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Home Ciencia

Todos dicen que las calzadas romanas eran perfectamente rectas, pero la realidad es bastante más complicada

by David Pérez
1 de agosto de 2026
in Ciencia
Calzada romana de piedra basáltica con groma de topografía romana en paisaje mediterráneo al atardecer

Un topógrafo reconstruye el uso de la groma romana junto a una calzada empedrada, recordándonos que trazar estas vías era un proceso mucho más complejo de lo que el mito de la línea recta sugiere.

Durante siglos, la imagen ha sido la misma: calzadas romanas abriéndose paso en línea recta a través de bosques, llanuras y desiertos, conectando Roma con los confines de Europa, el norte de África y Oriente Medio. Una red colosal —unos 300.000 kilómetros mapeados hasta hoy— construida con una precisión que todavía genera admiración.

Pero ¿cómo lograron los romanos trazar caminos tan rectos sin tecnología moderna? ¿Y es realmente cierto que todos lo eran?

Una red de caminos que cruzó el mundo antiguo

La Vía Apia es quizá el ejemplo más conocido: más de 500 kilómetros conectando Roma con el puerto de Brindisi, con largos tramos en línea recta. En el sur de Inglaterra, Stane Street recorría unos 92 kilómetros entre Londres y Chichester siguiendo un trazado mayoritariamente recto. El Oriente Medio también conserva ejemplos de avenidas romanas costeras que se extendían durante kilómetros sin apenas desviarse.

La red, sin embargo, no surgió de la nada. En muchos casos, los romanos simplemente construyeron sobre rutas anteriores. Según Marion Kruse, profesor de la Universidad de Cincinnati, la red viaria romana «incorporó caminos más antiguos de una amplia variedad de sociedades y entidades políticas». La ingeniería romana era poderosa, pero también profundamente pragmática.

Los tres instrumentos secretos de los topógrafos romanos

Cuando los romanos trazaban una ruta nueva, recurrían a herramientas de topografía muy concretas. Adriana Panaite, investigadora del Instituto de Arqueología Vasile Pârvan de Rumanía, señala que la dioptra, el chorobatus y la groma se usaban de forma sistemática en la planificación de caminos.

La dioptra era un instrumento óptico de puntería: un soporte con base en forma de disco y un tubo por el que el topógrafo miraba hacia un punto distante, filtrando la luz lateral para obtener una visión más precisa. Lo llamativo es que, pese a estar bien documentada en textos antiguos, ningún ejemplar ha aparecido jamás en una excavación arqueológica.

El chorobatus cumplía una función diferente. Era una viga de madera de unos seis metros sobre patas, similar a una mesa baja, con pequeños contrapesos colgantes que indicaban si la superficie estaba nivelada. Tampoco ha sobrevivido ningún ejemplar original, y los detalles exactos de su funcionamiento siguen siendo inciertos.

La groma, en cambio, sí dejó más rastro: un poste vertical rematado por una cruz horizontal en forma de X, con cuatro plomadas colgando de los extremos. Según el arqueólogo Joseph Lewis, de la Universidad de Cambridge, era «el instrumento principal del mensor» —es decir, del agrimensor romano— y resultaba especialmente útil para trazar ángulos rectos y alineaciones largas.

Cómo se coordinaban los agrimensores sobre el terreno

El trabajo de campo no lo realizaba una sola persona. Varios topógrafos operaban en cadena a lo largo del trazado previsto, y el que se situaba en un extremo dirigía a los demás para que desplazaran sus postes hasta conseguir una alineación correcta, usando las plomadas como referencia visual.

Una vez fijada la dirección general, el equipo analizaba el terreno y tomaba decisiones concretas. Una pendiente pronunciada que dificultara el paso de vehículos con ruedas bastaba para desviar el trazado. Lo mismo ocurría al buscar un punto de vadeo en un río o al conectar con un asentamiento ya existente. La rectitud era un objetivo deseable, no una obligación absoluta.

El mito de la rectitud perfecta

Aquí es donde la imagen popular empieza a resquebrajarse. Tom Brughmans, arqueólogo clásico de la Universidad de Aarhus y miembro del equipo que elaboró un mapa actualizado de la red viaria romana, lo resume sin rodeos: la fama de rectitud «es parcialmente cierta».

En terrenos llanos, con poca resistencia topográfica, los romanos preferían líneas rectas. En zonas montañosas o con relieve complicado, el camino simplemente se adaptaba al paisaje. No había otra opción. Kruse advierte además que sería un error asumir que existió una única técnica romana de construcción de calzadas, ya que las prácticas variaban según el lugar, la época y los recursos disponibles. Brughmans añade que investigaciones futuras probablemente confirmarán que las calzadas romanas eran, en general, menos rectas que las carreteras modernas, diseñadas para vehículos que necesitan evitar curvas bruscas a alta velocidad.

Quiénes construyeron realmente estas calzadas

Detrás de cada kilómetro de calzada había personas muy distintas. Según Richard Talbert, profesor emérito de la Universidad de Carolina del Norte, la mano de obra era una mezcla de soldados, esclavos —especialmente prisioneros de guerra— y trabajadores locales libres movilizados mediante obligaciones de corvea impuestas por Roma. Para tareas especializadas como la construcción de puentes, probablemente se contrataba a trabajadores remunerados con conocimientos técnicos concretos.

Esta heterogeneidad explica en parte la variación en calidad y rectitud que se observa a lo largo de la red. No todas las calzadas nacieron de las mismas manos ni de las mismas circunstancias.


La próxima vez que contemples una fotografía de una calzada romana extendiéndose hasta el horizonte, vale la pena preguntarse qué hay detrás de esa imagen. Los romanos disponían de instrumentos ingeniosos, topógrafos bien coordinados y una capacidad notable para intervenir en el paisaje. Pero también tenían montañas, ríos y siglos de historia con los que negociar. Quizá lo más romano de todo no era la rectitud en sí, sino la voluntad de perseguirla —y la inteligencia de saber cuándo ceder ante la realidad del terreno.

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