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Home Ciencia

Energía acumulada durante siglos bajo la corteza terrestre: así se desencadena un terremoto

by David Pérez
30 de agosto de 2026
in Ciencia
Paisaje desértico agrietado por una falla sísmica activa con polvo y energía geológica emergiendo del subsuelo

La corteza terrestre se fractura a lo largo de una falla sísmica, liberando la energía acumulada durante siglos en las profundidades del subsuelo.

Bajo nuestros pies, la corteza terrestre lleva décadas —a veces siglos— acumulando tensión en silencio. Hasta que, en cuestión de segundos, la libera de golpe.

Esa descarga súbita es lo que llamamos terremoto: un fenómeno que abarca desde microseísmos tan leves que solo los detectan los sismógrafos hasta sismos tan violentos que han llegado a desplazar el propio eje de la Tierra. Lo que ocurre exactamente en el interior del planeta antes, durante y después de ese instante es bastante más complejo de lo que parece.

Qué ocurre en el interior de la Tierra antes de un seísmo

Todo terremoto tectónico forma parte de un ciclo sísmico. Durante décadas o siglos, las placas se rozan y comprimen en sus bordes activos. La corteza se deforma lentamente, acumula tensión y, cuando supera el límite que puede soportar, se rompe y libera la energía almacenada en forma de ondas. Después, el ciclo comienza de nuevo.

El punto exacto donde se produce la ruptura en profundidad se llama hipocentro o foco. Las ondas ascienden desde allí hasta la superficie y alcanzan primero el epicentro, situado justo encima en vertical. Es ahí donde los efectos suelen ser más intensos.

No todos los terremotos tienen origen tectónico. La actividad volcánica, el colapso de cavernas subterráneas o la propia intervención humana también pueden desencadenarlos, aunque por lo general con magnitudes menores. Estos últimos —denominados sismos inducidos— incluyen los provocados por grandes embalses o por la fracturación hidráulica.

Los tipos de terremotos: no todos nacen igual

Los sismos de subducción son los más potentes conocidos. Ocurren cuando una placa oceánica se hunde bajo otra y la tensión acumulada se libera de golpe. Si ese desplazamiento es vertical y afecta al fondo oceánico, puede generar un tsunami.

Los sismos intraplaca nacen en el interior de una placa, lejos de sus bordes. Son menos frecuentes, pero su poder destructor puede ser comparable al de los de subducción. Los de falla transformante resultan del deslizamiento lateral entre dos placas vecinas, como ocurre en la falla de San Andrés en California.

Existe además una categoría en expansión: los sismos provocados por actividad humana. La construcción de embalses, la fracturación hidráulica y las explosiones nucleares subterráneas pueden alterar el equilibrio de fuerzas en la corteza. En Oklahoma, el número de terremotos de magnitud 3 o superior pasó de uno al año a más de cuarenta tras el auge de la hidrofracturación.

Cómo viajan las ondas sísmicas y por qué algunas son más peligrosas

Desde el hipocentro, la energía se propaga en forma de ondas elásticas. Las primeras en llegar son las ondas P o primarias, que viajan entre 8 y 13 km/s y atraviesan tanto sólidos como líquidos. Son inofensivas por sí solas, pero su llegada avisa de que algo más está en camino.

Las ondas S o secundarias son más lentas —entre 4 y 8 km/s— y solo se desplazan por materiales sólidos. Llegan después y generan movimientos perpendiculares que ya pueden causar daños estructurales.

Las ondas superficiales son las últimas en llegar, con velocidades de unos 3,5 km/s, pero resultan ser las más destructivas. Se propagan desde el epicentro a lo largo de la superficie terrestre, de forma similar a las olas en el agua. La topografía puede amplificar su efecto: en crestas y montañas, la actividad sísmica tiende a intensificarse respecto a las zonas llanas cercanas.

Cómo se mide la fuerza de un terremoto

Conviene distinguir dos conceptos que se confunden con frecuencia. La magnitud mide la energía liberada en el foco; la intensidad mide el efecto que ese terremoto produce en un lugar concreto. La escala de Richter cuantifica la primera, mientras que la escala de Mercalli, de doce grados, evalúa la segunda según los daños observados.

Hoy la referencia científica es la escala de magnitud de momento (Mw), introducida en 1979 por Thomas C. Hanks y Hiroo Kanamori. Basada en la energía total liberada, permite comparar sismos de cualquier tamaño con mayor precisión que Richter.

Al ser logarítmica, cada punto adicional supone un incremento considerable de energía. Los tres terremotos más potentes registrados ilustran bien el extremo superior: Valdivia, Chile, 1960, con 9,5 Mw; océano Índico, 2004, con 9,3 Mw y más de 220.000 muertos; y Tōhoku, Japón, 2011, con 9,1 Mw y casi 20.000 víctimas.

Consecuencias en cadena: del suelo al mar y más allá

Un terremoto rara vez actúa solo. La ruptura del suelo y los deslizamientos son sus efectos más inmediatos, pero si la sacudida daña redes de gas en zonas urbanas sin que se corte el suministro eléctrico a tiempo, pueden desencadenarse incendios de gran alcance. El terremoto de San Francisco de 1906 es el ejemplo más citado: el fuego destruyó más del 80 % de la ciudad.

Cuando el fondo oceánico se desplaza verticalmente, el agua sobre él recibe un empuje enorme. Así nacen los tsunamis, capaces de cruzar océanos enteros a velocidades de entre 600 y 800 km/h. En mar abierto apenas se perciben; al acercarse a la costa se transforman en olas devastadoras.

La licuefacción es otro efecto poco conocido pero muy peligroso. Ocurre cuando arenas saturadas de agua pierden su cohesión bajo las vibraciones y se comportan como un líquido, de modo que las estructuras que descansan sobre ese suelo pueden hundirse o inclinarse en segundos. A todo esto se suman víctimas, enfermedades, colapso de infraestructuras y una respuesta de protección civil que debe activarse de forma inmediata.

¿Podemos predecir cuándo ocurrirá el próximo terremoto?

La respuesta honesta es que todavía no. A pesar de décadas de investigación, la sismología no puede señalar un día o mes concreto para un terremoto futuro, porque la ruptura de una falla depende de interacciones a escala microscópica que los modelos actuales no logran capturar con suficiente precisión.

Aun así, hay líneas de trabajo prometedoras. Los precursores electromagnéticos han ganado atención en las primeras décadas del siglo XXI, y los mapas de peligro sísmico permiten estimar la probabilidad de que una falla conocida genere un terremoto de cierta magnitud en un período dado. No es predicción exacta, pero sí una herramienta útil para la planificación urbana y la construcción.

Donde sí se han logrado avances concretos es en los sistemas de alerta temprana. Aprovechan la diferencia de velocidad entre las ondas P y S: detectan las primeras y envían una señal antes de que lleguen las más dañinas. Esos pocos segundos pueden bastar para detener trenes, abrir puertas de hospitales o alertar a la población. Las réplicas que siguen a un gran terremoto están contempladas en todos los protocolos de emergencia, porque pueden ser suficientemente intensas como para causar nuevos daños. El reto que queda por delante es mejorar la resolución de los modelos, ampliar las redes de sensores y traducir ese conocimiento en ciudades mejor preparadas.

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