La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado el desarrollo de El Niño en el Pacífico tropical y prevé que el fenómeno podría alcanzar un nivel moderado o fuerte este otoño. Los cambios en los vientos del Pacífico y en las temperaturas superficiales del mar que lo caracterizan tienen capacidad para reorganizar los patrones climáticos a escala global.
Lo que aún está por determinar es el alcance real de esa reorganización y qué regiones sufrirán sus efectos con mayor intensidad.
Qué es El Niño y por qué preocupa su regreso
El Niño es un fenómeno climático global asociado al calentamiento de las temperaturas superficiales del mar en el Pacífico tropical central y oriental. Cuando esas aguas se calientan, los vientos alisios —que normalmente soplan de este a oeste— se debilitan, reteniendo aire más cálido de lo habitual en la franja ecuatorial. Eso eleva temporalmente las temperaturas medias del planeta.
El fenómeno aparece, de media, cada dos a siete años, aunque no todos los episodios tienen la misma intensidad ni dejan los mismos efectos.
La NOAA declara oficialmente El Niño cuando las temperaturas en el Pacífico ecuatorial superan en 0,5 °C la media durante varios meses consecutivos. Si esa anomalía rebasa los 2 °C, el evento se considera «muy fuerte». En el episodio actual, la agencia estima un 63 % de probabilidad de que se alcance ese umbral.
El rastro de los últimos episodios: récords de temperatura y lecciones aprendidas
Los dos eventos más recientes —el de 2014-16 y el de 2023-24— empujaron las temperaturas globales hasta niveles sin precedentes. El año 2024 quedó registrado como el más caluroso de la historia, resultado de la combinación entre el cambio climático de origen humano y un El Niño intenso. No fue una casualidad puntual.
Es una tendencia que se refuerza con cada ciclo.
Con el regreso del fenómeno en 2025, los científicos advierten de que 2027 podría convertirse en otro año de calor récord. La NOAA mantiene ese pronóstico como escenario probable, no como especulación: la suma de un El Niño fuerte sobre una línea base climática ya elevada genera condiciones muy difíciles de revertir a corto plazo.
Sequías, inundaciones y cosechas: el mapa de riesgos regionales
El Niño no distribuye sus efectos de forma uniforme. Australia, el África subsahariana y el Sudeste Asiático se encuentran entre las zonas con mayor probabilidad de padecer déficit hídrico grave, mientras que el sur de Estados Unidos, América del Sur, el Cuerno de África y Asia central afrontan un riesgo elevado de precipitaciones intensas e inundaciones.
Las consecuencias para la agricultura son directas y, en algunos casos, inmediatas. Las sequías pueden devastar cultivos esenciales como el maíz, el arroz o el trigo, presionando unas cadenas de suministro alimentario que ya arrastran tensiones previas. Con todo, no todo el panorama agrícola es sombrío: las condiciones húmedas previstas en América podrían impulsar la producción mundial de soja.
Huracanes y tifones: cómo El Niño reorganiza las tormentas tropicales
El Niño también redistribuye la actividad de los ciclones tropicales. En el Atlántico, los vientos de altura más fuertes que acompañan al fenómeno suelen inhibir el desarrollo de huracanes; la NOAA prevé un 55 % de probabilidad de que la temporada atlántica quede por debajo de la media. El panorama es radicalmente opuesto en el Pacífico oriental y central, donde la probabilidad de actividad por encima de la media alcanza el 70 %.
En el Pacífico noroccidental, los tifones recorren trayectorias más largas sobre aguas cálidas porque las aguas más templadas se desplazan hacia el Pacífico central, haciendo que las tormentas se formen mucho más al este de lo habitual. Ese recorrido prolongado les da más tiempo para absorber calor y humedad, lo que eleva su probabilidad de convertirse en ciclones de gran intensidad.
Poblaciones vulnerables y la importancia de la predicción anticipada
El calor extremo no afecta a todos por igual. Los trabajadores al aire libre, los niños, las personas mayores, las embarazadas y quienes viven en asentamientos informales o en situación de calle son especialmente vulnerables: para ellos, una ola de calor no es un inconveniente menor, sino una amenaza vital. A eso se suma que el aumento de la demanda de climatización presiona los sistemas eléctricos y puede disparar el consumo de combustibles fósiles.
La capacidad de anticipación resulta, en este contexto, determinante. Como señaló Ken Graham, director del Servicio Meteorológico Nacional de la NOAA: «Cada El Niño es único y tiene su propia huella meteorológica». Los sistemas de monitoreo mejorados permiten hoy preparar mejor tanto a la población general como a los gestores de emergencias. Lo que conviene seguir en los próximos meses es la velocidad de intensificación del fenómeno, la evolución de las anomalías de temperatura en el Pacífico y la respuesta de las regiones más expuestas. La ciencia ofrece cada vez mejores herramientas. Aprovecharlas a tiempo marcará la diferencia.
