Para la mayoría de nosotros, el nombre de Einstein es sinónimo de algo casi sobrehumano: la inteligencia sin fisuras, el científico que siempre tenía razón. Su legado —la relatividad, el efecto fotoeléctrico, la predicción de las ondas gravitacionales— parece confirmar esa imagen.
Pero esa percepción oculta una historia más compleja. Einstein también se equivocó, y no en cuestiones menores. Algunos de sus errores fueron notables, persistentes, y en más de una ocasión se negó a reconocerlos incluso ante la evidencia. La pregunta es qué nos dice eso, no solo sobre él, sino sobre cómo funciona realmente la ciencia.
El genio que todos conocemos —y el que pocos recuerdan
Einstein ocupa un lugar singular en el imaginario colectivo. Sus contribuciones son reales y de enorme alcance: la teoría de la relatividad transformó nuestra comprensión del espacio y el tiempo; el efecto fotoeléctrico le valió el Nobel; la predicción de las ondas gravitacionales tardó un siglo en confirmarse, pero llegó. Logros que justifican, sin discusión, su reputación.
Esa fama tiene, sin embargo, un efecto secundario problemático: convierte a Einstein en símbolo de infalibilidad, cuando en realidad era algo más interesante. Un científico brillante que también cometía errores.
Nicolás Yunes, físico teórico de la Universidad de Illinois, lo dice sin ambages: Einstein «se equivocó en muchísimas cosas». Lo recordamos por sus aciertos porque esos aciertos sacudieron los cimientos del conocimiento científico. Los errores también existieron, y algunos fueron notables. Entender esos fallos no rebaja su figura —al contrario, la hace más útil, porque los errores científicos no son excepciones al proceso del conocimiento. Son parte constitutiva de él.
El error que casi borró las ondas gravitacionales
En 1916, Einstein predijo correctamente que la aceleración de la materia podía producir ondas en el espacio-tiempo. Pero al desarrollar las matemáticas junto al físico Nathan Rosen, ambos toparon con un obstáculo: las ecuaciones generaban singularidades, divergencias que explotaban y que, en principio, no podían representar nada físico real.
Einstein cambió de opinión. Concluyó que las ondas gravitacionales no podían existir y envió el artículo a Physical Review. Un revisor anónimo detectó un error matemático. Cuando Einstein se enteró, se enfureció y retiró el artículo para remitirlo a otra publicación.
El revisor tenía razón. Las singularidades eran un artefacto de coordenadas, no un fenómeno físico. Algo parecido ocurre con los meridianos en un mapa: parecen converger en el Polo Norte como si algo extraordinario sucediera allí, pero sobre el terreno no existe singularidad alguna. Sin que Einstein lo supiera, el revisor explicó el error al asistente de Einstein, quien se lo trasladó. Einstein corrigió el fallo y publicó el artículo con la conclusión contraria: las ondas gravitacionales sí existen.
Los agujeros negros: cuando Einstein no quiso escuchar
El mismo tipo de error volvió a aparecer al estudiar los agujeros negros. Las matemáticas producían infinitos en el horizonte de sucesos —el límite a partir del cual nada puede escapar— y Einstein concluyó, de nuevo, que esos objetos no podían existir.
Esta vez, sin embargo, no se dejó convencer. John D. Norton, historiador de la ciencia en la Universidad de Pittsburgh, explica que esa resistencia no era simple terquedad: respondía a una convicción filosófica profunda sobre cómo deben relacionarse las matemáticas y la física. «No se dejó mover por análisis alternativos que encontraban que sus infinitos matemáticos eran meros artefactos de los métodos que él prefería», señala Norton. Einstein mantuvo su postura hasta el final. Hoy sabemos que estaba equivocado. Los agujeros negros existen.
Su rechazo a la mecánica cuántica: ‘acciones fantasmagóricas a distancia’
El error más conocido de Einstein fue su rechazo al entrelazamiento cuántico. En una carta a su colega Max Born en 1947, describió el fenómeno como una «acción fantasmagórica a distancia» y afirmó que no podía tomárselo en serio. Su argumento: la mecánica cuántica debía de ser incompleta, y una teoría más profunda restauraría el orden clásico eliminando esas conexiones instantáneas entre partículas distantes.
Murió sin cambiar de opinión. Fue en 1964, casi una década después de su muerte, cuando John Bell demostró matemáticamente que el entrelazamiento es real. Hoy la mecánica cuántica sustenta tecnologías cotidianas —y sigue siendo, eso sí, incompatible con la relatividad general: la gran tensión abierta de la física moderna.
Lo que los errores de Einstein nos dicen sobre la ciencia
Curiosamente, algunos de sus errores no frenaron el progreso sino que lo impulsaron. La relatividad general se construyó sobre premisas que el propio Einstein acabó descartando, como el llamado principio de Mach. El edificio se sostuvo aunque los andamios resultaron equivocados.
Yunes apunta algo más: es posible que tanto la relatividad general como la mecánica cuántica sean descripciones incompletas de la realidad. En regímenes extremos —el interior de un agujero negro, por ejemplo— ambas teorías fallan. Ninguna tiene la última palabra.
El propio Einstein lo sabía. Cuando su colaborador Leopold Infeld le dijo que cuidaría especialmente un libro porque llevaría su nombre, Einstein rio y respondió que bajo su nombre también había artículos incorrectos. Si el científico más célebre de la historia asumía sus fallos con naturalidad, quizá convenga reconsiderar qué esperamos de la ciencia y de quienes la practican. El error no es el opuesto del genio. A veces, es su condición.
