En lo más profundo de la capa de hielo de Groenlandia, los glaciólogos encontraron hace más de una década algo difícil de explicar: una concentración anómala de platino atrapada en un testigo de hielo datado en hace unos 12.800 años. La señal coincidía, en apariencia, con el inicio del Younger Dryas, un enfriamiento abrupto que devolvió el hemisferio norte a condiciones casi glaciales cuando el planeta empezaba a calentarse.
Durante más de diez años, ese pico químico alimentó una hipótesis espectacular: que un cometa o asteroide había impactado contra la Tierra y desencadenado el colapso climático. Un nuevo análisis de las pruebas y la cronología apunta ahora a un origen completamente distinto, y no viene del espacio.
Una señal química que no encajaba con el espacio
El hallazgo de 2013 generó más preguntas que respuestas. Al analizar el núcleo de hielo GISP2, los investigadores detectaron concentraciones de platino inusualmente elevadas, pero lo verdaderamente desconcertante era la proporción entre platino e iridio. Las rocas espaciales suelen contener cantidades significativas de iridio; esta señal, no. La firma química no coincidía con ningún meteorito conocido ni con materiales volcánicos identificados hasta ese momento.
Ante esa anomalía, algunos investigadores propusieron que el origen podría ser un asteroide inusualmente rico en hierro. La hipótesis conectaba el pico de platino con el inicio del Younger Dryas, un enfriamiento que redujo las temperaturas en Groenlandia más de 15 °C respecto a los niveles actuales. Durante más de mil años, los bosques europeos cedieron paso a la tundra y los patrones de lluvia en latitudes bajas se desplazaron hacia el sur, justo cuando el planeta empezaba a salir de la última glaciación.
Descartando al principal sospechoso terrestre
No todo el mundo miraba al cielo. El volcán Laacher See, en Alemania, entró pronto en la lista de sospechosos: su erupción se produjo en una ventana temporal cercana al evento y tiene un perfil químico bien documentado. Un candidato plausible que merecía análisis riguroso.
Los investigadores analizaron 17 muestras de piedra pómez procedentes de depósitos del Laacher See, midiendo platino, iridio y otros elementos traza para construir una huella química detallada. Los resultados fueron concluyentes: las muestras contenían platino en el límite de detección o directamente por debajo de él. El Laacher See quedó descartado como fuente del pico registrado en Groenlandia.
45 años tarde: la cronología que cambia la historia
Descartar una fuente es importante, pero la cronología resultó ser el argumento más sólido contra la hipótesis del impacto. Una datación actualizada del núcleo de hielo sitúa el pico de platino aproximadamente 45 años después del inicio del Younger Dryas. Si la anomalía química llegó cuando el enfriamiento ya llevaba casi medio siglo en marcha, no pudo haberlo desencadenado.
Hay más. Los niveles elevados de platino no aparecieron y desaparecieron de golpe, como cabría esperar de un impacto puntual. Persistieron durante unos 14 años, lo que apunta a un proceso sostenido en el tiempo. Al comparar la firma química del núcleo con otras muestras geológicas, el parecido más estrecho correspondía a condensados de gases volcánicos, especialmente los asociados a actividad volcánica submarina.
Islandia: erupciones de fisura bajo el hielo
Los volcanes islandeses son capaces de producir erupciones de fisura que se prolongan durante años o incluso décadas, un comportamiento perfectamente compatible con una señal que duró 14 años. El contexto geológico de la época favorecía ese tipo de actividad: el deshielo acelerado de las capas de hielo reducía la presión sobre la corteza terrestre, lo que probablemente intensificó el volcanismo en la región.
Las erupciones submarinas y subglaciares interactúan con el agua de maneras que producen firmas químicas inusuales. El agua marina puede eliminar compuestos de azufre mientras concentra metales como el platino en los gases volcánicos, que luego viajan por la atmósfera y se depositan en capas de hielo lejanas, incluidas las de Groenlandia.
Los registros históricos respaldan esta vía. La erupción del volcán Katla en el siglo VIII dejó un pico de doce años en metales como bismuto y talio en los núcleos de hielo de Groenlandia; la de Eldgjá en el siglo X produjo una señal de cadmio. Aunque el platino no se midió en esos casos, ambos episodios demuestran que los volcanes islandeses pueden transportar metales pesados a miles de kilómetros de distancia.
Entonces, ¿qué desencadenó el Younger Dryas?
Si el platino llegó demasiado tarde para ser el detonante, la pregunta sigue en pie. Otros registros de hielo ofrecen una pista más prometedora: existe un gran pico de sulfato volcánico que coincide con precisión con el inicio del enfriamiento hace unos 12.870 años. Una erupción masiva pudo inyectar suficiente azufre en la estratosfera como para reflejar la radiación solar y activar una cadena de retroalimentaciones: expansión del hielo marino, cambios en los vientos y alteración de la circulación oceánica.
En un momento en que el clima atravesaba una transición delicada entre condiciones glaciales e interglaciales, ese empujón volcánico pudo haber bastado para inclinar la balanza. La investigación no evalúa otras evidencias propuestas del impacto cósmico, como las esférulas o las capas negras en el suelo, pero la explicación más parsimoniosa que ofrecen los datos actuales señala al vulcanismo como el principal responsable.
Entender cómo erupciones pasadas desencadenaron cambios climáticos abruptos no es solo un ejercicio de historia geológica. Las grandes erupciones son raras en la escala de una vida humana, pero inevitables en la del tiempo geológico. Saber cómo respondió el sistema climático en el pasado es, quizás, la mejor preparación que tenemos para lo que pueda venir.
