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Home Tecnología

Fifty countries now scan fingerprints at the polls, but the real test of biometric voting is just beginning

by David Pérez
26 de octubre de 2026
in Tecnología
Votante bosnio coloca el dedo en un escáner biométrico en un colegio electoral, con una observadora civil al fondo y cabinas半

Un votante se identifica con su huella dactilar en un colegio electoral de Bosnia, mientras una observadora civil vigila el proceso. La baja afluencia refleja el escepticismo ciudadano ante el voto bi

Alrededor de cincuenta países han integrado ya la tecnología biométrica en sus procesos electorales. Bosnia y Herzegovina se sumó a esta lista el pasado 4 de octubre, el mismo día en que Brasil, pionero con un 89 por ciento de electores registrados mediante huella dactilar, acudía a las urnas. La promesa es tentadora: una solución técnica contra el fraude de identidad, el voto doble o el de los fallecidos.

Sin embargo, a medida que estos sistemas se extienden, los observadores electorales y los investigadores en seguridad documentan una realidad más compleja. Las mismas herramientas pensadas para proteger la democracia pueden dejar fuera a votantes legítimos o convertirse en una nueva fuente de desconfianza.

El salto precipitado de Bosnia al voto biométrico

El fraude electoral ha acompañado a Bosnia durante décadas. Personas que votaban varias veces, otras que lo hacían en nombre de fallecidos o ausentes, y una lista electoral desactualizada llena de nombres de emigrados o muertos crearon un terreno fértil para la manipulación. Hasan Kamenjaković, portavoz del grupo de observación Pod Lupom, describe un sistema donde los interventores partidistas facilitaban estas prácticas.

Los políticos se resistieron a cambiar las reglas. Tuvo que intervenir el Alto Representante, una figura con poderes extraordinarios creada por el acuerdo de paz de Dayton, para forzar la implantación del sistema biométrico. Esa imposición provocó un despliegue apresurado. Los observadores de la OSCE detectaron fallos técnicos en el 13 por ciento de los colegios electorales, aperturas tardías y problemas con el secreto del voto. Aun así, la agencia de identificación bosnia informó de una tasa de éxito biométrico superior al 97 por ciento.

El resultado más llamativo fue la participación: un mínimo histórico del 42,02 por ciento. Kamenjaković lo interpreta como una señal clara de que la tecnología eliminó votos fraudulentos que antes inflaban las cifras. Tana de Zulueta, jefa de la misión de la OSCE, coincide con esa lectura.

Lo que la tecnología puede y no puede resolver

Conviene ser precisos sobre lo que la biometría resuelve. Solo aborda una franja estrecha del fraude: la verificación de identidad en el colegio electoral. Todo lo demás sigue intacto. La compra de votos, la desinformación, la presión laboral y el uso indebido de recursos públicos marcaron la campaña bosnia. Kamenjaković lo resume con claridad: «Vimos tantas irregularidades en el periodo preelectoral. Por eso decimos que solo estamos a mitad de camino».

La tecnología tampoco es neutral. Cuando los procesos son opacos, se convierte en una nueva fuente de sospecha. En Bosnia, la comisión electoral delegó gran parte del sistema en Smartmatic, una empresa británica, pero no publicó los resultados de las pruebas previas ni las reglas de gestión de datos antes de la votación. De Zulueta advierte de que esas omisiones dejan el proceso abierto a impugnaciones y a injerencias externas.

El experimento brasileño de una década con la huella dactilar

Brasil lleva más de una década usando la biometría electoral. El sistema es sencillo en apariencia: se compara la huella del votante con los registros antes de votar. Si la verificación falla, un interventor puede autorizar el voto manualmente, pero debe escanear su propia huella. Eso crea un registro que permite detectar irregularidades.

El problema es más profundo. Brasil no tiene papeletas en papel. «Lo que dice el software se convierte en la verdad», afirma Diego Aranha, investigador de seguridad en la Universidad de Aarhus. El código nunca se ha publicado como código abierto, a pesar de que el Tribunal Superior Electoral lo prometió en 2018. Los hackatones anuales permiten examinar el software, pero con restricciones de tiempo y alcance. El escáner biométrico jamás ha entrado en esas pruebas.

Aranha señala un conflicto estructural: el tribunal electoral escribe el software, organiza las elecciones y supervisa sus propios controles. La noche electoral, una congelación temporal en la publicación de resultados alimentó acusaciones de manipulación. La opacidad hizo el resto.

El coste humano de los fallos de autenticación

Nigeria muestra la otra cara de la moneda. El país usó la biometría para depurar el censo electoral antes de las elecciones de 2023. De unos 80 millones de registros, se cancelaron aproximadamente 10 millones por duplicidades. Fue una limpieza necesaria y relativamente barata.

El giro llegó en 2021, cuando la comisión electoral empezó a usar dispositivos portátiles que combinan huella dactilar y reconocimiento facial. Tras tres intentos fallidos, el votante queda excluido. En las elecciones a gobernador de Ekiti y Osun hubo múltiples denuncias de personas rechazadas. El grupo observador Yiaga Africa documentó casos en el 11 por ciento de los colegios observados en Osun.

Steve Adeshina, profesor de ingeniería informática en la Universidad del Nilo y antiguo director de TIC de la comisión electoral, reconoce el riesgo. Las caras cambian con la edad. Las huellas se desgastan con el trabajo manual. En un país agrícola como Nigeria, eso no es un detalle menor.

Por qué la tecnología funciona mejor donde menos se necesita

Nic Cheeseman, profesor de democracia en la Universidad de Birmingham, plantea una paradoja incómoda. La idea de eliminar el factor humano de las elecciones es un mito: las personas siguen configurando y operando los sistemas. Y los países que más adoptan la biometría son precisamente aquellos con elecciones más disputadas y menos confianza en sus comisiones electorales. Esa misma comisión es la que debe gestionar la tecnología. «La tecnología funciona mejor donde menos la necesitas», afirma.

Cheeseman distingue entre dos usos. Limpiar el censo de votantes fantasma es rentable y evita el desafío logístico de verificar a cada persona el día de la votación. Usar la biometría para autenticar votantes en los colegios es caro y exigente. La inversión suele hacerse a costa de observadores no partidistas y educación cívica, herramientas que han demostrado ser más eficaces para proteger la integridad electoral.

Lo que viene

La biometría electoral no va a desaparecer. Cincuenta países ya la usan y la cifra seguirá creciendo, impulsada por la promesa de elecciones más limpias. Pero la evidencia acumulada en Bosnia, Brasil y Nigeria sugiere que el camino es más complejo de lo que parece. La tecnología puede frenar ciertos fraudes y, al mismo tiempo, excluir a votantes legítimos o alimentar nuevas desconfianzas.

El verdadero desafío no es técnico, sino institucional. Los sistemas biométricos exigen transparencia, pruebas independientes y mecanismos de respaldo fiables. Sin esas condiciones, se convierten en una caja negra más. La pregunta no es si la biometría tiene un lugar en las elecciones, sino si los países que la adoptan están dispuestos a construir las estructuras que la hagan fiable. Por ahora, la respuesta sigue abierta.

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