al suelo cada año, el 11% de todas las emisiones humanas anuales.
Las praderas, las grandes olvidadas de la conservación
No todos los ecosistemas albergan estas redes con la misma densidad. Las praderas concentran aproximadamente el 40% de toda la biomasa fúngica AM del planeta, con las densidades más altas predichas en las llanuras inundadas de Sudán del Sur, los Everglades de Florida y la meseta del Tíbet.
Las tierras de cultivo, en cambio, presentan densidades de red un 50% inferiores a las de los ecosistemas silvestres. Esa reducción compromete la capacidad del suelo para almacenar carbono, ciclar nutrientes y resistir el estrés ambiental. El problema se agrava porque las praderas se convierten en tierras agrícolas cuatro veces más rápido que los bosques, pese a ser de los ecosistemas menos protegidos del mundo. Según investigaciones previas del mismo equipo, el 95% de los puntos calientes de biodiversidad fúngica AM se encuentran fuera de áreas protegidas.
Lo que aún no sabemos y lo que viene después
El propio estudio reconoce sus límites. Grandes regiones del planeta siguen sin muestrear, algo que los autores señalan como hoja de ruta clara para futuras investigaciones. El mapa es un primer paso, no un retrato definitivo.
El biólogo Merlin Sheldrake, coautor del trabajo, señala que los hongos micorrícicos llevan cientos de millones de años moldeando la vida en la Tierra, pero que aún se sabe poco sobre cómo se distribuye su infraestructura a escala planetaria. Para él, este estudio sugiere formas concretas de trabajar con los hongos para abordar retos globales como la seguridad alimentaria y el cambio climático.
La investigadora Toby Kiers, galardonada recientemente con el Premio Tyler, va más lejos: reclama que los hongos sean incluidos de forma explícita en los planes de conservación y clima. Los datos públicos del nuevo mapa ofrecen a gobiernos y gestores ambientales herramientas concretas para monitorizar la salud del suelo y tomar decisiones informadas. La infraestructura ya está cartografiada. Lo que queda por decidir es si vamos a protegerla.
