El deshielo de la Antártida es, para muchos, una cuestión de ciclos naturales: el planeta ha tenido siempre sus propios ritmos, y el hielo ha avanzado y retrocedido mucho antes de que existieran las fábricas o los coches. Es una idea extendida, y hasta cierto punto comprensible.
Pero el glaciar Pine Island —uno de los que más rápido retrocede en todo el mundo— acaba de convertirse en el escenario de un experimento científico sin precedentes. Por primera vez, los investigadores han aplicado las herramientas de la ciencia de atribución al hielo antártico para responder una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que está ocurriendo ahí abajo es realmente solo cosa de la naturaleza?
Una creencia muy extendida sobre el deshielo antártico
El argumento circula con frecuencia: la Antártida lleva miles de años perdiendo hielo, mucho antes de que los humanos quemáramos un solo litro de petróleo. El planeta tiene sus propios ciclos, y el hielo simplemente sigue su curso. Suena razonable, y por eso se usa tan a menudo para relativizar la urgencia del cambio climático.
El glaciar Pine Island ilustra bien por qué esa explicación resulta incompleta. Es uno de los glaciares que más rápido se funde en el mundo y responde de una quinta parte de la pérdida neta de hielo de la Antártida occidental, con repercusiones a escala global.
Hasta ahora, nadie había realizado un estudio de atribución específico para ningún glaciar antártico. Esa ausencia dejaba un hueco real: sin datos concretos, la duda sobre el papel humano podía seguir alimentándose sin dificultad.
El glaciar que empezó a retroceder en los años 40
Los registros de sedimentos del lecho marino cuentan una historia precisa. Durante cientos de años, hasta la década de 1940, el glaciar Pine Island reposó sobre una cresta submarina situada unos 30 kilómetros por delante de donde se encuentra hoy. Una posición estable, sin cambios apreciables.
Ese equilibrio se rompió en los años 40 a causa de un fuerte episodio de El Niño, el patrón climático recurrente del Pacífico tropical que eleva las temperaturas globales. El evento llevó una gran masa de agua cálida hasta la capa de hielo, iniciando el retroceso.
Aquí conviene introducir un matiz importante. Las reconstrucciones climáticas indican que el calentamiento causado por el ser humano no empezó a aumentar la cantidad de agua cálida que llegaba a la Antártida occidental hasta los años 60. Es decir, la influencia humana llegó veinte años después de que el glaciar ya hubiera comenzado a moverse.
Cómo se mide la huella humana en el hielo
La ciencia de atribución permite responder preguntas como esta comparando dos mundos simulados: el real, con el calentamiento humano incluido, y uno contrafactual en el que ese calentamiento nunca ocurrió. La diferencia entre ambos revela cuánto ha contribuido la actividad humana a un fenómeno concreto.
Aplicar este enfoque a las capas de hielo plantea un reto técnico considerable, porque el hielo responde muy lentamente a los cambios climáticos, con variaciones mínimas año a año. Los modelos deben simular al menos 200 años de historia para capturar esa inercia.
Los registros satelitales solo existen desde los años 70, lo que complica la reconstrucción del pasado. Para resolver eso, el equipo combinó modelos físicos del clima con técnicas de aprendizaje automático: primero ejecutaron múltiples simulaciones con distintas configuraciones y las compararon con datos observacionales; luego usaron el aprendizaje automático para completar los escenarios que no era posible simular directamente, construyendo una imagen del retroceso a lo largo de 250 años.
El veredicto: un quinto del retroceso, atribuido al ser humano
El resultado principal del estudio es claro: el cambio climático causado por el ser humano es responsable de aproximadamente 4 kilómetros —cerca de una quinta parte— del retroceso total del glaciar desde 1940.
Esto no significa que sin cambio climático el glaciar no hubiera retrocedido. Lo habría hecho igualmente, porque el episodio de El Niño de los años 40 ya había puesto en marcha el proceso. Habría retrocedido menos, eso sí. La variabilidad natural explica el inicio; la influencia humana explica una parte significativa de la magnitud. Ese matiz es fundamental.
Se trata, además, del primer estudio de atribución aplicado a un glaciar de las grandes capas de hielo del mundo. Por primera vez existe una vinculación directa y cuantificada entre las emisiones de gases de efecto invernadero y el declive de un glaciar antártico específico.
Lo que aún no sabemos y por qué importa
El estudio no está exento de incertidumbre. Los registros de sedimentos indican dónde estaba el hielo en el pasado, pero no cuánto había exactamente, y esa diferencia condiciona cómo se configuran los modelos al inicio de las simulaciones. Los propios investigadores reconocen que hay trabajo en curso para mejorar esa configuración en futuras investigaciones.
Pine Island no es un caso aislado. Junto al vecino glaciar Thwaites, es responsable de casi la mitad del aumento del nivel del mar asociado al deshielo antártico, con consecuencias directas para cientos de millones de personas en zonas costeras de todo el planeta.
Lo más relevante de este estudio quizás no sea el número en sí —ese 20%— sino lo que implica metodológicamente. Si ahora es posible medir la huella humana en el hielo antártico, también será posible hacerlo con mayor precisión en el futuro. La conversación cambia: ya no se trata de debatir si el ser humano influye en el deshielo, sino de cuánto, dónde y con qué consecuencias concretas.
