Son Heung-min cruzó la zona mixta tras la victoria ante República Checa sin pronunciar una sola palabra. Ninguna respuesta, ningún gesto, ningún contacto visual con los periodistas que le aguardaban. Un silencio total, llamativo en cualquier jugador, pero especialmente extraño viniendo del capitán de Corea del Sur.
Algo había roto la relación entre el equipo y los medios de su propio país.
El silencio de Son en la zona mixta
Lo ocurrido tras el partido contra República Checa no fue un descuido ni un mal día. Fue una decisión colectiva. Son atravesó la zona mixta sin detenerse, sin dirigir la mirada a ningún periodista, sin pronunciar una sola palabra. La federación coreana anuló las entrevistas individuales que ya estaban pactadas, y el equipo redujo su relación con la prensa al mínimo que exige la FIFA: solo las ruedas de prensa obligatorias, nada más.
El contraste resulta significativo. Son es habitualmente uno de los capitanes más accesibles del fútbol internacional, y su disposición ante los medios forma parte de su imagen pública. Por eso su silencio no pasó desapercibido. No era indiferencia. Era una respuesta deliberada.
El audio que lo desató todo
El origen del conflicto se encuentra en una sesión de entrenamiento. Dos periodistas coreanos acreditados fueron captados en un audio burlándose de la forma de correr de Son Heung-min y cuestionando la exención del servicio militar obligatorio que el jugador recibió hace años. El audio se filtró y se difundió con rapidez. Llegó al equipo antes de que nadie pudiera contenerlo.
El efecto fue inmediato. Lo relevante del episodio es que los protagonistas de la polémica no son rivales, ni árbitros, ni directivos extranjeros, sino los propios periodistas nacionales, los mismos que viajaron para cubrir el torneo con acceso privilegiado a los entrenamientos. Eso convierte el incidente en algo cualitativamente distinto a una crisis deportiva convencional.
La exención militar que sigue generando debate
Para entender por qué ese comentario tuvo tanto impacto, conviene conocer el contexto. En Corea del Sur, el servicio militar es obligatorio para los hombres, con una duración habitual de entre 18 y 21 meses. Existen, no obstante, exenciones para deportistas que alcanzan ciertos méritos en competiciones internacionales.
Son se acogió a una de esas exenciones tras ganar la medalla de oro con la selección en los Juegos Asiáticos de 2018, celebrados en Indonesia. En lugar de cumplir el servicio completo, realizó un entrenamiento básico de tres semanas en 2020. La exención es legal, contemplada expresamente en la normativa coreana. Pero eso no la convierte en un asunto políticamente neutro.
El debate reaparece de forma periódica. Cada vez que Son protagoniza alguna controversia pública, la cuestión del servicio militar vuelve a la superficie. Los periodistas captados en el audio lo sabían, y eligieron ese argumento con plena conciencia de su carga.
Una tensión que va más allá del deporte
Lo que este episodio pone de manifiesto no es solo un enfrentamiento entre un jugador y dos periodistas. Refleja algo más profundo: la presión social y mediática que recae sobre los deportistas de élite en Corea del Sur. Son no es únicamente un futbolista. Es un símbolo nacional, y eso implica un nivel de escrutinio que pocos deportistas en el mundo conocen.
La reacción del equipo —no solo de Son, sino de toda la selección— indica hasta qué punto el incidente afectó al ambiente de la concentración. No fue una respuesta individual, sino una postura colectiva. Eso dice algo sobre cómo el grupo interpretó lo ocurrido: no como una crítica legítima, sino como una traición.
El episodio también plantea preguntas incómodas sobre los límites del periodismo deportivo. ¿Qué ocurre cuando los periodistas acreditados para cubrir un equipo utilizan ese acceso para ridiculizar a sus protagonistas en privado? ¿Dónde termina el análisis crítico y dónde empieza el menosprecio?
El Mundial 2026 se está convirtiendo, para Corea del Sur, en algo más que una competición futbolística. Es el escenario de un conflicto que mezcla identidad nacional, obligaciones cívicas y los límites de la cobertura mediática. Los resultados deportivos importan, sin duda. Pero lo que ha quedado expuesto en este incidente —la fragilidad de la confianza entre un equipo y sus propios medios— es un problema que no desaparecerá cuando termine el torneo.
