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Un cementerio de ballenas de 1.200 kilómetros en el fondo del océano Índico lleva millones de años acumulando restos sin que nadie lo supiera

by David Pérez
21 de junio de 2026
in Ciencia
Esqueleto de ballena en el fondo del océano Índico a más de 4.000 metros de profundidad, iluminado por luz submarina

Un antiguo esqueleto de ballena descansa sobre el lecho del océano Índico, en un cementerio submarino de 1.200 km oculto durante millones de años.

A más de 4.000 metros de profundidad en el océano Índico, un submarino no tripulado se topó con algo que no estaba buscando: un fósil solitario en el fondo marino. El equipo decidió seguir explorando.

Lo que encontraron no era un hallazgo aislado. En una única zona de muestreo de apenas 0,64 kilómetros cuadrados, los investigadores identificaron 476 fósiles y cinco carcasas recientes de ballenas. El yacimiento se extiende, en total, a lo largo de más de 1.200 kilómetros de fondo marino —y lleva acumulando restos desde hace 5,3 millones de años.

Un megayacimiento que «desafía toda creencia»

El investigador Xiaotong Peng y su equipo realizaron 32 inmersiones con el sumergible Fendouzhe en la Zona Diamantina, una región de crestas y fracturas en el sudeste del océano Índico. Lo que comenzó con un fósil solitario derivó en el estudio sistemático de una zona de apenas 0,64 km². El resultado: 476 fósiles y cinco carcasas recientes, lo que permite proyectar unas 750 fósiles y entre siete y ocho carcasas por kilómetro cuadrado.

Esa densidad, extrapolada a los más de 1.200 kilómetros de extensión del yacimiento, convierte este lugar en la mayor acumulación de restos de ballenas jamás documentada. El paleontólogo Nick Pyenson, del Smithsonian, fue directo: «Cubre más de 1.200 kilómetros, lo que desafía toda creencia». Añadió que el término «megayacimiento» le parece completamente apropiado y que el equipo ha descubierto «algo realmente especial».

Fósiles de cinco millones de años junto a cadáveres recientes

Los investigadores dataron 33 fósiles mediante ratios de isótopos de estroncio. El más antiguo pertenece a la especie extinta Pterocetus, del Plioceno temprano, con unos 5,3 millones de años de antigüedad. Entre los hallazgos figura también una especie nueva, bautizada como Pterocetus diamantina, nombre hasta ahora desconocido en el árbol genealógico de los cetáceos.

El yacimiento incluye restos de cinco especies de ballenas picudas y una especie de ballena barbada. Las más representadas son la ballena picuda de Andrews y la ballena de dientes de correa, dos especies que siguen habitando el océano Índico hoy. Sus fósiles pueden tener hasta un millón de años, convirtiendo el lugar en un registro sin precedentes de la ecología de las ballenas picudas a escala geológica: especies extintas y actuales comparten el mismo suelo marino.

Comunidades de vida en la oscuridad absoluta

Las cinco carcasas recientes —los llamados whale falls o «caídas de ballena»— no son tumbas inertes. Albergan comunidades densísimas de medusas, estrellas frágiles, gusanos Osedax y moluscos bivalvos, con hasta 2.840 individuos por metro cuadrado. Son las comunidades de whale fall más profundas jamás encontradas: la más honda supera los 6.700 metros, unos 2.500 metros más que cualquier otra conocida.

El motor de toda esa vida es químico, no solar. Las bacterias que habitan los huesos descomponen los aceites óseos y producen sulfuro de hidrógeno, una fuente de energía que reemplaza a la luz del sol. La mayoría de las especies identificadas no pudo asignarse con certeza a ninguna conocida, lo que apunta a que buena parte de esta fauna es nueva para la ciencia.

Por qué se acumulan tantas ballenas en este lugar

La Zona Diamantina concentra grandes cantidades de calamares y peces, lo que la convierte en un área de alimentación favorable para las ballenas picudas. Más ballenas alimentándose implica más ballenas muriendo en ese mismo entorno. Aun así, la acumulación no se explica únicamente por la mortalidad local.

La topografía en forma de V podría actuar como un embudo natural que canaliza las carcasas en descomposición hacia el fondo, de forma similar a las trampas de alquitrán terrestres. A eso se suma una tasa de sedimentación excepcionalmente baja —entre 0,05 y 0,55 cm por cada 1.000 años—, que permite que los restos queden expuestos durante cientos de miles o incluso millones de años. Los rostra de las ballenas picudas, con una de las mayores densidades óseas entre los vertebrados vivos, quedan además recubiertos de óxidos de ferromanganeso que los sellan como un sarcófago natural.

Un yacimiento vivo que podría no ser el único

A diferencia de los grandes yacimientos fósiles clásicos, la Zona Diamantina sigue activa. Nuevas carcasas se incorporan al registro geológico en tiempo real. El equipo lo compara con el Burgess Shale canadiense por su abundancia, aunque con una diferencia fundamental: este aún está en formación.

Los investigadores creen que podrían existir necrópolis similares frente a Sudáfrica, la Península Ibérica y las islas Crozet y Kerguelen, cerca de la Antártida. De ser así, el fondo del océano podría guardar muchos más archivos de este tipo, a la espera de que alguien decida seguir explorando tras toparse con un fósil solitario.

El hallazgo invita a reflexionar sobre cuánto se desconoce todavía acerca de la vida y la muerte de las ballenas picudas, uno de los cetáceos más esquivos del planeta. Y, más allá de ellas, sobre cuántos otros registros extraordinarios duermen en el fondo del mar, intactos, sin que nadie los haya buscado aún.

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