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De anomalía costera a fenómeno global: El Niño lleva siglos transformando el clima del planeta y cada vez lo hace con más fuerza

by David Pérez
9 de septiembre de 2026
in Ciencia
Pescador peruano junto a su barca varada en la costa del Pacífico, con aguas cálidas y cielo tormentoso por El Niño

Un pescador contempla el horizonte en la costa peruana del Pacífico, donde las aguas anormalmente cálidas de El Niño tiñen el cielo de tonos cobrizos y presagian un clima hostil.

Cada diciembre, los pescadores del puerto de Paita, en el noroeste del Perú, notaban algo inquietante: el mar se calentaba sin razón aparente y los cardúmenes desaparecían justo en las fiestas navideñas. Aquella anomalía local, a la que bautizaron con el nombre del Niño Jesús, no era un capricho del Pacífico peruano.

Era la señal visible de uno de los fenómenos climáticos más poderosos del planeta. Siglos después de que esos pescadores pusieran nombre a lo que veían, El Niño sigue generando interrogantes científicos con cada nuevo episodio —y los datos sugieren que su intensidad va en aumento.

Un nombre de pesca y un fenómeno de escala planetaria

El nombre viajó desde las redes de los pescadores de Paita hasta los libros de ciencia, aunque tardó siglos en recibir una explicación rigurosa. Antonio de Alcedo documentó anomalías climáticas en esa costa en el siglo XVIII. Décadas más tarde, en 1892, el marino Camilo Carrillo notificó formalmente la existencia periódica de una corriente cálida en aguas normalmente frías del Perú. Dos observaciones separadas por décadas que apuntaban, sin saberlo, al mismo fenómeno.

En términos técnicos, El Niño es la fase cálida del sistema conocido como ENOS —El Niño-Oscilación del Sur—. Durante sus episodios, la temperatura superficial del Pacífico oriental ecuatorial puede superar en hasta 4 °C los valores normales, y el fenómeno aparece de forma irregular, con ciclos que Arthur Strahler sitúa entre tres y ocho años.

No fue hasta 1969 cuando el meteorólogo Jacob Bjerknes ofreció la primera explicación coherente. Desde su puesto en la Universidad de California en Los Ángeles, relacionó el calentamiento oceánico inusual con el debilitamiento de los vientos alisios y las lluvias intensas que acompañan esa situación. Su conclusión resultó incómoda para la intuición: el océano dirige a la atmósfera, no al revés.

Cómo funciona el motor del Pacífico

En condiciones normales, los vientos alisios soplan de este a oeste y empujan las aguas cálidas hacia Indonesia y Australia. Cuando esos vientos se debilitan, esa masa de agua caliente se desplaza hacia el Pacífico oriental, hacia las costas de América del Sur, y el calentamiento resultante es lo que define a El Niño.

Existe además un mecanismo termostático que regula el proceso. Al alcanzar los 28 °C, la cobertura de nubes se vuelve tan densa que bloquea la radiación solar y frena el calentamiento. Ramanathan y Collins describieron este efecto de retroalimentación en 1991; estudios posteriores lo ampliaron al conjunto del Pacífico tropical.

La Oscilación Decadal del Pacífico —PDO, por sus siglas en inglés— añade otra capa de variabilidad. Opera en escalas de entre 20 y 30 años y funciona, en cierto sentido, como un El Niño extendido. Su influencia hace que algunos períodos concentren episodios más frecuentes o intensos, lo que complica cualquier lectura a corto plazo de las tendencias.

Una historia de catástrofes: de los incas a la era moderna

El rastro de El Niño en la historia humana es antiguo y con frecuencia devastador. En los años 1460, una serie encadenada de episodios El Niño-La Niña desencadenó hambrunas y epidemias que contribuyeron a una crisis profunda del Imperio inca. Siglos después, entre 1789 y 1793, el historiador Richard Grove documentó sequías simultáneas en Asia, Australia, México y el sur de África —un episodio que algunos investigadores asocian con la hambruna que precedió a la Revolución francesa.

El siglo XX trajo los llamados meganiños, siendo los de 1982-83 y 1997-98 los más estudiados. En Perú, el episodio de 1997-98 destruyó 880 kilómetros de carreteras y afectó gravemente las infraestructuras de saneamiento en varias regiones. Las lluvias mensuales en Tumbes alcanzaron 701 milímetros, muy por encima de los niveles habituales.

Ecuador sufrió consecuencias igualmente severas. El Niño de 1982-83 produjo pérdidas estimadas en una reducción del 5,3 % del PIB ecuatoriano en 1983. El episodio de 1997-98 golpeó la agricultura del Golfo de Guayaquil —desde donde se exporta más del 70 % de la balanza comercial no petrolera del país— y contribuyó a desencadenar una crisis financiera que acabó llevando a la dolarización de la economía.

Efectos en cadena: sequías, inundaciones y conflictos

El Niño no actúa igual en todas partes. Mientras las costas occidentales de América del Sur reciben lluvias torrenciales, el sudeste asiático y Australia sufren sequías prolongadas. La atmósfera funciona como un sistema de suma cero: más lluvia en un lugar implica menos en otro.

El fenómeno también redistribuye los ciclones. Durante los años de El Niño intenso, el Pacífico registra más huracanes y tifones mientras el Atlántico atraviesa temporadas más tranquilas —algo que ocurrió de forma notable en 2015, cuando el Pacífico batió récords y el Atlántico vivió una temporada relativamente moderada.

Las consecuencias agrícolas son amplias y variadas. En Colombia, el Ministerio de Agricultura estima una reducción media del 5 % en el rendimiento agrícola durante los episodios, afectando cultivos como el arroz, la yuca, el café y la cebada. En Paraguay, Uruguay, Argentina y Brasil, las inundaciones dañan los cultivos de trigo y favorecen la aparición de enfermedades fúngicas.

El vínculo entre El Niño y la violencia también ha sido objeto de estudio. Según el Instituto para la Tierra de la Universidad de Columbia, el 21 % de los 234 conflictos analizados entre 1950 y 2004 coincidieron con episodios intensos del fenómeno. El riesgo de conflicto civil se doblaría respecto a los períodos de La Niña.

El Niño en la era del calentamiento global: ¿más frecuente y más extremo?

Los datos apuntan a una tendencia que merece atención. La amplitud de la variabilidad ENOS ha aumentado aproximadamente un 60 % en los últimos 50 años, según estudios que analizan los registros observacionales tras descontar otras influencias. El número de eventos intensos también ha crecido en las últimas décadas, aunque los científicos advierten que se necesita un período de observación más largo para confirmar cambios robustos.

Los modelos publicados en la revista Nature en 2014 ofrecen una perspectiva adicional: el calentamiento global no mitigado podría duplicar la ocurrencia de los Niños extremos, al afectar especialmente las aguas superficiales del Pacífico oriental ecuatorial.

La ciencia, sin embargo, no ha cerrado el debate. Algunos investigadores plantean que el aumento actual de la intensidad podría ser solo una fase inicial del calentamiento global, y que posteriormente El Niño podría debilitarse a medida que las capas profundas del océano también se calienten. Otros señalan que las fuerzas estabilizadoras y desestabilizadoras del sistema podrían acabar compensándose. No hay consenso.

Lo que sí proyectan varios modelos es el impacto sobre regiones concretas. Bali y Java, que concentran el 55 % de los cultivos de arroz de Indonesia, podrían experimentar entre un 9 y un 10 % menos de monzones, lo que retrasaría la plantación y reduciría el rendimiento de la cosecha. Para millones de personas que dependen del arroz como alimento principal, esa cifra no es un dato abstracto.

Lo que comenzó como una anomalía observada por pescadores en una costa remota del Perú es hoy uno de los indicadores más vigilados del sistema climático global. Cada nuevo episodio aporta más información sobre cómo El Niño y el calentamiento planetario se influyen mutuamente. La próxima gran pregunta no es si habrá otro meganiño, sino cuándo llegará y con qué intensidad.

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