Era el 13 de octubre de 2024 cuando el cohete más grande jamás construido despegó desde la costa de Texas y, siete minutos después, fue capturado en pleno descenso por unos brazos mecánicos apodados Mechazilla. Algo que nunca antes se había logrado.
Entre los gritos de euforia en la sala de control de SpaceX, Elon Musk ya preparaba otro lanzamiento igual de ambicioso: sacar la compañía a bolsa con la mayor valoración inicial de la historia. Pero hay una paradoja en el centro de todo esto: la empresa que ha redefinido la exploración espacial se presenta ante los inversores, ante todo, como una apuesta por la inteligencia artificial.
Un cohete, una bolsa y una valoración sin precedentes
SpaceX ha presentado su oferta pública inicial con una valoración objetivo de 1,75 billones de dólares, lo que la sitúa entre las diez empresas más valiosas del planeta. Para hacerse una idea de la magnitud: solo se vende inicialmente un 5% de las acciones, una fracción que equivale a unos 75.000 millones de dólares.
La cifra genera escepticismo entre muchos analistas, y no sin razón. La empresa registró pérdidas de casi 5.000 millones de dólares el año pasado, y pagar tanto por una compañía que todavía no genera beneficios exige una confianza considerable en lo que podría llegar a ser.
El interés, sin embargo, no ha faltado. Varias plataformas de inversión del Reino Unido han comunicado a la BBC una oleada de solicitudes de registro. Hargreaves Lansdown, una de las principales del país, espera que esta OPI sea la primera incursión en bolsa de toda una nueva generación de inversores.
No es una empresa de cohetes: es una apuesta por la IA
Aquí está el dato que reencuadra todo lo demás. De los 28,5 billones de dólares que SpaceX identifica como su mercado total potencial, 26,5 billones corresponden a inteligencia artificial. El espacio, los cohetes, las comunicaciones satelitales: todo eso representa menos del 10% de esa cifra.
Integrada en SpaceX figura xAI, la empresa de IA de Musk, junto con planes para construir centros de datos en el espacio alimentados por energía solar y enfriados por el vacío. Es una visión de largo alcance. También es, por ahora, casi enteramente teórica.
La economista Sinead O’Sullivan, que trabajó para la NASA, lo expresa sin rodeos: el logotipo y la marca de SpaceX se han construido sobre dos décadas de cohetes, pero el grueso del gasto de capital se destina a centros de datos y a una empresa de IA. «Todos estos negocios están agrupados bajo el nombre de Elon Musk», señala. El segmento espacial es el único donde SpaceX ha demostrado ventajas comerciales reales y, aun en las estimaciones más optimistas, vale menos del 20% de la valoración total.
¿Qué significa ser accionista sin tener voz?
Comprar acciones de SpaceX plantea una pregunta incómoda: ¿qué se adquiere exactamente? Musk posee el 42% de las acciones, pero sus participaciones incluyen derechos de voto adicionales que le otorgan el control efectivo del 85% de la empresa. Fundador, consejero delegado, director técnico y presidente del consejo de administración: los cuatro roles recaen sobre la misma persona.
El periodista financiero Robert Armstrong formula la pregunta directamente: «¿Qué es tener acciones de una empresa? Es propiedad, pero ¿qué tipo de propiedad es esta?». Según Armstrong, los inversores deberían pagar menos por una participación que no incluye ningún poder real de decisión.
Un gran inversor institucional lo resumió con crudeza ante la BBC: el culto a Elon Musk lleva a sus seguidores a pagar una prima por el privilegio cuestionable de no tener ninguna voz en cómo se gestiona la empresa que poseen. Sus vínculos políticos, los contratos gubernamentales obtenidos y sus intervenciones en asuntos de otros países alimentan una controversia que no remite.
El historial de Musk: razones para creer y para dudar
Apostar contra Elon Musk no ha sido una estrategia rentable. Tesla pasó de ser objeto de burlas a valer más que Toyota, Ford, General Motors y Volkswagen juntas, todo en menos de veinte años. Desde 2020, la valoración de SpaceX ha pasado de 40.000 millones a 1,75 billones de dólares: un aumento de más de cuarenta veces.
Ese recuerdo alimenta el FOMO entre los inversores actuales, que saben lo que costó dudar. Musk también tiene la habilidad de redefinir objetivos cuando los anteriores se estancan: Tesla ha visto caer sus ventas de coches, pero el anuncio de un giro hacia la robótica humanoide ha relanzado su cotización. Un gran inversor describió este talento ante la BBC comparándolo más con el famoso showman P.T. Barnum que con Rockefeller o Buffett.
¿Estamos ante una nueva burbuja puntocom?
La OPI de SpaceX es la mayor de la historia, pero también es solo la primera de una serie. Anthropic y OpenAI tienen previsto asomarse a los mercados públicos en los próximos meses, lo que significa potencialmente billones de dólares en nuevas acciones llegando al mercado en poco tiempo. Una oferta que la demanda podría no ser capaz de absorber, con la consiguiente presión a la baja sobre los precios.
Hay una diferencia importante respecto al crash de las puntocom de principios de siglo: los fondos indexados, que compran automáticamente acciones de las empresas incluidas en los índices, podrían absorber parte de esa oferta.
La pregunta más profunda es otra. La concentración de poder en un puñado de megacorporaciones estadounidenses, con una influencia sin precedentes sobre economías, gobiernos y ciudadanos, plantea interrogantes que van más allá de la rentabilidad de una inversión. Comprar una acción de SpaceX es, en cierta medida, decidir qué futuro se quiere financiar, aunque después no se tenga ninguna voz para orientarlo.
