El séptimo encierro de San Fermín 2026 transcurrió como cada mañana de julio en Pamplona: miles de espectadores amontonados a lo largo del recorrido, los toros de Miura abriéndose paso entre gritos y adrenalina, y el callejón de la plaza convertido en uno de los puntos más codiciados para seguir la carrera de cerca.
Entre quienes observaban desde ese lugar privilegiado había una cara que no tardó en reconocerse.
Un encierro de Miura con ocho atendidos
Los toros de la ganadería sevillana de Miura protagonizaron el séptimo encierro de San Fermín 2026. La divisa miureña es, por tradición, una de las más respetadas del calendario taurino, y su presencia en Pamplona siempre añade una tensión particular al recorrido. Esta edición no fue una excepción.
Según el primer parte médico facilitado tras la carrera, ocho corredores necesitaron asistencia sanitaria. La cifra puede parecer elevada, pero hay un dato que la matiza: ninguno sufrió heridas por asta de toro. Las incidencias registradas incluyeron contusiones, traumatismos y heridas de distinta consideración.
Varios de los afectados fueron trasladados al Hospital Universitario de Navarra para completar su valoración. El encierro discurrió sin el drama que en ocasiones acompaña a esta ganadería. La jornada quedó marcada tanto por la intensidad del recorrido como por una presencia inesperada en el callejón.
La visita inesperada: Schuster en el callejón
Bernd Schuster presenció el encierro desde el callejón de la plaza de toros de Pamplona, uno de los enclaves más privilegiados de todo el recorrido. Desde allí los toros pasan a escasos metros antes de entrar al coso, y la perspectiva que ofrece es difícil de igualar en cualquier otro punto de la carrera.
Su presencia no pasó desapercibida. San Fermín atrae cada año a personalidades de ámbitos muy distintos, pero la aparición del exfutbolista alemán añadió un atractivo inesperado a una mañana que ya concentraba de por sí una energía difícil de describir.
Era el penúltimo encierro de las fiestas de 2026. Y entre el griterío y la adrenalina habitual, una cara conocida observaba la escena con calma desde el callejón.
La huella imborrable de Schuster en el fútbol español
Pocos futbolistas pueden presumir de haber vestido las camisetas de los tres grandes del fútbol español. Schuster es uno de ellos. Llegó a LaLiga en 1980 procedente del Colonia para defender los colores del FC Barcelona, donde permaneció ocho temporadas y se ganó el reconocimiento unánime de la afición culé.
Después llegaron el Real Madrid y el Atlético de Madrid, completando un recorrido único por la élite del fútbol español. Su calidad como centrocampista le permitió adaptarse a contextos muy distintos y dejar huella en cada club por el que pasó.
Como entrenador también dejó una marca considerable en España. Dirigió al Getafe, al Levante y al Málaga antes de asumir el banquillo del Real Madrid, donde alcanzó su mayor éxito como técnico: la Liga y la Supercopa de España en la temporada 2007-2008.
La polémica celebración que Pamplona no olvidó
Aquella campaña dejó una imagen que todavía hoy se recuerda en Navarra. El Real Madrid conquistó matemáticamente el título de Liga frente a Osasuna en el entonces Reyno de Navarra, en Pamplona. La celebración de Schuster en el campo incluyó dos cortes de mangas hacia la grada, un gesto que generó una notable polémica.
El propio Schuster aclaró después que el gesto no iba dirigido a la afición rojilla. Aun así, el episodio quedó grabado en la memoria colectiva, especialmente en la ciudad donde ocurrió.
Su regreso a Pamplona, esta vez como espectador festivo en plenos Sanfermines, adquiere un matiz particular a la luz de aquel recuerdo. No venía a ganar nada ni a celebrar ningún título. Venía, simplemente, a ver los toros.
Hay algo llamativo en esa imagen. Una figura asociada durante años a la competición y a la polémica, observando en silencio uno de los rituales más antiguos de España. San Fermín tiene esa capacidad: reúne a personas de orígenes y trayectorias muy distintas en torno a una misma calle, un mismo recorrido, una misma emoción compartida. Y a veces, entre la multitud, aparece alguien que recuerda que las fiestas populares siguen siendo, ante todo, un lugar para estar.
