A casi 4.900 metros de altitud, en la meseta tibetana, una grúa ha izado dieciséis paneles metálicos de casi 15 toneladas cada uno hasta lo alto de una torre de 210 metros. Cada pieza, del tamaño aproximado de un autobús, debía encajar con precisión milimétrica mientras el viento y el frío extremo del altiplano convertían cada maniobra en un ejercicio de ingeniería al límite.
Lo que acaba de completarse en Ando Tushuo es el sistema receptor de calor de la planta termosolar de torre más alta del mundo. Cómo se logró construir algo así en uno de los entornos más inhóspitos del planeta es otra historia.
Un reto de ingeniería a casi 5.000 metros de altitud
La planta Ando Tushuo no es solo la más alta del mundo por su altitud. Es también la primera planta termosolar de torre construida en el Tíbet, una región donde las condiciones atmosféricas convierten cualquier obra en un desafío permanente.
A 4.900 metros sobre el nivel del mar, la presión atmosférica es sensiblemente inferior. El oxígeno escasea, el rendimiento de las máquinas disminuye y el cuerpo humano trabaja cerca de sus límites. Los vientos impredecibles del altiplano y los cambios bruscos de temperatura complican aún más el panorama: una mañana despejada puede convertirse en tormenta en cuestión de minutos.
Izar dieciséis paneles de 14,9 toneladas cada uno hasta 210 metros de altura en ese entorno no es una operación rutinaria. Exige planificación exhaustiva, coordinación milimétrica y una gestión del riesgo calculada con precisión. Un error en el posicionamiento de cualquier pieza podría comprometer el funcionamiento de todo el sistema receptor.
El resultado —completado con éxito— convierte a Ando Tushuo en un hito sin precedentes en el ámbito de la energía solar de concentración.
Siete días para completar lo que parecía imposible
El equipo de construcción de POWERCHINA SEPCO1 completó el izado de los dieciséis paneles en solo siete días. Un plazo que, dado el entorno y la complejidad de la operación, resulta difícil de valorar sin conocer el trabajo previo que lo hizo posible.
Antes de comenzar, se elaboró un plan de izamiento específico que incluía la evaluación continua de las condiciones del viento y el seguimiento de los cambios meteorológicos propios del altiplano tibetano. Si las condiciones no eran las adecuadas, no se izaba ningún panel.
La coordinación fue total en cada fase. El calendario de obra, los estándares de calidad y los protocolos de seguridad se controlaron de forma estricta desde el primer panel hasta el último, y cada pieza quedó posicionada y fijada de manera fiable. Con los dieciséis paneles instalados, la planta dispone ahora de una base sólida para avanzar hacia la instalación del resto del equipamiento, la puesta en marcha del sistema y, finalmente, el inicio de la operación comercial.
La tecnología detrás de la planta: sal fundida y un campo solar monumental
El sistema que hace funcionar Ando Tushuo se basa en la tecnología de sal fundida como medio de almacenamiento térmico. Esto le permite almacenar calor y generar electricidad durante al menos ocho horas sin necesidad de luz solar directa.
El campo solar que alimenta este sistema opera a una escala considerable: 15.927 heliostatos de forma pentagonal, con una superficie de apertura total que supera los 800.000 metros cuadrados. Todos ellos orientan y concentran la radiación solar hacia la torre central, donde los dieciséis paneles recién instalados —a 210 metros de altura y casi 4.900 metros de altitud— absorben esa radiación para calentar la sal fundida que circula por el sistema.
La sal almacena el calor y lo libera de forma controlada para generar electricidad de manera estable. Un diseño especialmente relevante en regiones donde la variabilidad solar puede comprometer el suministro eléctrico.
Qué cambiará para el Tíbet cuando la planta entre en operación
Cuando Ando Tushuo entre en funcionamiento, se espera que genere 260 millones de kWh de electricidad limpia al año. Una cifra que responde a una necesidad concreta: cubrir el déficit de suministro estable en el norte del Tíbet, zona donde garantizar electricidad continua constituye un reto estructural de fondo.
El impacto ambiental también es significativo. La operación de la planta permitirá evitar el consumo de 60.000 toneladas de carbón estándar al año y reducir las emisiones de CO₂ en 165.000 toneladas anuales, lo que sitúa el proyecto dentro de una estrategia más amplia de transición energética en las regiones de meseta de China. No se trata solo de una planta: es una pieza dentro de un plan de desarrollo para zonas de difícil acceso y condiciones extremas.
Lo que ocurra en los próximos meses —la puesta en marcha del sistema, las primeras pruebas de generación, el inicio de la operación comercial— determinará si Ando Tushuo cumple lo que promete. Si lo hace, establecerá una referencia nueva en la energía solar de concentración a gran altitud.
