El verano pasado, el centrocampista argentino Enzo Fernández tuvo que tumbarse en el césped del MetLife Stadium durante una semifinal del Mundial de Clubes. La temperatura rozaba los 35 °C y la humedad superaba el 54 %. «Me mareé durante una jugada y tuve que tirarme al piso», explicó días después. «Jugar en estas temperaturas es muy peligroso».
El 19 de julio de 2026, ese mismo estadio —sin techo, sin climatización— acogerá la final de la Copa del Mundo a las 3 de la tarde. Y la pregunta que nadie en la FIFA parece querer responder en voz alta es por qué.
Un estadio sin techo en el corazón del verano
El MetLife Stadium de East Rutherford, Nueva Jersey, no tiene techo ni aire acondicionado. Aun así, acogerá la final del Mundial el 19 de julio de 2026, a las 3 de la tarde.
De los 16 recintos del torneo, solo cuatro cuentan con techo y climatización: el Mercedes-Benz de Atlanta, el AT&T de Dallas, el NRG de Houston y el BC Place de Vancouver. Los doce restantes quedan expuestos al sol del pleno verano norteamericano.
Los datos de programación agravan el problema. Cincuenta y cuatro de los 104 partidos se disputarán de día, y veinticuatro de los 32 encuentros de la fase eliminatoria correrán la misma suerte. El contexto climático local tampoco invita a la tranquilidad: en Nueva Jersey, las temperaturas anuales han subido 4 °F desde 1900 —el doble del promedio global— y los días por encima de 32 °C crecieron un 36 % desde 1949.
La televisión marca el horario, el sol pone las condiciones
La razón de fondo no es un descuido. Es un cálculo económico muy preciso.
La FIFA recaudará cerca de 4.264 millones de dólares en derechos de transmisión durante el ciclo 2023-2026. Las 3 pm del horario del este de Estados Unidos son las 9 pm en París y Berlín: el prime time europeo, donde se concentran los mercados más rentables. Sports Media Watch documentó que la FIFA asignó deliberadamente los partidos de mayor perfil —aquellos con selecciones europeas— en franjas vespertinas para coincidir con ese horario.
La organización ha introducido pausas de hidratación de tres minutos en la mitad de cada tiempo, obligatorias en todos los partidos. Útil, sí. Pero no sustituye a una programación que anteponga el bienestar de jugadores y aficionados a los contratos televisivos.
Cuarenta años de advertencias ignoradas
Lo que viene ocurriendo no es nuevo. Es una pauta que se repite desde hace cuatro décadas.
En el Mundial de México 1986, la FIFA ya cedió ante las televisoras europeas y programó partidos al mediodía con temperaturas de hasta 38 °C en Monterrey. Diego Maradona protestó antes del torneo: «Al menos los horarios deberían fijarse para cuando jugamos mejor, no cuando hay más calor». Su compañero Jorge Valdano fue más directo: «Jugar a las 12 del mediodía es un ataque contra los jugadores».
En 1994 la historia se repitió con cifras más extremas. En Orlando, el termómetro alcanzó los 41 °C durante el partido entre México e Irlanda; en ese único encuentro, 160 aficionados recibieron atención médica y 12 fueron hospitalizados. El periodista Edgardo Broner, que cubrió aquel torneo completo, lo recuerda con precisión: «Era inhumano. La gente sufría ese terrible solazo». Y añade que, probablemente, si el país sede hubiera sido otro, habrían cambiado la fecha, como ocurrió en Catar. Desde aquel verano, el planeta se ha calentado al menos 1,1 °C adicionales, según el IPCC.
El calor como riesgo laboral: árbitros, jugadoras y periodistas
El riesgo no se limita a los futbolistas de élite. Afecta a cualquiera que trabaje bajo ese sol.
En 2017, la delantera inglesa Rachel Daly fue hospitalizada por agotamiento térmico durante un partido en Houston, una de las sedes de 2026. En la Copa América de 2024, el árbitro asistente guatemalteco Humberto Panjoj se desplomó en pleno partido en Kansas City. Ninguno disputaba una final del mundo. Los dos, simplemente, hacían su trabajo.
El periodista Sergio Levinsky, que en 2026 cubrirá su décimo Mundial, describe una sensación térmica de 43 °C en el metro de Nueva York durante la Copa América 2024. En Catar 2022, el contraste entre los espacios sobre-climatizados y el exterior le provocó una enfermedad que lo llevó al hospital durante un día. «Yo me preparo psicológicamente para eso porque sé que va a ser muy duro», afirma de cara a 2026. Un análisis de Climate Central confirmó que las ciudades sede estadounidenses —Dallas, Los Ángeles, Boston y Nueva York— registraron significativamente más días por encima de 32 °C en junio de 2025 que durante el torneo de 1994.
Lo que el cambio climático añade a la ecuación
El mismo análisis de Climate Central concluye que el cambio climático aumenta la probabilidad de que se produzca un calor que merme el rendimiento durante la mayoría de los partidos programados en 2026. No es una posibilidad remota. Es la tendencia dominante.
Arsène Wenger prometió en 2025 que el torneo contaría con más estadios cubiertos. En la práctica, solo 31 de los 104 partidos se disputarán bajo techo con climatización.
Lo que antes podía atribuirse a un verano atípico se ha convertido en algo sistémico. El calentamiento global no añade un riesgo ocasional al calendario futbolístico: redefine las condiciones base sobre las que ese calendario opera. Cada edición del torneo que transcurra sin cambios estructurales en la programación será, por definición, más peligrosa que la anterior.
Cuando el árbitro pite el final en el MetLife el 19 de julio de 2026, habrán pasado cuarenta años desde que Maradona y Valdano advirtieron en voz alta de este problema. La pregunta que quedará sobre la mesa no será si el calor afectó al torneo. Será si alguien, por fin, tomará nota antes del siguiente.
