El software está en todas partes: en los aviones que despegan, en los hospitales que monitorizan pacientes, en los coches que frenan solos. Pero cuando algo falla, pocas personas saben realmente por qué.
Durante más de veinte años, Robert N. Charette se dedicó a responder esa pregunta desde las páginas de IEEE Spectrum. Experto en gestión de riesgos e ingeniero de formación, convirtió los fallos del software en objeto de estudio sistemático —y en lectura obligada para quienes construyen los sistemas que sostienen el mundo moderno.
El hombre que quiso hacer visible el software
Robert N. Charette no es un ingeniero al uso. IEEE Life Senior Member, consultor de gestión de riesgos y autor prolífico, se define a sí mismo como un «ecólogo del riesgo». La etiqueta resulta precisa: no le interesa solo identificar peligros, sino comprender el ecosistema completo en el que estos se desarrollan y se retroalimentan.
Su motivación central es tan sencilla como incómoda. «El software está a nuestro alrededor, pero no lo reconocemos en absoluto», explicó. «Puedes sentir las consecuencias de un fallo de software, pero nunca ves la razón en sí misma.» Esa invisibilidad no es solo un problema de percepción: es, en sí misma, una fuente de riesgo.
En 2005, IEEE Spectrum le encargó explorar por qué fracasan los proyectos de software. Su artículo «Why Software Fails» sigue siendo lectura obligada en clases universitarias de ingeniería de medio mundo. Aquella colaboración inicial marcó el comienzo de una relación profesional que se prolongaría más de dos décadas.
Más de 1.750 entradas y una década de catástrofes documentadas
De aquella primera colaboración nació The Risk Factor, un blog que Charette mantuvo durante más de diez años. Más de 1.750 entradas. Cientos de debacles tecnológicas quedaron registradas con rigor y sin alarmismo.
El trabajo culminó en «Lessons From a Decade of IT Failures», una pieza que obtuvo el premio Jesse H. Neal a las mejores infografías en 2016. El reconocimiento fue merecido. La ironía, también involuntaria: esas infografías se crearon en un programa de software que ya no tiene soporte y se han perdido para siempre.
Es difícil imaginar un ejemplo más elocuente de la propia tesis de Charette. El archivo que documentaba los fallos del software sucumbió, él mismo, a un fallo del software.
Más allá del blog: los artículos que sacudieron el debate tecnológico
Charette no se limitó al blog. Entre sus trabajos más influyentes destaca la serie de doce partes The EV Transition Explained, un análisis exhaustivo de la transición hacia los vehículos eléctricos, junto a «The Doctor Will See Your Electronic Health Record Now», sobre los retos reales de los historiales clínicos digitales en la práctica médica cotidiana.
Su pieza quizás más inquietante es «Automated to Death». Aborda la paradoja de la automatización: cuanto más fiable es un sistema automatizado, menos preparados están los humanos para intervenir cuando falla. No es una paradoja abstracta. Está presente en los sistemas que pilotan aviones, guían trenes y frenan coches.
El artículo que Charette considera de mayor impacto es otro. «The STEM Crisis Is a Myth», publicado en 2013, cuestionó la narrativa dominante de que el mundo necesitaba urgentemente más graduados en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Según Charette, esa narrativa era una mitología perpetuada por empleadores y por la propia comunidad académica. Spectrum le dio la plataforma para decirlo en voz alta.
Cuestionar supuestos como método: la filosofía del riesgo según Charette
Hay una máxima que resume toda la carrera de Charette: «Las suposiciones que se hacen son riesgos que se aceptan.» No es una frase decorativa. Es un método de trabajo.
Aplicó ese principio a cada caso que documentó. Una y otra vez, los grandes fallos tecnológicos no nacían de errores técnicos aislados, sino de suposiciones no examinadas que nadie se había molestado en cuestionar: que el sistema funcionaría igual a mayor escala, que los usuarios se comportarían de una manera determinada, que el software heredado seguiría siendo compatible.
También lo aplicó a su propia trayectoria. Cuestionó la narrativa STEM cuando era incómodo hacerlo, señaló los fallos de la automatización cuando la industria celebraba sus avances. Esa disposición a ir contracorriente es, probablemente, lo que otorgó a su trabajo una vigencia tan prolongada.
El cierre de una etapa y lo que deja atrás
Charette abandona su rol como editor colaborador de IEEE Spectrum para dedicarse a la fotografía de naturaleza y a escribir trilogías de ficción. Una de ellas, The STEM Murders, presenta a un ingeniero reconvertido en detective —y a su mentor. La vida imita al trabajo.
Su partida deja un hueco real en la cobertura de riesgos tecnológicos en medios especializados. Pocos periodistas combinaron su rigor técnico con la capacidad de hacer accesibles sistemas complejos a lectores sin formación específica.
Lo que permanece es su archivo: los artículos en Spectrum, las entradas de The Risk Factor, las series de largo aliento. Para ingenieros, estudiantes y gestores de proyectos, ese material sigue siendo una guía práctica sobre cómo fallan los sistemas —y por qué.
Quizás la pregunta que Charette deja abierta sea la más importante. Si durante veinte años un solo experto hizo visible lo que la industria prefería no ver, ¿cuánto sigue sin verse hoy? Las suposiciones no examinadas no desaparecen cuando alguien deja de señalarlas. Simplemente dejan de tener nombre.
