Era un jueves por la mañana y Martin Picard observaba cómo su propia sangre abandonaba su brazo a través de una vía intravenosa y desaparecía por un agujero en la pared. Estaba sentado en una cama individual dentro de una cámara metabólica del tamaño de una celda, una de las cincuenta que existen en todo el mundo. Cada hora, durante veinticuatro horas seguidas, una enfermera extraía muestras de su sangre para el equipo de investigación al otro lado del tabique.
Lo peculiar no era solo el procedimiento. Era que Picard era también el investigador al mando. Y la pregunta que guiaba aquel experimento —y toda su carrera— es la misma que lleva años incomodando a buena parte de la medicina: ¿y si la clave de la salud, la enfermedad y la propia conciencia no está en los genes, sino en esas estructuras que aprendimos en el colegio como simples «centrales energéticas» de la célula?
Más que una central energética
Las mitocondrias producen ATP, la molécula que alimenta casi todo lo que ocurre en el organismo. Pero esa descripción —la del manual escolar— apenas roza la superficie.
También suministran los materiales necesarios para fabricar neurotransmisores como el glutamato y la acetilcolina, que regulan el cerebro, los nervios y los músculos. El primer paso en la síntesis de todas las hormonas esteroideas —cortisol, estrógeno, testosterona, progesterona— ocurre dentro de ellas, lo que las convierte en reguladoras directas del sueño, el estrés y la respuesta sexual.
Su papel en la señalización celular es igual de amplio. Las mitocondrias gestionan el calcio intracelular, que interviene en todo, desde la contracción muscular hasta la expresión génica, y producen especies reactivas de oxígeno que activan células inmunitarias. Picard las describe como «el portal entre el genoma inerte y el entorno dinámico». No es una metáfora menor: es una redefinición del lugar que ocupan en la biología. Investigadores como A. Phillip West, del Jackson Laboratory, y Jon Brestoff, de la Universidad de Washington en San Luis, coinciden en que estamos ante uno de los momentos más prometedores de la historia de la biología mitocondrial.
Una teoría que nació en las visitas domiciliarias de una enfermera
La curiosidad de Picard no empezó en un laboratorio. De niño, acompañaba a su madre —enfermera con servicio propio de atención domiciliaria en un pueblo francófono cerca de Montreal— a visitar a sus pacientes. Algunos se recuperaban de enfermedades graves con una rapidez que él no sabía explicar. Otros no dejaban de enfermar, sin importar el tratamiento. Esa pregunta lo siguió durante años.
Lo siguió hasta la Universidad McGill, donde estudió fisiología y neuroinmunología. Allí empezó a tomar forma una hipótesis: ¿cómo se traducen los procesos moleculares y celulares en emociones, comportamientos y capacidad de prosperar? Sus asignaturas no le daban respuesta. Las mitocondrias, en cambio, sí parecían tenerla.
Esa intuición lo llevó a realizar un posdoctorado con Douglas Wallace, uno de los fundadores de la genética mitocondrial. Desde entonces, Picard ha desarrollado lo que llama su «visión energética de la vida»: la idea de que el cuerpo dispone de un presupuesto energético limitado y de que las enfermedades, el estrés crónico y los estados mentales negativos son el resultado de desequilibrios en ese presupuesto. En su modelo, el flujo de electrones en el metabolismo mitocondrial es el nivel más básico de la experiencia de estar vivo. «Si la energía deja de fluir, ya no hay más tú», afirma.
Del laboratorio a la mente: los primeros datos
Las ideas de Picard no se quedaron en la teoría. En 2015 publicó un experimento con ratones en el que alteró el funcionamiento de sus mitocondrias y observó cómo cambiaba la respuesta al estrés mental. Según el tipo de disfunción mitocondrial, los animales producían señales moleculares distintas ante la misma situación estresante.
Resultados similares llegaron desde otros laboratorios. En 2021, Carmen Sandi, neurocientífica del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Lausana, mostró que ratas con comportamiento ansioso o depresivo tenían mitocondrias disfuncionales en sus neuronas. Cuando su equipo mejoró experimentalmente la función mitocondrial, los síntomas de ansiedad se redujeron. Un suplemento disponible comercialmente produjo los mismos resultados. «Restauró todo», dijo Sandi.
En 2025, Picard coescribió el primer mapa mitocondrial del cerebro humano. Reveló que las mitocondrias varían no solo entre regiones cerebrales, sino también entre tipos de células dentro de una misma región. Los autores lo describieron como una invitación a explorar el «paisaje energético molecular» que subyace a la conciencia. Para medir todo esto con precisión, Picard había desarrollado en 2018 el índice de salud mitocondrial, una herramienta que permite cuantificar la actividad de estas estructuras a una escala antes impensable.
La cámara metabólica: cuando el científico es el sujeto
Picard fue el primer voluntario en su propio estudio dentro de la cámara metabólica de Columbia. Durante veinticuatro horas, registró su gasto energético, tomó muestras de sangre y saliva cada hora y rellenó encuestas sobre su estado de ánimo.
Los resultados preliminares, presentados por el doctorando Evan Shaulson en el simposio de diciembre de 2025, son llamativos. Los participantes con enfermedades mitocondriales raras queman 180 calorías más al día y gastan un 15 % más de energía incluso mientras duermen. También reportan mayor fatiga y estrés, y sus marcadores sanguíneos muestran niveles elevados de lactato, asociado a la ansiedad.
Fuera de la cámara, la brecha energética entre enfermos y sanos casi desaparece. Los sujetos sanos se mueven más en su vida cotidiana. La cámara, con sus restricciones, resulta ser una representación bastante fiel del día típico de alguien con disfunción mitocondrial. El estudio es aún preliminar —solo veinte participantes, sin contar a Picard—, pero sugiere cómo los procesos mitocondriales «se propagan y afectan al organismo entero», según Shaulson.
Un campo emergente entre el rigor y la heterodoxia
No todos comparten el entusiasmo. José Antonio Enríquez, biólogo molecular del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, reconoce que las ideas de Picard son interesantes, pero advierte que no están «en absoluto» demostradas. «Martin es un buen pensador, a veces un poco atrevido», dijo. «Sus afirmaciones deben evaluarse con rigor.»
Picard lo acepta. Reconoce que parte de sus hipótesis suena a «woo» para algunos colegas académicos, pero defiende que la ciencia siempre ha avanzado gracias a ideas audaces sometidas después a prueba rigurosa. «Hay muchas cosas que antes se consideraban «woo» hasta que las entendimos», dice.
El siguiente paso será un estudio con cerca de cien participantes, liderado por Shaulson, con seguimiento de seis meses mediante dispositivos wearables, muestras de saliva y registros de experiencias cotidianas. Si los datos respaldan las hipótesis, podrían ofrecer, según Shaulson, «un puente entre el comportamiento, la biología y la mente». Picard también planea fundar en 2027 un instituto sin ánimo de lucro para traducir los descubrimientos sobre mitocondrias y metabolismo en aplicaciones reales. Su objetivo declarado: «apoyar el florecimiento humano». Es una frase que suena más a filosofía que a bioquímica. Pero si los datos siguen acumulándose, quizá no haya tanta distancia entre ambas.
