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Home Ciencia

Radón, moho y rotuladores: lo que el aire de las aulas lleva acumulando en silencio durante décadas

by David Pérez
6 de septiembre de 2026
in Ciencia
Aula escolar vacía con polvo suspendido en el aire, manchas de moho en las paredes y un rotulador destapado en un pupitre

Las aulas pueden acumular durante décadas contaminantes invisibles como radón, moho y compuestos de rotuladores, sin que nadie lo perciba.

Las aulas tienen, en apariencia, todo bajo control: pupitres ordenados, suelos fregados, ventanas que dejan pasar la luz. Pero el aire que respiran cada día millones de estudiantes puede contar una historia distinta.

La EPA ha identificado una lista sorprendentemente extensa de factores que deterioran la calidad del aire interior en los centros educativos. Algunos proceden del subsuelo, como el radón. Otros están sobre los pupitres o escondidos en los armarios de limpieza. Llevan décadas acumulándose en silencio, y sus efectos sobre la salud empiezan a recibir más atención de la que tuvieron durante mucho tiempo.

Un problema que crece entre cuatro paredes

Los centros educativos concentran a cientos de personas en espacios cerrados durante seis o más horas al día. Esa densidad, combinada con una ventilación frecuentemente insuficiente, convierte las aulas en entornos donde los contaminantes se acumulan con facilidad. No son casos aislados: la EPA señala la mala calidad del aire interior en escuelas como un problema sistémico, presente en distintos tipos de edificios y contextos geográficos muy variados.

El aire interior puede estar significativamente más contaminado que el exterior. En edificios escolares antiguos o con mantenimiento deficiente, esa diferencia se amplía todavía más. Millones de estudiantes y docentes respiran ese aire cada día, a menudo sin saberlo.

Los culpables menos esperados: del suelo al pupitre

Uno de los factores más peligrosos es también el más invisible. El radón es un gas radiactivo de origen geológico que se filtra desde el subsuelo y puede acumularse en plantas bajas y sótanos sin dejar ningún rastro perceptible. Sin olor ni color, su presencia solo se detecta mediante mediciones específicas.

El subsuelo, sin embargo, no es el único origen del problema. Los rotuladores de pizarra blanca y el polvo de tiza liberan compuestos que irritan las vías respiratorias con el uso cotidiano. Las mascotas en el aula generan alérgenos que afectan especialmente a los estudiantes con asma. Los compuestos orgánicos volátiles —procedentes de pinturas, selladores y adhesivos— pueden permanecer en el aire durante semanas o meses tras su aplicación, mucho después de que el olor haya desaparecido.

Humedad, moho y lo que se esconde en las paredes

El exceso de humedad avanza de forma silenciosa. Las filtraciones y la condensación en edificios escolares crean las condiciones ideales para la proliferación de moho, cuyas esporas constituyen un potente alérgeno y pueden causar problemas respiratorios crónicos en quienes las inhalan de forma prolongada.

Lo que hace especialmente difícil abordar este problema es su tendencia a ocultarse: el moho puede crecer detrás de paredes, bajo suelos o en falsos techos, fuera del alcance de cualquier inspección visual rutinaria. Para cuando se detecta, el daño suele llevar tiempo instalado. Revisar periódicamente las instalaciones, reparar filtraciones a tiempo y controlar la humedad interior son las medidas que evitan que el problema se cronifique.

Productos cotidianos que contaminan sin avisar

No todos los contaminantes llegan desde el exterior o desde las estructuras del edificio. Algunos los introducen las propias personas que habitan el aula. Los productos de limpieza, las colonias y los desodorantes liberan compuestos químicos que degradan la calidad del aire de forma continua y casi imperceptible.

A esto se suman los residuos orgánicos, la presencia de insectos o plagas, y el hecho de que estudiantes y personal con enfermedades contagiosas comparten el mismo espacio cerrado. Cada uno de estos factores, por separado, puede tener un impacto limitado. Cuando varios coinciden de forma simultánea, el riesgo para la salud se multiplica de manera significativa.

Qué pueden hacer los centros educativos para mejorar el aire

La respuesta no exige soluciones extraordinarias. La EPA ofrece guías específicas —recogidas en su programa IAQ Tools for Schools— diseñadas para ayudar a los gestores de edificios escolares a establecer prácticas de mantenimiento preventivo. El objetivo es identificar y eliminar las fuentes de contaminación antes de que sus efectos se manifiesten en la salud de quienes ocupan el edificio.

Garantizar una ventilación adecuada, realizar revisiones periódicas de humedad y llevar a cabo mediciones regulares de radón son intervenciones técnicas con un impacto directo y duradero. No requieren grandes inversiones; requieren constancia.

Lo que venga después depende, en gran parte, de la implicación de toda la comunidad educativa. Docentes, familias y administración tendrán que asumir un papel activo si se quieren sostener las mejoras a largo plazo. La calidad del aire en las aulas no es solo una cuestión de infraestructura: es también una cuestión de atención colectiva y de decisiones que se toman —o se posponen— cada año.

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