China es, con mucha diferencia, el mayor productor mundial de energía solar y eólica. Aun así, cada año una parte considerable de esa electricidad limpia se pierde antes de llegar a un enchufe. Solo en 2025, se estima que el país desaprovechó 360 teravatios hora de energía intermitente, un 49 % más que el año anterior, por los cuellos de botella de su red de transporte.
Esa paradoja —generar más de lo que el sistema es capaz de absorber— está empujando a Pekín a replantearse las reglas del juego. El nuevo plan quinquenal introduce una ambición inédita: obligar a que la red integre de verdad la energía renovable que ya se produce, en lugar de permitir que se desperdicie. Algo está empezando a cambiar en la infraestructura energética del país.
El cuello de botella: generar más de lo que la red puede transportar
El problema no es la falta de ambición. China instala plantas solares y eólicas a un ritmo que ningún otro país se acerca a igualar. Lo que falla es que la red de transporte no ha crecido al mismo ritmo. Las plantas se construyen en meses. Las líneas de alta tensión tardan años en planificarse, aprobarse y tenderse.
El resultado es un desperdicio difícil de justificar. En 2025, China dejó de aprovechar unos 360 teravatios hora de energía intermitente, un 49 % más que en 2024. La cifra equivale al consumo eléctrico anual de países enteros.
El estancamiento se ve aún más claro si se mira la composición de las líneas existentes. En las 20 líneas de ultra alta tensión en corriente continua que operan hoy, la energía eólica y solar representaba alrededor del 21 % a finales de 2024. En 2021 ya era del 19,8 %. Cuatro años después, apenas ha cambiado nada.
Nuevas reglas para un sistema más limpio
El nuevo plan quinquenal introduce un requisito que rompe con esa inercia. Todas las nuevas líneas de ultra alta tensión en corriente continua deberán transportar al menos un 50 % de energía renovable. Es un salto considerable respecto a la realidad actual, donde la media de las líneas operativas está muy por debajo de ese porcentaje.
Ye Huang, investigadora de Global Energy Monitor, lo describe como un objetivo muy ambicioso. No se trata de una recomendación genérica, sino de un mandato concreto que obliga a replantear cómo se diseñan y se utilizan las líneas de transmisión.
El plan también incluye mandatos de integración regional. Cada zona tendrá límites diferenciados para la tasa de energía desperdiciada, que oscilan entre el 5 % y el 15 % según su situación actual. Las regiones con más problemas de absorción tendrán objetivos más exigentes de reducción.
Una red de escala colosal y en evolución técnica
La red china ya es la más extensa y avanzada del mundo en alta tensión. Incluye la línea Changji-Guquan, la más larga y de mayor voltaje del planeta: 1.100 kilovoltios a lo largo de más de 3.000 kilómetros, desde Xinjiang hasta la provincia oriental de Anhui.
Pero estas líneas tienen una limitación histórica. Solo transmiten energía del punto de origen al punto de destino, sin recoger electricidad por el camino. Para parques solares estandarizados de un gigavatio, conectar a una línea que pasa cerca no era una opción práctica.
Eso está empezando a cambiar. Algunas líneas en operación o en construcción ya usan una tecnología distinta: VSC-HVDC, convertidores de fuente de voltaje. Esta variante permite establecer una o dos paradas intermedias para incorporar nuevas fuentes renovables a lo largo del recorrido.
Del sueño de una red global a la realidad nacional
La ambición china no es nueva. En 2016, una entidad vinculada a State Grid propuso una red eléctrica global que conectara desiertos solares con centros de consumo en todo el mundo. La idea sonaba utópica, pero no es tan distinta de lo que ya existe con internet: cables que cruzan continentes y océanos para conectar a todos los países en una utilidad compartida.
Mientras esa visión global sigue siendo lejana, el trabajo práctico se concentra dentro de las fronteras. China planea una superred nacional que conecte seis redes regionales. El objetivo es llevar la energía eólica y solar del norte y el oeste a las ciudades densamente pobladas del este. La inversión prevista alcanza los 65.000 millones de dólares anuales durante los próximos cinco años.
El desafío ya no es construir más plantas renovables. Es asegurar que cada megavatio generado llegue a donde se necesita. Las nuevas reglas apuntan exactamente a eso. Si se cumplen, los próximos años mostrarán si la red china deja de ser el cuello de botella y se convierte en el canal que finalmente libere todo el potencial de su energía limpia. Los datos de curtailment de 2026 serán la primera prueba real.
