La mañana del 28 de mayo, una explosión de proporciones históricas sacudió el Complejo de Lanzamiento 36 en Cabo Cañaveral. El cohete New Glenn de Blue Origin, pieza central del regreso de astronautas a la Luna, quedó fuera de combate tras una anomalía durante una prueba estática. Los mandos militares la describieron como la mayor detonación jamás registrada en esa instalación.
En cuestión de días, la NASA se encontró ante una pregunta incómoda: ¿cómo mantener vivo el calendario del programa Artemis sin su lanzador principal?
Una explosión que sacudió Cabo Cañaveral
El coronel Brian Chatman, comandante del Space Launch Delta 45, fue categórico: lo ocurrido el 28 de mayo en el Complejo de Lanzamiento 36 fue la mayor explosión registrada en Cabo Cañaveral. La anomalía se produjo durante una prueba estática del New Glenn. No hubo víctimas ni heridos, aunque los daños en las instalaciones resultaron significativos.
La respuesta de la NASA llegó de inmediato. El administrador Jared Isaacman viajó a Florida al día siguiente junto a un equipo de ingenieros para evaluar los daños y reunirse con los técnicos de Blue Origin. Desde allí prometió el apoyo de la agencia para identificar la causa raíz del accidente y retomar los vuelos «tan pronto como sea posible de forma segura».
El CEO de Blue Origin, Dave Limp, intentó ofrecer perspectiva el 1 de junio. A través de redes sociales confirmó que los depósitos de propelente estaban «en buen estado» y que la torre de soporte podía repararse sin necesidad de demolerla. Su mensaje terminaba con una promesa directa: «Volveremos a volar antes de que acabe el año».
El problema de fondo: un módulo diseñado a medida de un cohete averiado
El verdadero problema va más allá del cohete destruido. Los módulos de alunizaje Blue Moon Mk.1 y Mk.2 fueron diseñados y optimizados específicamente para volar como carga útil del New Glenn. John Couluris, vicepresidente sénior de Lunar Permanence en Blue Origin, lo explicó durante la retransmisión del lanzamiento NG-3 en abril: trabajar con el mismo equipo que desarrolla el lanzador permitió «optimizar todo el conjunto» y extraer un rendimiento mayor del módulo.
Esa integración, ventaja competitiva en condiciones normales, se convierte ahora en una vulnerabilidad estructural. Adaptar los módulos a otro cohete no es un ajuste menor: implica pérdida de rendimiento, posibles rediseños y, casi con certeza, retrasos. El programa Artemis no puede permitirse ninguno de esos escenarios.
Opciones limitadas en el mercado de lanzadores pesados
Isaacman fue directo durante su aparición en el CEO Summit de CNBC. En el segmento de lanzadores verdaderamente pesados, dijo, «tienes a SpaceX y a Blue Origin, y obviamente uno de ellos tiene la rampa fuera de servicio ahora mismo». El margen de maniobra es estrecho.
El Falcon Heavy de SpaceX cuenta con una carlinga de 5,2 metros de diámetro, frente a los siete metros del New Glenn para los que fueron concebidos los módulos Blue Moon. SpaceX no ha presentado ninguna versión más ancha de su carenado. Se suma otro obstáculo técnico de peso: las rampas de SpaceX no están equipadas para gestionar hidrógeno líquido, el propelente que utiliza el Blue Moon.
El panorama resulta claro, aunque incómodo. La NASA no dispone de una alternativa sencilla ni inmediata, y cada opción sobre la mesa conlleva compromisos técnicos o temporales que complican aún más un calendario ya ajustado.
La NASA ‘desacopla’ el módulo del cohete para ganar tiempo
Ante esta situación, Isaacman anunció lo que describió como una «respuesta de todo el gobierno». La estrategia central consiste en desacoplar el módulo de alunizaje del lanzador y de la rampa dañada, manteniendo así el desarrollo del Blue Moon en marcha con independencia del estado del New Glenn.
El objetivo inmediato es que el Blue Moon Mk.1 esté disponible para la misión de prueba Artemis 3, prevista para mediados de 2027. En esa misión, la NASA también quiere que el Starship de SpaceX acople con la nave Orion, en un ejercicio paralelo orientado a reducir riesgos de cara a futuros alunizajes. La meta más ambiciosa sigue siendo Artemis 4 en 2028, que incluye el despliegue de vehículos de exploración lunar en la superficie.
Lecciones de los años 60: avanzar a pesar de los contratiempos
Isaacman ha recurrido al legado del programa Apollo para enmarcar la respuesta de la agencia. «No vamos a quedarnos de brazos cruzados esperando», escribió en X, invocando la postura que la NASA adoptó en los años 60 para superar contratiempos y eliminar obstáculos. El mensaje es nítido: los fallos forman parte inherente de la exploración espacial, y la respuesta adecuada es aprender y continuar.
El equilibrio entre urgencia y seguridad sigue siendo delicado. La presión política por cumplir el plazo de 2028 es real, pero ningún calendario justifica lanzar antes de entender qué salió mal. La NASA y Blue Origin trabajan ahora en paralelo: una busca un lanzador alternativo, la otra investiga la causa raíz de la explosión.
Lo que ocurra a continuación determinará si el programa Artemis puede absorber este golpe o si el retraso se vuelve inevitable. Habrá que seguir de cerca dos fechas: los resultados de la investigación del accidente y la confirmación —o no— de un lanzador sustituto para el Blue Moon antes de que acabe 2026.
