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Home Ciencia

Neuronas artificiales impresas logran activar células cerebrales vivas por primera vez: un puente entre máquinas y cerebro

by David Pérez
19 de abril de 2026
in Ciencia
Close-up of printed artificial neurons near living brain tissue under a microscope

This image shows printed artificial neurons positioned next to living mouse brain tissue, highlighting a breakthrough in neurotechnology.

Ingenieros de la Universidad Northwestern han fabricado neuronas artificiales mediante impresión que, por primera vez, generan señales eléctricas lo bastante realistas como para activar neuronas vivas en tejido cerebral de ratón.

El avance, publicado en Nature Nanotechnology, podría redefinir tanto las interfaces cerebro-máquina como la eficiencia energética de la inteligencia artificial. Pero el camino desde una rodaja de cerebelo hasta un implante funcional plantea preguntas que apenas empiezan a formularse.

Neuronas impresas que hablan el idioma del cerebro

El dispositivo parte de un principio aparentemente sencillo: depositar tintas electrónicas sobre superficies poliméricas flexibles mediante impresión por chorro de aerosol. Esas tintas combinan nanoescamas de disulfuro de molibdeno (MoS₂), que actúa como semiconductor, y grafeno, que funciona como conductor. El resultado es una neurona artificial blanda, ligera y fabricable a bajo coste.

El elemento decisivo es el polímero residual. Donde otros equipos lo eliminaban por considerarlo un defecto, el grupo de Northwestern lo aprovechó: al descomponerlo parcialmente con corriente eléctrica, se forma un filamento conductor estrecho que concentra el flujo de carga en una región mínima. Esa constricción genera una descarga abrupta, el equivalente electrónico de un disparo neuronal.

Con este mecanismo, cada dispositivo puede producir señales de distinta complejidad: picos únicos, disparo continuo y ráfagas. Las tres modalidades replican los patrones de comunicación que utilizan las neuronas biológicas, con la escala temporal y la forma de onda necesarias para interactuar con tejido vivo.

La prueba definitiva: activar neuronas vivas

Fabricar una señal realista no basta si esa señal no convence al cerebro. Para comprobarlo, el equipo colaboró con Indira M. Raman, neurobióloga de Northwestern, quien aplicó las señales artificiales a rodajas de cerebelo de ratón.

Los resultados fueron concluyentes. Los picos eléctricos coincidieron en duración y temporalidad con las propiedades biológicas clave, activando circuitos neuronales de forma comparable a la actividad cerebral natural. Las neuronas vivas respondieron.

El contexto histórico tiene peso aquí. Intentos anteriores con materiales orgánicos producían disparos demasiado lentos; los óxidos metálicos, demasiado rápidos. Ningún material había logrado situarse en el rango temporal preciso que requiere la biología, y este trabajo lo demuestra por primera vez.

Por qué el cerebro sigue siendo inalcanzable para el silicio

La brecha entre el cerebro y un ordenador convencional es considerable. Según Mark Hersam, el cerebro es cinco órdenes de magnitud más eficiente energéticamente que un ordenador digital. No es un detalle técnico menor: es el argumento central para repensar cómo se construye el hardware del futuro.

La computación convencional resuelve la complejidad acumulando miles de millones de transistores idénticos sobre chips de silicio rígidos y bidimensionales. Una vez fabricado el sistema, permanece fijo. El cerebro funciona de manera radicalmente distinta —heterogéneo, dinámico, tridimensional—, con tipos de neuronas especializadas que reorganizan sus conexiones de forma continua. La ventaja del nuevo diseño reside en que cada neurona artificial genera señales complejas por sí sola, lo que reduce tanto el número de componentes necesarios como el consumo energético del conjunto.

Implicaciones para la IA y la sostenibilidad energética

La inteligencia artificial ya tiene un problema de energía visible. Los grandes centros de datos consumen gigavatios de potencia y requieren cantidades significativas de agua para refrigeración, y la presión sobre estos recursos no deja de crecer a medida que los modelos se vuelven más grandes.

Hersam no suaviza el diagnóstico: las empresas tecnológicas están construyendo centros de datos de gigavatios respaldados por centrales nucleares dedicadas. Escalar ese modelo hacia la próxima generación de IA exigiría niveles de energía que él considera insostenibles. El calor disipado y el estrés sobre el suministro de agua son, en sus palabras, problemas que no desaparecen solos.

La fabricación aditiva por impresión deposita material únicamente donde se necesita, lo que reduce residuos y costes de producción. Combinada con la flexibilidad mecánica de los sustratos poliméricos, abre además la puerta a dispositivos capaces de adaptarse a superficies curvas como las del cuerpo humano.

Del laboratorio al cuerpo: lo que queda por resolver

El estudio valida el concepto en tejido ex vivo. Es un paso necesario, pero dista de ser el último. El salto desde una rodaja de cerebelo en una placa de laboratorio hasta un implante funcional en un organismo vivo implica desafíos que el propio trabajo reconoce como abiertos.

La biocompatibilidad a largo plazo es uno de ellos: los materiales deben demostrar que no generan respuestas inflamatorias ni degradación funcional tras semanas o meses de contacto con tejido vivo. La integración en sistemas in vivo y la escalabilidad de la fabricación son frentes igualmente pendientes.

Si estos obstáculos se superan, las aplicaciones potenciales son concretas. Implantes neuroprotésicos capaces de restaurar la visión, la audición o el movimiento en personas con daño neurológico; interfaces cerebro-máquina de próxima generación que operen en el idioma eléctrico del sistema nervioso sin necesidad de traducción. Lo que viene ahora es trabajo de largo aliento: pruebas en modelos animales completos, estudios de seguridad y procesos de fabricación escalables. El cerebro lleva millones de años perfeccionando su arquitectura. La ingeniería acaba de aprender a escucharle.

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