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De 297 a 30 euros por megavatio-hora: el desplome silencioso que convirtió a la energía renovable solar en imbatible

by David Pérez
7 de octubre de 2026
in Energía
Extensa granja solar al atardecer en la meseta española, con filas de paneles fotovoltaicos bajo un cielo dorado

Una planta solar se extiende hasta el horizonte bajo la luz cálida del atardecer, símbolo de la revolución energética que ha llevado el precio de la solar de 297 a 30 €/MWh.

A finales de la pasada década, producir un megavatio-hora con plantas fotovoltaicas en España costaba 297 euros. Hoy ronda los 30. Una caída del 90 % que, según los propios productores, resultaba sencillamente impensable hace pocos años.

No hubo un único invento que lo cambiara todo. Fue una acumulación silenciosa de mejoras tecnológicas, economías de escala y el empuje de una industria asiática que alteró por completo las reglas del juego.

El resultado es un desplome que ha convertido a la energía solar en la fuente eléctrica más barata de la historia. Cómo se llegó hasta aquí —y qué implica para el futuro energético— es una historia que merece contarse desde el principio.

El sol como central infinita: qué es y cómo se aprovecha

La energía solar nace de la fusión nuclear del hidrógeno y el helio en el interior del sol. Ese proceso libera una cantidad inmensa de energía que llega a la Tierra como radiación electromagnética en forma de luz, calor y rayos ultravioletas. El viaje dura algo más de ocho minutos.

El hidrógeno representa casi tres cuartas partes de la masa solar. El resto es sobre todo helio, con pequeñas cantidades de oxígeno, carbono, neón y hierro. La superficie del sol alcanza unos 5.500 grados centígrados, y su núcleo ronda los 15 millones.

Existen tres grandes formas de aprovechar esta energía. La fotovoltaica convierte la luz directamente en electricidad. La térmica transforma la radiación en calor para calentar un fluido. Y la pasiva utiliza la radiación sin ninguna transformación, sin necesidad de dispositivos eléctricos.

El sol es una fuente renovable, inagotable y no contaminante. Por eso resulta clave para mitigar los efectos del cambio climático.

De Becquerel a la NASA: una tecnología que tardó un siglo en despegar

El principio físico que lo hace posible se conoce desde hace casi dos siglos. El físico francés Edmond Becquerel descubrió el efecto fotovoltaico en 1839, al observar que una celda de electrodos metálicos producía más electricidad cuando quedaba expuesta a la luz.

En 1883, el científico norteamericano Charles Fritts creó la primera célula fotoeléctrica utilizando selenio como material semiconductor. Hoy la industria emplea masivamente el silicio.

El salto definitivo llegó en 1954, cuando ingenieros de la NASA desarrollaron el primer módulo fotovoltaico para alimentar con luz solar los equipos de comunicación de los satélites. A mediados de los años setenta, la tecnología alcanzó el ámbito civil, aunque con capacidades muy inferiores a las actuales.

La gran barrera histórica fue el coste de inversión tecnológica. Esa dificultad se ha superado gracias a la innovación y la economía de escala.

La caída del 90 %: cómo el coste cambió las reglas del juego

El abaratamiento ha sido el motor del auge solar. Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), el coste total de los proyectos solares fotovoltaicos se sitúa ya por debajo de los costes marginales de las plantas de generación con combustibles fósiles. Y seguirá bajando drásticamente en las tres próximas décadas.

En España, los datos de la Asociación Nacional de Productores de Energía Fotovoltaica (ANPIER) lo confirman. A finales de la pasada década, el precio de la electricidad producida por plantas fotovoltaicas era de 297 euros por megavatio-hora. Hoy ronda los 30 euros. Una reducción del 90 % en los costes de instalación.

La eficiencia también ha mejorado. Las células de silicio superan el 26 %, muy cerca de su límite teórico del 29 %. En laboratorio ya se alcanzan eficiencias del 46 % con células de unión múltiple de alta concentración.

Asia como fábrica solar del mundo y sus implicaciones

La producción mundial de módulos fotovoltaicos se concentra en Asia. China y Taiwán acaparan el 70 % de la fabricación, y Japón suma otro 15 %. El resto del mundo se reparte el 15 % restante.

China tiene una ventaja estructural difícil de igualar: un mercado interno de 1.400 millones de consumidores potenciales. No necesita exportar para sostener cifras de negocio astronómicas. Los fabricantes chinos venden sus paneles a clientes chinos, con condiciones laborales chinas, y eso les basta.

La potencia instalada refleja el mismo dominio. China lidera con 30,1 gigavatios, muy por delante de Estados Unidos (13 GW) y Japón (7,5 GW). India y Australia completan el grupo de cabeza, con 6,53 y 6 GW respectivamente.

Más allá del panel: calor, calefacción y movilidad

La energía solar no solo produce electricidad. La variedad térmica convierte la radiación en calor para calefacción y agua caliente sanitaria. Los paneles térmicos calientan un fluido —mezcla de agua y anticongelante— que transfiere el calor a un circuito secundario. Cada vez más países exigen estas instalaciones en la obra nueva.

La termoeléctrica va un paso más allá. Concentra los rayos solares con espejos en un receptor que puede alcanzar hasta 1.000 grados centígrados. Ese calor genera vapor de agua que mueve una turbina para producir electricidad.

En movilidad, existen prototipos de coches solares con células fotovoltaicas en sus superficies. Algunos alcanzan autonomías de cientos de kilómetros gracias a su ligereza. Pero su versión comercial aún está lejos.

Lo que viene: de la utopía a la esperanza

El desplome de costes no ha terminado. IRENA prevé que los precios sigan bajando durante las tres próximas décadas. La eficiencia de laboratorio, con células de unión múltiple que ya alcanzan el 46 %, sugiere que aún queda margen de mejora.

Los paneles orgánicos derivados del carbono podrían facilitar instalaciones en superficies irregulares y entornos urbanos. La monitorización a distancia permite certificar el origen 100 % renovable de la electricidad, algo clave para financiar proyectos sostenibles.

El reto pendiente es la integración masiva en la red y el almacenamiento. Pero la tendencia es clara: una tecnología que hace una década parecía cara y marginal se ha convertido en la opción más barata. Lo que antes era utopía hoy es una esperanza con datos detrás.

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